La expectativa motivada entre el público cubano por el Festival Internacional de la Canción Popular que tuvo por sede la ciudad-balneario de Varadero, y en particular su anfiteatro, constituyó un acontecimiento sin precedentes en el país. A partir del viernes primero de diciembre de 1967, día de su inauguración y hasta su clausura dos semanas después, se vivieron jornadas inolvidables para buena parte de los cubanos.

El festival, sin carácter competitivo, tuvo su antecesor en el organizado en noviembre de 1965, también celebrado en Varadero, pero que tuvo carácter nacional. A este, sin embargo, concurrieron artistas de alrededor de varios países, incluida una nutrida representación nacional (Rosita Fornés, Ignacio Villa Bola de Nieve, Omara Portuondo, Miriam Ramos, varios cuartetos…), quienes animaron con su música y presencia un evento que se televisó y radió a la nación para que hasta en los más apartados rincones se tuviera, de un modo u otro, acceso al espectáculo.

Entre los artistas figuraban algunos de gran atracción y popularidad para los jóvenes: la española Massiel, el italiano Sergio Endrigo, la búlgara Yordanka Hristova, la italiana Jenny Luna, el búlgaro Biccer Kirov y la rumana Margareta Paslaru.  Ellos se ganaron el cariño de la audiencia, aunque sin duda Massiel (María de los Ángeles Santamaría) se robó las preferencias. A esta la avalaba una voz potente, de timbre cálido, y las canciones que interpretaba incluían imágenes inusuales, ajenas a la edulcoración e intensamente poéticas. De entre aquellas metáforas, destaquemos algunas: sol de medianoche, toma la piedra y deja la flor, etcétera. Se trataba de María de los Ángeles Santamaría, la conocida Massiel dentro de la cancionística hispana y latinoamericana.

Invitada por la revista Bohemia a expresar sus impresiones, dijo:

“Fenomenal me parece el que no se cobre por la entrada al Festival, y además creo que es ideal el que este no sea competitivo, pues de otra forma nunca se llega a saber quién es mejor en el gusto del público. Por otra parte, creo que en un festival de las características de este vuestro es la única forma de lograr una verdadera compenetración entre los artistas que de él participan, y de estos con el pueblo”.
 

La cantante española que cautivó en aquel verano. Foto: Internet
 

Massiel reveló interés por conocer mejor a los cubanos, saber acerca de su modo de vida, sus preferencias y aficiones, incluidas las deportivas. Si de estas últimas se trataba, pues nada mejor que llevarla a presenciar un desafío de béisbol, el deporte nacional de los cubanos. Pero muy poco comprendió de cuanto vio en el terreno de juego y luego comentaría entre risas que “¡me han puesto como guía a una señorita que, como yo, es la primera vez que asiste a un juego de pelota!”

Gran simpatía despertó Massiel, cuyas canciones se tararearon por largo tiempo. Se ganó muchos fans que en adelante siguieron su carrera artística a través de las grabaciones y noticias de la prensa. Su triunfo —triunfo para España—en el Festival de Eurovisión celebrado en Londres, 1968, con la canción La,la,la fue disfrutado por ella y por miles de admiradores en Cuba.

Pasaron los años, decenas de ellos, y la artista regresó al cabo de tres décadas, en visita privada, a reencontrarse con antiguos amigos. Quizás no imaginara que su interpretación de la canción Rosas en el mar, del compositor Luis Eduardo Aute, era aún memorable entre el público de la isla verde del Caribe. Es más fácil encontrar, rosas en el mar, resuena en los oídos de aquellos que en 1967 exhibían una larga melena y hoy peinan canas... aunque conservan nítido el recuerdo de los días de un festival que nunca dejó de ser noticia.

Tres años después, y en la misma sede, se repitió la experiencia, enriquecida  esta vez por la presencia de una mayor participación de artistas extranjeros, en la que descollaron nuevamente los españoles, algunos de ellos muy populares: Los Bravos, Los Mustang, Los Ángeles, Joan Manuel Serrat, Luis Gardey, Rosalía (Garrido),  Santy (Castellanos), los anteriores españoles todos, más el checo Karel Gott y la polaca Maryla Rodowicz. Los artistas cubanos, seleccionados de entre los más populares, daban entretanto el toque caribeño a un evento de gran masividad y participación de todos los estratos de la sociedad cubana. Se trataba de un intercambio, no competitivo, el cual salían todos ganando y en especial el público que abarrotó cada escenario y tuvo así un mejor acceso a la cancionística internacional.

Aquel festival de Varadero de 50 años atrás, y los subsiguientes hasta casi nuestros días, quedaron en la memoria de una generación que hoy peina canas, pero que hace suya la máxima “recordar es volver a vivir”.