El imaginado “patrimonio inmaterial”. ¿Un acercamiento a la verdad o una falsedad engañosa? (I)

Jesús Guanche Pérez
10/6/2016

Contribución al debate

Muchas personas honestas y diversos gobiernos, tras efectuarse la aprobación internacional de la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, por la UNESCO, en octubre de 2003, han seguido repitiendo de buena fe tanto la idea sobre la protección del denominado “patrimonio cultural inmaterial”, como la acepción simplificada de “patrimonio inmaterial”, sin detenerse a reflexionar sobre las múltiples implicaciones que esto puede tener en los ámbitos del conocimiento científico, su influencia en una opinión pública adecuadamente informada y en la aplicación consecuente de políticas culturales que, lejos de interpretar y asumir los problemas humanos en su complejidad, tienda nuevamente a separar la realidad en compartimentos estancos como reflejo de la imposición de criterios clasificadores y limitadores de las ideas a los hechos de la vida cotidiana.

Esta idea del denominado “patrimonio cultural inmaterial” es sencillamente un absurdo si lo relacionamos con lo que pretende definir la propia Convención; es decir:

los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas -junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes- que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural. Este patrimonio cultural inmaterial, que se transmite de generación en generación, es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia, infundiéndoles un sentimiento de identidad y continuidad y contribuyendo así a promover el respeto de la diversidad cultural y la creatividad humana. A los efectos de la presente Convención, se tendrá en cuenta únicamente el patrimonio cultural inmaterial que sea compatible con los instrumentos internacionales de derechos humanos existentes y con los imperativos de respeto mutuo entre comunidades, grupos e individuos y de desarrollo sostenible [1].

Todo ello se refiere a manifestaciones creadas, portadas y transmitidas por seres humanos vivos, o que las transmitieron durante su ciclo vital. Nada más ajeno a una supuesta “inmaterialidad” que la propia cultura.

Si damos por sentada la concepción de denominar “patrimonio cultural inmaterial” a las expresiones de la cultura no identificadas con objetos -ya definidos anteriormente como “patrimonio cultural material”- el principio de identificación o punto de partida ha sido falso, erróneo; pues se basó en una lógica maniquea, vulgar, limitada en su propia definición a la exclusiva oposición binaria de antónimos: se partió del principio simple de que si hay algo negro, lo opuesto tiene que ser blanco; si hay algo grande, lo opuesto tiene que ser pequeño; si hay algo material lo opuesto debe ser “inmaterial”, y así sucesivamente, sin evaluar las implicaciones abarcadoras del concepto filosófico de materia como manera de identificar a la propia realidad en su complejidad diversa y cambiante.

De este modo se recurrió a un obsoleto léxico jurídico [2]  (en su versión francohablante, la de “patrimonio inmaterial” o en de su versión anglohablante y limitadamente sensualista, la de “patrimonio intangible” [3]) relacionado con el derecho privado para tratar de diferenciarlo del también denominado patrimonio material, aunque relacionado nada menos que con los bienes culturales y con los derechos colectivos.

Recordemos que en el orden lógico, para tratar de alcanzar el pensamiento correcto, la falsedad es un concepto válido opuesto a la verdad. La falsedad se caracteriza por el “conocimiento incierto cuya correspondencia con los fenómenos y objetos del mundo circundante no puede ser confirmado por la práctica” [4]. El propio Aristóteles caracterizó la falsedad como “quien piensa lo contrario a como son las cosas” [5], y posteriormente Marx señaló que “El pensamiento erróneo fabrica indefectible e involuntariamente hechos erróneos y por tanto produce tergiversación y falsedad” [6]. Sin embargo, la falsedad se puede presentar de forma impremeditada (paralogismo) y premeditada (sofisma). En el caso que veremos sobre el supuesto “patrimonio inmaterial”, todo el análisis indica que nos encontramos en presencia de un sofisma que parte de un principio lógico falso.

Ante esta situación, que podría resultar engañosa, cabe preguntar: ¿Qué se encuentra en el substrato gnoseológico de toda esta supuesta dicotomía entre lo material y lo “inmaterial” asociado al tema del patrimonio cultural? ¿Esta separación es realmente el resultado de un razonamiento científico actual o de la acumulación histórica de diferentes cosmovisiones que separan idealmente al cuerpo del alma, a la materia de la conciencia? ¿Es esto realmente separable o es solo fruto de la imaginación humana?

Aunque toda definición tiene valor operacional e histórico y esta puede cambiar o resemantizarse de acuerdo con el propio desarrollo de los conocimientos, partimos de la siguiente definición amplia de materia; es decir, mucho más allá de su común y limitada acepción física, corpórea o mundana. Como bien refiere el filósofo Gustavo Bueno:

       El término materia designará inicialmente a la materia determinada, es decir, a todo tipo de entidad que, dotada de algún tipo de unidad, consta necesariamente de multiplicidades de partes variables (cuantitativas o cualitativas) que, sin embargo, se codeterminan recíprocamente (causalmente, estructuralmente). La materia determinada comprende diversos géneros de materialidad: un primer género, que engloba a las materialidades dadas en el espacio y en el tiempo (a las materialidades físicas); un segundo género que comprenden a las materialidades dadas antes en una dimensión temporal que espacial (son las materialidades de orden subjetivo) y un tercer género de materialidades, en el que se incluyen los sistemas ideales de índole matemática, lógica y que propiamente no se recluyen en un lugar o tiempo propios [7].

Como el ámbito de complejidad que abarca la materia rebasa la cualidad determinada en su diversidad genérica, el propio autor añade seguidamente:

En una segunda fase, el término materia, al desarrollarse dialécticamente mediante la segregación sucesiva de toda determinación, puede llegar a alcanzar dos nuevas acepciones, que desbordan el horizonte de la materia determinada: la acepción de la materia cósmica (como negación de la idea filosófica de espíritu, en tanto el espíritu se redefine filosóficamente por medio del concepto de las formas separadas de toda materia) y la acepción de la materia indeterminada o materia prima en sentido absoluto, como materialidad que desborda todo contexto categorial y se constituye como materialidad trascendental [8].

Explicado de otro modo a la luz de la valoración y actualidad sobre ¿Qué es la “materia”?, Eduardo Robredo Zugasti sintetiza:

La doctrina de los tres géneros de materialidad [determinada] no es empírica ni a priori, sino más bien empírico-trascendental.

M1, M2 y M3 son partes del mundo entretejidas distributivamente (diaméricamente) lo que implica entenderlas como géneros comunicables entre sí, sin que esto implique, según la tesis symplokética, la conexividad total de todas las partes (esto es, no todo está relacionado con todo).

M1: Son las entidades del mundo externo, el conjunto de las realidades fenomenológicas exteriores a nuestra conciencia y que, de modo general, estudia la física. […] M1 no implica corporeísmo, puesto que algunas de las entidades físicas pueden a su vez carecer de «cuerpo físico» (los fotones o los neutrinos, por ejemplo).

M2: Son el conjunto de procesos y entidades relacionadas con el interior, con el mundo de la interioridad psicológica; unos procesos que no se constituyen autorreflexivamente, sino siempre en codeterminación con los condicionantes exteriores (la conciencia es fundamentalmente social, y no tanto individual). M2, por consiguiente, no implica subjetivismo, ni espiritualismo.

M3: Son los objetos abstractos, matemáticos e ideales. Ahora bien, M3 tampoco es una idea metafísica ni espiritualista, pese a no darse propiamente ni externa ni exteriormente, y esto porque los contenidos abstractos no pueden considerarse “exentos” (eternamente existentes en un presunto “cielo platónico”), sino únicamente como resultado de la intersección o la mediación de la conciencia filosófica entre los planos de M1 y M2 [9].

Son precisamente los géneros M2 y M3 los que han sido identificados como imaginariamente “inmaterial”, por sus cualidades complejas de existencia en el ámbito psicológico y en el desarrollo del pensamiento abstracto.

Todo lo anterior resulta paradójico. En un contexto internacional de profundos y acelerados avances del conocimiento, con campos del saber de tanta significación para el desarrollo humano y con inmensas perspectivas como la nanotecnología [10] y el empleo de las células madres [11], por ejemplo, parece una propuesta poco feliz y anacrónica colocar términos inoperantes para proteger nada menos que el patrimonio cultural de la propia humanidad, aunque pueda estar cargado de buenas intenciones.

 

Notas:
1. Véase Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial, París, 17 de octubre de 2003. Artículo 2. Definiciones.
2. Obsoleto en relación con el avance actual del conocimiento científico, especialmente de la física, biología, metodología, filosofía, antropología, entre otros campos disciplinares.
3. Esta denominación reduccionista limita también este tipo de patrimonio solo a la percepción mediante el tacto y evidencia su insuficiencia.
4. Véase A. Getmanova et. al. Lógica: en forma simple sobre lo complejo. Diccionario, Moscú, 1991:102.
5. Ibídem, cit. Aristóteles. Obras, t. I, 1975, p.250.
6. Ibídem, cit. K. Marx. “Leipziger Allgemeine Zeitung”, en Obras, t. , p.180.
7. Véase Gustavo Bueno. Materia, Pentalfa, Oviedo, 1990, pp.49-50.
8. Ibídem, p.50.
9. Véase Eduardo Robredo Zugasti. ¿Qué es la «materia»?, en http://www.nodulo.org/ec/2002/n007p01.htm
10. Los materiales fabricados con esta tecnología podrían proporcionar estructuras con una resistencia sin precedentes y computadoras extraordinariamente compactas y potentes. La nanotecnología debe conducir a métodos revolucionarios de fabricación átomo por átomo y al empleo de cirugía a escala celular. Véase Encarta 2009.
11. Cada célula madre (conocida en inglés como stem cell) es el tipo de célula no diferenciada capaz de experimentar divisiones ilimitadas y producir células hijas que pueden dar origen a los distintos tipos de células presentes en el organismo. Véase Encarta 2009.