Muchas veces me he sentado sobre el muro del Malecón a confirmar las infantiles pruebas de la redondez de la tierra, catando los barcos que desaparecen por el horizonte como si resbalaran por una canal. Hoy, ante  un mar bamboleante, saltarín, y un cielo encofrado de grises, me azuzan los recuerdos, la nostalgia, la sensación de brevedad. El horizonte, con su acostada certidumbre de que siempre llegará a algún sitio, me revela la cruz latina del momento en que ya el tiempo canta los números de mi cuenta regresiva.


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La vida se ha ido en el languidecer de los recuerdos, en ese impulso, a veces inesperado, de volver a los lugares donde uno no viviendo vive. A un kilómetro, o más, por Belascoaín arriba —nunca reconocida como Padre Varela, su nombre de la república— está Gloria, calle que nombraron como el pan dulce, los artificios, las quimeras, el hogar de Dios: ¡Gloria! Allí descubrí un día que los infiernos mezclan la locura con los misterios más santos y familiares. Porque Gloria nunca habrá sido el paraíso para aquel negro, apodado Chichirichi, que asumió el destino de morirse a la entrada del Quinto Patio, su solar, en la otra cuadra, donde ya la numeración iba descendiendo hacia la terminal de trenes. A unos metros más allá de la transversal Rastro, se oía la incauta sensación del disturbio, el resudado percutir de los dioses que a nuevos dioses proclamaban: los tambores y la carcajada, la cintura y el cajón, bembeteos y pañuelos que se arrastraban sobre el sigilo concéntrico de los siglos.

Los periódicos se negaron a vocear la superflua explosión en la sien de aquella tarde. Desde entonces, a mis 17 años, me conmueven los acertijos de quienes se mueren desconcertados en el quicio de su puerta por una bala que vuela sin avisar. Y al  segundo piso, subió asustada, sorprendida la heroica decisión de empezar a creer que todo no estaba dicho en los libros que yo iba amontonando sobre los reproches de mamá.

Ahora mamá no está. Y al mirar el agua que parece irse, le pido que me hable con noticias de la vieja Sabina, Modesto el barbero, Segundo el jubilado, y el marino trombón del sargento, a cuyo ronquido duermen, sin despertarse, aquellos días. ¿Tú despertarás, vieja? Por si no regresas, dame el ácido aroma de tus gritos: llama a mis hermanos, que se esconden bajo el guarapo de los suburbios, cuando aún en los portales que ya no existen en Cuatro Caminos cantaban con laúd y tres de controversia, los amigos del Indio Naborí. 

No he venido a buscarte; tu presencia no se halla en las efemérides que el silencio acredita entre vecinos. No soy de los que regresan y luego se marchan definitivamente otra vez. Me he quedado donde te encuentro deambulando por las azoteas de un fin de siglo muy antiguo entre las broncas, los muertos, las guitarras, los pregones y los aires pútridos de la Plaza del Mercado, mientras La Habana se replica en el mar con sus  palacios, conventos, castillos, casuchas, manglares murallas: provisionales pergaminos, capitulares archivadas, derroche, látigo, manoteo, breve chisme de chancletas, única gloria que alcanzamos entonces.