El presidente Donald Trump, más delirante y errático que Obama, se refiere a esperar “progresos para Cuba”, cuando propone abiertamente, el desmontaje gradual del sistema de relaciones sociales y la introducción de la norma cultural de partidos políticos como expresión legítima de la democracia. Asertos así no son siquiera desafíos de norma democrática al uso, sino declaraciones de guerra. El patrón de juicio a naturalizar es claro: hay democracia solo si impera en la nación el sistema de partidos políticos.

El ejercicio democrático a través de los órganos del Poder Popular, en donde cada ciudadano tiene el derecho de ser escuchado y de recibir respuesta a sus demandas, queda desacreditado aún antes de plantearse. No conviene incluso indagar en el entramado que frustra su óptimo desempeño, desde la base hasta su estructura burocrática. Sencilla y crudamente, para ningún patrón externo —y hostil— al proceso revolucionario cubano es posible ni válido.

La cultura política del estado burgués avala este descrédito y se resiste a dar el vuelco a la mentalidad. Ese paquete de cambios se exige, entre malabares abstractos de filosofía política y uso de sucesos concretos manipulados eficientemente, solo para el socialismo. Lo que en concreto significa retroceder a la mentalidad hegemónica del capitalismo en expansión global. ¿No nos preocupa la paradoja de que lo democrático queda en el bando que se niega a cambiar, que se aferra al sistema de relaciones sociales encarnizadamente, en tanto lo totalitario se va del lado del sistema que pide la transformación desde sus propias bases, desde el interior más humilde la sociedad?


En este año 2017, la Latin American Studies Association (LASA) de Estados Unidos
se encuentra celebrando sus 50 años de establecimiento. Foto: pucp.edu.pe

 

No es este un problema baladí, pues muchas personas cuyas intenciones no están dirigidas a ejercer la guerra cultural, de dentro y fuera de Cuba, responden a la legitimidad del patrón democrático hegemónico y buscan ajustar nuestras transformaciones a su lecho de Procusto. Y en esta andanada cumple un papel de fuego graneado el uso de una crítica que no se centra en la esencia estructural del fenómeno a focalizar, sino en las bases del sistema social socialista. Así, se pretende permear a la ciudadanía cubana de la idea de que el escaso ejercicio democrático que la sociedad posmoderna permite, es posible solo dentro de sistemas de partidos políticos.

Al presentar al socialismo, y su sistema interno de ejercicio de la democracia ciudadana —sobre todo aludiendo a que el ciudadano no vota directamente por la presidencia de la nación, como si el caso de la elección de Trump no fuera uno de los tantos claros ejemplos de que eso no ocurre en los EE.UU.— como inviable en principio para el ejercicio democrático, se abre un importante escenario de guerra cultural: el del pensamiento, desde la conceptualización de análisis subjetivo académico hasta la aprehensión del propio análisis subjetivo de la sociedad civil.

Un ejemplo de ejercicio de guerra cultural que se apodera del marco de intercambio académico y pasa como normal flujo de intercambio entre especialistas se halla en los eventos de LASA (Latino American Studies Association), en Washington DC, y posteriormente en Lima, Perú.

El presupuesto de la USAID financió la participación de una buena cantidad de disidentes cubanos al certamen, y no extendió esa generosidad financiera a otros intelectuales de la sociedad civil cubana que no estuvieran abiertamente en contra del proceso revolucionario. Activistas de difusión de estos participantes, que son miembros de LASA, rechazan de plano a todo el que no se halle implicado en actitudes contrarrevolucionarias o, en su defecto, en posiciones críticas de revisionismo post.

Esta es una esfera de importancia, por cuanto se trata del ámbito académico, ese en que la guerra fría legitimó los patrones de descrédito para el socialismo y asumió las contradicciones antagónicas del capitalismo como contradicciones naturales que es necesario solventar desde su misma esencia. A ella se suman, con más o menos prestancia, algunas voces que antes habían defendido, con demostraciones académicas o de lógica factual, la viabilidad del sistema socialista cubano y la actualización de su proceso.

Y ahí, como diría Cantinflas, “salta el detalle”.

A pesar de que se mantienen crudas y vigentes las medidas esenciales del bloqueo económico, que es la verdadera muralla para cualquier apertura de intercambio económico y progreso ciudadano en Cuba, varias medidas van dando resultados parciales. Unas han funcionado con relativa prestancia, otras han mostrado bien pronto sus falencias y llaman a enmendarlas, lo que se está haciendo según la norma de actualización planteada en el Congreso del Partido. Algunas, ciertamente, muestran un horizonte aún indeterminado y será necesario revisarlas a fondo, a la luz de propio proceso de actualización socialista. De ahí, insisto, la intensificación de la agresión de la guerra cultural en el ámbito académico, donde aparecen artífices del método escolástico que disfrazan de ciencia el llamado al retroceso político, Los intelectuales de vanguardia corrigen oportunamente los objetivos de sus postulados, y los ajustán al patrón del sistema de partidos políticos, llamando a las bases del derecho burgués que se aferra a la permanencia infinita del capitalismo.

Es la curiosa paradoja de esta guerra: permanecer eternamente en el capitalismo se exhibe como democracia; cambiarlo, transformarlo de raíz, aparece a la luz académica como un ejercicio de totalitarismo. Cuando debía resolverse por lógica esencial; esta paradoja es forzada y convertida en dogma. Con ella nos bombardean ahora mismo, desde no pocos frentes y en un nivel atendible de penetraciones.