La herejía que por naturaleza es el poema

Norberto Codina
30/11/2020

¿Qué es para usted la poesía además de una fábrica de juguetes, / Además de un libro abierto como las piernas de una mujer, / Además de las manos callosas del obrero, / Además de las sorpresas del lenguaje ―ese océano sin fin totalmente creado por el hombre, / Además de la despedida de los enamorados en la noche asaltada por las bombas enemigas, / Además de las pequeñas cosas sin nombre y sin historia / (un plato, una silla, una tuerca, un pañuelo, un poco de música en el viento de la tarde)?

Fayad Jamís

 

En 1997, el mismo año en que compartí por primera vez los intensos y gozosos días del Festival Internacional de Poesía de Medellín, tuve la oportunidad de visitar Londres y, como era natural, junto a la visita a la tumba de Marx ―que vi por primera vez siendo un adolescente en Morgan, un caso clínico, una inolvidable película inglesa protagonizada por Vanessa Redgrave―, y el imprescindible cruce por la cebra en Abbey Road, fue destino obligatorio la abadía de Westminster donde reposan, amén de monarcas y aristócratas, tantos nombres ilustres de la cultura y la ciencia universal.

Allí me detuve ante la losa de Matthew Arnold. Nacido hace más de siglo y medio ―autor que escapa a cualquier sospecha de ser un hereje tendencioso― escribió sobre el destino de la poesía unas palabras de considerable vigencia y que pudieran ser la síntesis de la noble aventura que, durante más de treinta años, han llevado a cabo los amigos colombianos de la Corporación de Arte y Poesía Prometeo de Medellín, Colombia, al organizar durante todo este tiempo un festival que convoca a los cinco continentes, evento que es para mi consideración el más importante de su tipo en nuestra lengua, y me atrevo a afirmar que en cualquier otra.

El Festival Internacional de Poesía de Medellín es “el más importante de su tipo en nuestra lengua, y me atrevo a afirmar que en cualquier otra”. Fotos: Página de Facebook del Festival Internacional de Poesía de Medellín
 

Cruzada a favor de la poesía como salvaguarda de nuestro pasado, presente y futuro, como predijo Arnold: “El futuro de la poesía es inmenso, porque en la poesía, cuando esta es digna de sus altos destinos, hallará nuestra especie, a medida que el tiempo pase, un apoyo cada vez más seguro. No hay un credo que no se haya bamboleado, ni un dogma acreditado que no se haya bamboleado, ni una tradición recibida que no amenace disolverse”.

Una de las varias y fructíferas consecuencias del festival antioqueño ha sido el Premio de Poesía La Gaceta de Cuba, premio que, cumplidos su veinticinco años de creado, responde a una relación que empezó en 1993 con la corporación colombiana, e invitó a su primer concurso en 1995, teniendo desde un principio una nutrida y plural convocatoria.

Nuestro concurso, en mi muy parcializada opinión, es tal vez en su perfil el más importante del país, tomando en cuenta que se participa con cuadernos breves, es publicado con inmediatez en una revista, y subraya la promoción de autores jóvenes y radicados en provincia. Igual, el jurado siempre ha sido de primer nivel, habiendo participado en el mismo casi todos los poetas que han sido merecedores del Premio Nacional de Literatura, más otros nombres distintivos de diferentes generaciones.

Gracias a ese vínculo que hemos organizado y mantenido desde La Gaceta de Cuba, cerca de sesenta poetas cubanos de los más representativos, incluyendo los veinticinco premiados en dichos certámenes ―la mitad de ellos residentes en provincia, testimonio del carácter nacional del evento― han asistido al festival. Para solo citar algunos autores ya fallecidos, bastaría mencionar a los recordados Cesar López, Luis Marré, Pedro de Oraá, Alberto Rodríguez Tosca, Sigfredo Ariel y Eduard Encina, entre los participantes criollos en las concurridas jornadas poéticas celebradas en “la ciudad de la eterna primavera”.

El profesor, poeta y ensayista Leonardo Sarría valoró la importancia del concurso, al argumentar que “el de La Gaceta… fue el premio a ganar y sigue siendo, con un cuaderno breve y la posibilidad de asistir al más grande festival de poesía de la lengua, el galardón a que aspiran consagrados y emergentes, menores y mayores de treintaicinco, galgos y podencos, de La Habana y de todos los sitios del país. La lista selecta de los jurados de cada una de sus ediciones, entre los que sobresalen varios premios nacionales de literatura, académicos, ensayistas y autores de primer orden, así como el justo equilibrio de intereses y poéticas, procedencias, filias y distancias que cada una de esas ternas registra”.

En estos tiempos de pandemia, el festival no claudicó, y celebró sus tres décadas vía online, consecuente con esa tradición de la que con meridiana lucidez el poeta venezolano Gustavo Pereira nos da las razones, al recordarnos la mantenida capacidad de sobrevivencia de esa expresión cultural, al atesorarla el hombre más allá de instituciones o normas, por la violenta compenetración entre la poesía y la razón de la especie. “La poesía ha sido un largo camino hacia la otra conciencia, allí donde la existencia humana se descubre, redescubre y arriesga a plenitud. Hacia el ser y no hacia el parecer”. La ideología, la religión, la filosofía, han tratado de “formular sus verdades”, o “afirmar los hechos”, pero como bien advierte Claudio Magris citando a Manzoni, “solo la literatura ―el arte en general― dice cómo y por qué los hombres viven aquellas verdades y aquellos hechos”.

 “En estos tiempos de pandemia, el festival no claudicó, y celebró sus tres décadas vía online”.
 

Indiscutiblemente, esa necesidad de desentrañar el discurso entre la poesía, entre el ser humano, entre la historia, entre lo espiritual y lo elemental cotidiano, va acompañada de interrogantes. Me gustaría recordar el título de un cuento de un excelente poeta y querido amigo ya mencionado ―Albertico Rodríguez Tosca―, Mi reino por una pregunta, pues creo como en la tesis de ese texto que, más importante que las respuestas que podamos encontrar son las preguntas que nos acompañan, esas preguntas que padecemos y a las que nunca debemos renunciar, y que se van multiplicando e integran el gran tesoro que tiene el ser humano. La condición subversiva de la creación nos lleva a multiplicar esas interrogantes para solo encontrar unas pocas respuestas, respuestas que abren nuevas incógnitas, que a su vez muchas veces las vamos a encontrar en un lector anónimo, en un lector abstracto; pues siempre van a ser muchas más las dudas que las posibles respuestas, para que en la realidad de esa paradoja zarandeemos ―no hay un credo que no se haya bamboleado― todas las verdades absolutas.

Y en su escritura, en estos tiempos en que hablar de identidad o utopía puede sonar tonto o trasnochado ―en el mejor de los casos―, el poeta reivindica en toda su obra a “los seres invisibles”, tanto más luminosos cuanto más prolongada se manifiesta la pandemia de su larga noche de explotación y desconocimiento, pues la abismal desigualdad que cada día padecemos multiplicada en todas las expresiones globalizadas, es la peor de las plagas que azota a la humanidad.

Más allá de cualquier dogma (como ya dijimos, filosófico, político, religioso), de lo que se trata es de acechar la inmortalidad (parafraseando a Vladimir Mayakovski, “el poeta es el más terrenal de todos los hombres”), palpar sus bordes materiales y perecederos, desde la herejía que por naturaleza es el poema.

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