Fríamente, pudiera decirse que hubo una mujer llamada Maria Esther Gilio, nacida en Montevideo en 1928, y fallecida en la misma ciudad, 83 años más tarde. Que se graduó de abogada en 1957, y comenzó a trabajar como periodista en 1966 en el Semanario Marcha, añadiéndose luego Brecha, Revista Plural, Tiempo Argentino, Crisis, La Opinión, El País, La Nación, Clarín, Página/12, entre otros medios. Se añadiría que produjo valiosas entrevistas a relevantes figuras de la cultura rioplatense e internacional como Jorge Luis Borges, Aníbal Troilo, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa, Gonzalo Fonseca, José Saramago, Mario Benedetti, Vittorio Gassman, Augusto Roa Bastos, China Zorrilla, Adolfo Bioy Casares, José Donoso, Fernando Vallejo, Noam Chomsky, Abelardo Castillo, Luis Pérez Aguirre, y muchas más. No podría dejar de decirse que estuvo exiliada en París en 1972, en Argentina entre 1973-1976 y 1978-85, y en Brasil entre 1976-78. Como colofón, se ofrecería el dato de que en 1970 obtuvo el Premio Casa de las Américas con La guerrilla tupamara.

 Maria Esther Gilio, nacida en Montevideo en 1928, y fallecida en la misma ciudad, 83 años más tarde.
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Esta sería una manera sucinta de referirse a alguien, quien, sin embargo, es muchísimo más que esos datos, ofrecidos en quince apretadas líneas. He ahí el mérito del libro Lloverá siempre, de la argentina Liliana Villanueva, ganador del Premio Casa de las Américas 2017 en el género Literatura Testimonial. Durante una larga noche de apagón montevideano, Liliana sostuvo la conversación que dio origen a este volumen de confesiones. En realidad, los intercambios entre ambas fueron mucho más largos, intensos y apasionantes, pero está bien que la transcripción no sea tal, sino un compendio disfrazado de charla entre dos amigas, que soportan un corte de luz, mientras hablan de lo humano y de lo divino. María Esther, famosa por la calidad de sus entrevistas, ya bajo los embates de su avanzada edad —su visión estaba considerablemente disminuida—, mantuvo hasta el final de sus días un admirable sentido del humor, infrecuente a esas alturas de la vida. Si espléndidos resultan su optimismo, su modestia, su jocosidad, su alegría a pesar de los duros golpes soportados —su madre fue asesinada, una de sus mejores amigas se suicidó, colocaron una bomba en su casa en 1972, sufrió el dolor del exilio alejada de sus hijas, fue interrogada, ejerció diversos oficios para ganarse el sustento; diseñadora de interiores, arquitecta, constructora de obras, vendedora ambulante, costurera—, igualmente aleccionador resulta su sentido ético, su honestidad, su bondad, en fin.

Al mismo tiempo que cuenta peripecias de diversa naturaleza—amorosas, de peregrinaje, de obstáculos y de mucho trabajo—, alecciona sobre aquello en lo que era una indiscutible maestra: el arte de la entrevista. Más que de periodismo en sí, de la forma correcta de utilizar el lenguaje, o de sus valoraciones acerca de obras y de autores a quienes conoció de cerca, casi todos de fama mundial, María Esther ofrece sus trucos, sus mañas para lograr los excelentes reportajes que le dieron justo reconocimiento a nivel internacional. “La inocencia es un factor muy importante en la entrevista […] El periodismo puede ser un océano donde uno pesca historias de vida, realidades, sentimientos, pensamientos. Rechazas lo superfluo, lo artificial y lo artificioso como si fuera la peste. Entonces ya no te conformas con chapotear en un charco. No es fácil de lograr, pero hay que intentarlo. Trabajar en periodismo es un placer enorme, es como un regalo de Dios, que no sé si existe. Pero si existe, es un regalo suyo encontrar que a uno le guste tanto” (p.127)

Destacan, entre las simpáticas anécdotas —todas lo son— recogidas en los 34 capítulos de Lloverá siempre no solo lo que ya he señalado, sino también sus particulares apreciaciones de la condición de refugiada —“el exiliado está siempre pidiendo permiso para vivir”—, y de un tema controversial: ¿existe una forma femenina de hacer literatura? Al respecto, señala que “si en algo nos diferenciamos las mujeres de los hombres es que nosotras necesitamos hablar de lo que nos pasa, de lo que sentimos, de lo que pensamos que sentimos. Los hombres no, ellos se dedican a vivir sin comentarios. Pero si la mujer no cuenta lo que le pasó, cree que no lo vivió. Las mujeres damos vuelta la historia y la vemos de cada lado, desde cada ángulo, de cada arista. Conformamos nuestra historia hablando, contando y contándonos” (p.67)

Así como al inicio de este comentario me referí a la síntesis que podría emplearse a fuer de biografía de una mujer-personaje llamada María Esther Gilio, —lo cual deja fuera el magnetismo de su personalidad—, igual pudiera creerse que Lloverá siempre es la fácil reproducción de una charla entre dos escritoras. Sería injusto reducir la labor de Liliana Villanueva, porque su libro está estructurado con habilidad, con gran pericia narrativa en términos de construcción argumental, atractivo secuencial y enseñanzas deliciosas. Un libro, en fin, didáctico sin proponérselo, recomendable para todos los públicos, que se deleitará, a través de la lectura indetenible de cada capítulo, con un género no siempre justipreciado: la literatura testimonial.