Acto I

Hace dos noches seguidas, en las estribaciones del Escambray, Oriol González nos cuenta su vida de teatrero y la de su grupo: los que se fundaron algo muy parecido a una arcadia para vivir el arte en comunidad, para crear una isla de utopía en el centro de esta gran isla de la utopía.

“En 1990 nos juntamos ocho teatristas y nos fuimos a un pueblo de la Isla de la Juventud llamado Jacksonville, una antigua colonia inglesa. Allí a Norge Espinosa, en medio de una lluvia de ideas, se le ocurrió el nombre. Nos fuimos en un barco, el Palma Soriano, con un baúl de aluminio de la Ópera Nacional y ocho bicicletas para armar un espectáculo llamado Historias de Jacksonville donde cada actor interpretaba un cuento”.

Oriol recuerda un público especial, y un teatro que respiraba y se forjaba en el camino: el germen de lo que nos muestra hoy.

“Nuestro público era la comunidad que nos seguía, porque éramos su único entretenimiento en un pueblo donde no pasaba más nada que la pesca y sin corriente eléctrica”.

Y se detiene en esta anécdota:

“Cuando triunfó la Revolución pasó un mes y los yanquis se quedaron allí. Un día llegaron los barbudos y dijeron: Oigan, hace un mes que triunfó la Revolución. Los pobladores preguntaron qué había que hacer y la respuesta fue bajar la bandera americana y poner la cubana. Lo hicieron y no pasó más nada. Ahí no hubo un tiro, ni un golpe”.

De las historias representadas por el grupo, la que más gustó al público, según él, fue Los fantasmas de Jacksonville, porque de noche los famosos fantasmas no dejaban dormir a las personas.

“Los maridos no estaban dispuestos a dejar a las mujeres y ellas estaban hasta con tres y cuatro hombres a la vez. Cuando los trabajadores llegaban a la casa tarde en la noche, silbaban, fumaban un cigarro, daban golpes en la puerta para que el otro se fuera.

“Con esa pieza renunció el delegado del Poder Popular porque se vio identificado. Fue a Gerona y dijo: “Yo quiero la baja, porque se están riendo de mí los del teatro”.

Tras ese percance el grupo se trasladó a los albergues militares de los soldados que custodiaban el Presidio Modelo. A su vez, Oriol comenzó a leer el libro La isla de los quinientos asesinatos, escrito por Pablo de la Torriente Brau y surgió así el performance llamado 1333.

Después de abandonar Nueva Gerona, Oriol fue a parar a Santiago de Cuba, donde dirigió con Fátima Patterson el espectáculo llamado Mafifa, la última campanera. Allí Joel James le comentó sobre una comunidad de haitianos donde el líder había muerto y los negros no querían tocar los tambores, y pidió su ayuda para organizar una jornada francófona.

“Joel me llevó a las cinco de la mañana en un jeep. Llegamos amaneciendo al lugar y me fascinó porque me parecía estar en África. Comencé a investigar, a la vez que Joel financiaba la ida del grupo hacia Barrancas y el dramaturgo Félix Lizárraga escribía para nosotros la obra Mackandal voló o Historias de la vida y la muerte de Mackandal”.


José Oriol recibe en El Jovero a los invitados al 17 Festival Internacional de Teatro de La Habana.
Fotos: La Jiribilla

 

Acto II

Allí encontré una luz

Oriol había visto el circo pasar de vez en cuando por su casa en las lomas del centro de Cuba y aquello lo marcó: quería ser trapecista. Su hermana fue su primer público y cuando ellos dos jugaban, él era el maestro de ceremonias. Después vino el Grupo Teatro Escambray y le dejó una profunda huella. Pero, aunque aquellas intenciones crecieron con él, llegó el momento en que no era más que un guajirito con sexto grado con inclinaciones por el arte.

“Sucede que, después, conocí la música de Los Beatles, leí La Montaña mágica, Cien años de soledad, Los miserables porque me hice amigo de un poeta de Cumanayagua.

“Unos años después, cuando ya estudiaba en cuarto año del ISA, mi amigo cae preso y yo, queriendo tener un acto de gratitud para con él, decidí ir a visitarlo. En aquel momento no me percaté de cómo podía ser interpretada aquella decisión mía y sucede que, por esa razón, resulto expulsado de la universidad”.

De ahí fue a parar a Moa, echado de por vida del sistema de enseñanza artística. Fueron diez años en la Planta de níquel. Pero allá encontró una luz: “Al secretario del partido de Moa le planteé la idea de hacer un grupo teatral con obreros y él me entendió. Entonces fundé el grupo Tierra roja. Hay una portada de la revista Tablas que son mis actores, obreros todos, interpretando una obra de Albio Paz que se llama Cotorras por 32, que hablaba sobre la ley 32 que combatía el ausentismo”.

“Al final, el secretario del partido comunista llamó a La Habana y dijo que yo necesitaba terminar la carrera que se había interrumpido. El rector del ISA era un hombre de la zona de Nicaro-Moa y asimiló el hecho de que yo volviera, porque ya habían pasado casi diez años. Y me gradué”.

Tras un intento fallido de profesionalizar Tierra Roja llevó hacia allá a actores como Osvaldo Doimeadiós, Vladimir Cruz, Leonardo de Armas y Laura Fernández Uría, con la idea de fundir a estos con los mejores de Tierra Roja y así crear Teatro del Este, pero el nuevo grupo tuvo una vida muy efímera.

“Luego fui profesor de la Escuela Nacional de Instructores de Teatro (ENIT) y los alumnos me insistieron en crear un grupo de teatro; resultó que al final del cuarto año de la carrera de teatro de la ENA, hicimos un espectáculo que se llamó Tres brujas, una compañía y un barrio con nombre de flor, montado con apego a las problemáticas del barrio Romerillo, aledaño al ISA y estrenado allí.

“Después nos fuimos ocho teatristas y yo para la Isla de La Juventud, en Jacksonville, tal como ya les estuve contando. Ahora hay que hablar sobre qué es esto hoy, porque de eso no hemos hablado”.


Escena de Montañeses, Teatro de Los Elementos

 

Acto III y final

En pleno Período Especial, Oriol González solicitó la finca que fue de sus abuelos y que, años antes, había sido entregada al Estado. La idea nació porque sus compañeros de teatro eran todos del centro de la isla y se hacía necesario autogestionar la vida para que, en medio de la crisis económica, se pudiera seguir haciendo arte. Además, para Oriol todo surgió con el Grupo Teatro Escambray, semilla que encontró en la finca Jovero Verde buena tierra para la cosecha.

“El Teatro de los Elementos hoy tiene gran influencia del Grupo Teatro Escambray. Fue para mí un proceso de iluminación ver aquellas personas con aquellos overoles azules montados en un camión, que hacían esas obras de noche, lo mismo en una cañada que con la niebla como efecto especial, y ver a Sergio Corrieri con un machete, cortando un gajo. Me quedé con ese proceso para siempre, y con un orgullo enorme de aquellas imágenes, de aquella gente”.

Oriol se detiene. Llora. Silencio. Es difícil ver a un hombre adulto llorar delante de uno. Es una incomodidad luminosa.

Hay un momento donde nos cuenta de su obra de teatro Montañeses sobre los conflictos de la lucha contra las bandas contrarrevolucionarias en el Escambray, que se desarrolla en el anfiteatro de ladrillos y bambú para un público de 100 personas, delimitado por un río y que en ocasiones ha recibido a más de 300 campesinos de la zona.  

Ya es muy de noche, afuera hace rato que lo están esperando para problemas prácticos del mantenimiento de este sueño, pero sigue hablando de qué es hoy el grupo y qué hace en esta finca donde tienen, incluso, una cocina colectiva, casas para cada familia de actores, y una alianza con el destacado pintor cubano Nelson Domínguez, lo cual no es raro, pues lo primero que nota un visitante al llegar a El Jovero es un mural de la también artista de la plástica Zaida del Río, con sus mujeres pájaros escoltando a un gran buda dorado que ineludiblemente alude a este hombre con el cual llevamos horas conversando.

“El grupo lidera un proyecto llamado Jovero verde, arte en el campo, que interactúa con el turismo de turoperadores cubanos. Allí ofrecemos un recorrido por la sede del grupo, les mostramos y narramos la recogida del café, utilizando una fábula de Samuel Feijóo que cuenta cómo los pájaros del monte le contaron al campesino cómo había que hacer el café.

“Luego hay un segundo momento en el que les explicamos que esta es la finca de mis abuelos, que llegaron de Canarias como voluntarios del Ejército español, y que mi abuelo reforestó el lugar y, sin saberlo, construyó este paisaje para nosotros, nos lo regaló a través del tiempo.

“Después se pasa a mi casa y se muestra en fotos la trayectoria del grupo. Se habla un poco de la creación de esa casa como primer edificio construido con nuestras manos, y luego los llevamos al anfiteatro y les contamos que allí se ubica la carpa Circuba una vez al año, que es un regalo que hace el Ministerio de Cultura al Plan Turquino y que moviliza de manera masiva y espontánea a los campesinos y los vecinos de la zona”.

Él nos ha dejado vivir por varios días en una casa en la punta de una loma, con la puerta del patio que se abre hacia la salida del sol y la de entrada hacia la puesta. Hoy hemos despertado algo tarde, por la ambición de disfrutar a plenitud y, al bajar al centro del caserío, nos enteramos de que él ya no está: “Oriol los esperó toda la mañana ─nos dice la bibliotecaria— pero ya se fue”.

Y así fue que caminamos por el monte, al mediodía, declamando versos de Martí.