En la esquina donde la Avenida de las Misiones (más conocida por Monserrate) intercepta la calle San Juan de Dios, con la antigua Manzana de Gómez —hoy el Gran Hotel Manzana Kempinski— en la acera opuesta y al fondo la populosa tienda Harris Brothers, se alza un parquecito con unos pocos bancos y un busto cuya leyenda es para el transeúnte de hoy demasiado escueta. Solo dice: Supervielle. Han pasado los años y casi nadie se acuerda de quién fue este señor.

Todo viene porque se cumplen siete décadas del suicidio de Manuel Fernández Supervielle, de 52 años, entonces alcalde de La Habana, en una época en que la alcaldía de la capital era el segundo cargo en importancia del país, después de la presidencia. Calcúlese pues quién era Supervielle.


Monumento a Manuel Fernández Supervielle en la Habana Vieja. Foto: Internet


Varios fueron los suicidios que conmovieron a La Habana y al país en sus primeros 50 años de status republicano. Cada uno ocurrió en circunstancias dramáticas: el del banquero José Luis Rodríguez, Pote para sus conciudadanos, cuando la crisis financiera —el célebre crack bancario de 1929— extendió hasta Cuba sus ramificaciones y también aquí sembró el pánico; el del coronel del Ejército Libertador Roberto Méndez Peñate, decepcionado por el gobierno de su amigo y correligionario el coronel Carlos Mendieta, en 1934; el del alcalde de La Habana, doctor Manuel Fernández Supervielle, tema que nos ocupa; y el del senador Eduardo Chibás, el más recordado de todos.

Hagamos un poco de historia. El 10 de octubre de 1944 tomó posesión como presidente de la República el doctor Ramón Grau San Martín. Su gobierno, en el que buena parte del pueblo había depositado muchas esperanzas, se inició con algunas medidas destinadas a contrarrestar el alto costo de la vida; pero en los meses siguientes, su política cada vez más se apartó de los intereses populares para servir a una exigua minoría. La demagogia y la lucha entre pandilleros armados cobró fuerza, los negocios ilícitos y el descrédito administrativo alcanzaron niveles lamentables.

El doctor Manuel Fernández Supervielle asumió la alcaldía de La Habana el 10 de septiembre de 1946, luego de una carrera política de 10 años. Nació en La Habana en 1894, provenía de una familia humilde y venció grandes dificultades para su educación. Las superó, pudo graduarse de bachiller, se empleó en un bufete, comenzó los estudios de Derecho Civil y en 1915, antes de cumplir 21 años, los concluyó.

Ejerció la profesión de manera independiente, ganó prestigio y escribió libros sobre temas jurídicos. Varias veces se le nombró decano del Colegio de Abogados de La Habana y en 1940, en Washington, se le eligió presidente de la Federación Interamericana de Abogados. El doctor Supervielle era una personalidad dentro del foro cubano.

A la par con la actividad jurídica, colaboró en instituciones culturales y se dio a conocer como figura pública. Convencido por los amigos a incorporarse a la política, el 10 de enero de 1936 fue electo representante y poco después ingresó al Partido Auténtico, el del presidente Grau, con quien desempeñó la cartera de Hacienda hasta que renunció para aceptar la postulación a la alcaldía de La Habana. El doctor Fernández Supervielle cimentó una firme reputación de hombre honesto, preocupado por mejorar las condiciones de vida de la población y dar solución a algunas de sus necesidades, entre estas el abastecimiento de agua, insuficiente para el creciente número de habitantes.

Supervielle ocupó la alcaldía por el voto confiado de sus electores. Pero entonces se agolparon las dificultades, de las cuales se sintió responsable, y apesadumbrado por las contrariedades políticas y las promesas que avizoraba no podría cumplir, se pegó un tiro en el pecho en la mañana del domingo 4 de mayo de 1947. Decir que se trataba de un funcionario con vergüenza resulta evidente, aun cuando su decisión pudiera ser objetable.

En sus bolsillos se encontró esta nota:

Me privo de la vida porque a pesar de los esfuerzos que he realizado por resolver el problema del agua en La Habana, por múltiples inconvenientes y obstáculos que se me presentaron, me ha sido imposible, lo que implica para mí un fracaso político y el incumplimiento de la palabra que di al pueblo.

Su muerte infructuosa fue muy sentida y su ejemplo de integridad, convertido poco menos que en leyenda. Ojalá cuantos se sientan en los bancos del parque y cuantos pasen por la esquina de Avenida de las Misiones y San Juan de Dios, lleguen a conocer esta historia, la tragedia de un alcalde justo y con vergüenza.