Si bien algo más clásico que los conciertos que le precedieron, el ofrecido por el maestro Joaquín Betancourt y su Jazz Band este domingo, resultó el cierre que mejor se ajustaba a la jornada jazzística de diciembre. Después de las presentaciones de Janio Abreu y el delirante recital de Daymé Arocena y sus acompañantes — porque lograron un ensemble a mencionar siempre que se refiera el despegue que experimentamos del terreno de la música cubana al cielo de Cubafonía-, el Teatro Mella de La Habana abrigó otra entrega del jazz cubano, Mambazo, con la que la juvenil orquesta y su director rindieron homenaje a varias generaciones de jazzistas, uniéndolas en el mismo escenario.

Por esa confluencia y porque la Jazz Band ha sido escuela de muchos de los músicos que hoy destacan en la escena como la propia Daymé y algunos de los que estuvieron esa noche con Betancourt, entre ellos, el saxofonista Michel Herrera, el pianista Alejandro Falcón y el guitarrista Héctor Quintana, fue una clausura de lujo, aun cuando faltaron algunos detalles promocionados y la sala se sintió ancha a diferencia de las anteriores presentaciones.

No obstante, llegar allí, sumergirse en la atmósfera orquestal del jazz y, a la vez, poder captar el temperamento de varios de sus intérpretes, permitió entender todavía más la insistencia de Joaquín Betancourt en este formato, aunque vaya a contracorriente de los tiempos actuales. Como en una conversación me confesó se atreve porque los jóvenes reconocen que les brinda desarrollo, “representa aprender a tocar en secciones, a dirigirlas; prepararse para poder hacer jazz y cualquier tipo de música”.
 

 Joaquín Betancourt y su Jazz Band. Foto: Roberto Bello
 

El concierto comenzó realmente en el vestíbulo del teatro con el Conjunto Folclórico Nacional. Era 17 de diciembre, día de San Lázaro. Poco después, el piano de Alejandro Falcón, construyendo una intimidad ceremoniosa, dio inicio al “Canto a Babalú Ayé”, en voz de Zunilda Remigio. Desde ese momento ya se pudo seguir el diálogo entre los instrumentos y aterrizar en cada mundo que sobresalía en algún pasaje, empezando por el del saxofonista Emir Santa Cruz.

“Giant Step”, “Orishas” y “Silent Night” fueron algunos de los temas interpretados esa noche, que pusieron al público en el camino trazado por la más reciente producción discográfica del ensamble. Y si bien con ellos se deja ver el concepto del disco, este se hizo más nítido en “Mambazo”, composición ̶ ya decía ̶ que le da nombre a este segundo álbum de la Jazz Band.

Con ese homenaje a Pérez Prado en sus cien años, Joaquín Betancourt mostró musicalmente su definición de jazz cubano. Claro, para captarla, hay que tener en cuenta otros recursos empleados en el concierto: la presencia en el escenario de quienes “han cargado en sus hombros” el género en la Isla y han alentado con su música a la actual generación de jazzistas, y el rescate de piezas emblemáticas como “The man love”, que conduce a la Orquesta de Música Moderna, y “Misa Negra”, una referencia a Irakere, el mejor grupo del género en Cuba, según dijo el maestro. 

Desde que formara Opus 13, y casi obsesionado con la posibilidad de libertad y resonancia dentro de una orquesta, el ahora director de la Jazz Band, ha buscado transmitir como lo hicieron antes, desde sus intencionalidades y momentos históricos, Lecuona, Cervantes, el Benny o Chucho Valdés, el amplio espectro de la música cubana y sus puentes con la música clásica, con el jazz. Por eso, subieron junto a él en “The man love” quienes representan con su trayectoria esas oscilaciones sonoras dentro del jazz: el pianista Emilio Morales, el contrabajista Jorge Reyes, y el baterista Enrique Plá.

Había que estar allí porque como se sabe, en el género, puede que se olvide algún pasaje, ciertos movimientos en las improvisaciones, pero no la intensidad ni las emociones causadas por un ejecutante. Y estos intérpretes lidian hace tiempo con esas reglas. Imagino que mientras se desenvolvían en sus fraseos, más de un pensamiento volvió a los años setenta y ochenta cuando hicieron historia. También el saxofonista César López que se les unió relució como otro grande de la escena nacional.

Pero, más que otros instrumentos, hablaron las manos legendarias de Pancho Terry que movían con destreza el chequeré y llamaban a la “Misa Negra”. Los cantos del mítico Oscar Valdés, el acompañamiento magistral del percusionista Yaroldi Abreu y los cambios de tiempo musicales a los que llevaba la joven orquesta, parecían construir una metáfora sobre herencia y renovación.
 

Herencia y renovación en “Misa Negra". Foto: Roberto Bello
 

Varios críticos y seguidores del género sintieron esa intención en Sueños del Pequeño Quin, el primer disco de la Jazz Band. Flirteando, pero sin dejarse atrapar completamente por ritmos cubanos, en ese álbum las interpretaciones jazzísticas pasan por la rumba (“Fiesta pal´tambor”), el bolero (“Te quedarás”), para salir al swing, al rap o al rock (“Penny Lane”). Este segundo disco, como dejó ver la presentación, también armoniza los colores entre tradición y contemporaneidad. En ello caen igualmente los arreglos a “Vereda Tropical”, interpretada por Alain Daniel, cuyo paso por el concierto queda sin extrañez una vez conocidos los propósitos musicales de Betancourt, y el tema “A veces”, como referencia a la canción cubana, nuevamente en la voz de Remigio.

Estaría de acuerdo si alguien dijera que todavía sintió contención en los músicos durante el concierto. Creo que mientras a los ya colocados les bastó algunas breves y ardientes intervenciones para retomar su sitio, los más nuevos solo ofrecieron una muestra de lo que son capaces.

La Jazz Band es por esa razón una academia, y no solo para los músicos, sino también para el público. Sus conciertos constituyen una entrada conceptual al jazz cubano. Nos permite ir hilando la historia del género en Cuba, y comprender luego lo flamante de las entregas de los nuevos jazzistas, sus rompimientos y continuidades, y los modos en que sus repertorios se tornan universales. Es por ello que una y otra vez quienes logran instalarse en el conocimiento de los seguidores del jazz, recurren al llamado de Joaquín Betancourt, por eso vuelven a subir junto a él a escena, y también salen a buscarlo cuando crean sus proyectos, cuando dan vida a este mundo en la Isla u otro lugar.