Desde pequeño me acompaña una metáfora que parece enraizada en Cuba. “Inflar globos” parece ocupar un lugar central en nuestra cultura. Es otra manera de identificar la mentira, la exageración, “la guayaba”, el sobredimensionamiento… Como nuestro lenguaje, la frase se ha cortado, ahora basta con “inflar”.

La metáfora del globo genera varias lecturas. Una, la más común y gráfica, tiene un aguante máximo y la acumulación lo explota. Esta viene acompañada de dos posibilidades: la explosión como interruptor de otras reacciones; y, el aire —que antes tuvo identidad propia en su prisión elástica—, se confunde y homogeniza con lo que tiene alrededor. Hay otras: el globo puede no estar a tope y algún espíritu belicoso mete un cuerpo extraño, revienta el globo, para unos accidental o prematuramente, pero otros se montan en el sonido de la explosión y se lanzan al ruedo. Es, en rigor, otra manera de tocar de oído. También, como los procesos no son unidireccionales, nos encontramos frente a la posibilidad de que el globo no se infle y que, simplemente, salga el aire.

Yimit Ramírez
 

A la polémica sobre la decisión institucional de no autorizar la exhibición en la Muestra Joven del ICAIC de Quiero hacer una película concurro en calidad de potencial espectador. Me corresponde tocar de oído y para ello, me serviré precisamente de esta metáfora del globo en varios actos.

Un primer asunto sería el tema central de la polémica, que a todas luces supera el propio material. Las consideraciones sobre este último —que sería sin dudas un eje—, están mediadas por al menos otras tres cuestiones: 1. El funcionamiento de la censura; 2. La debilidad en que se encuentran las instituciones como generadoras de consensos; y 3. La manera en que se aborda la historia del país, sus figuras y símbolos más prominentes.

¿Por qué, lo que debía ser el eje fundamental: la obra en cuestión, aparece diferida? Se trata de una proyección no consumada, una obra que por ahora “es” en calidad de resultado de trabajo de un grupo de creadores; y no “es” en su calidad de diálogo —o no diálogo, hay personas a las que puede no proponerles nada—, con el público.

Y desgraciadamente, “ya no será”, porque cualquier acercamiento estará marcado por el fragmento que se ha convertido en comidilla, no solo desde la institución, sino desde las argumentaciones de sus propios realizadores. Digo “ya no será”, asumiendo especulativamente que ese fragmento no fuera la apuesta de los creadores para “enganchar”. Así las cosas, salvo un pequeño grupo de personas, el resto —incluyendo algunos críticos—, hemos tenido que hablar parcialmente.

Y sobre el/los temas centrales viene el primer globo, o los dos primeros. Se trata de si ponemos más aire, con la experiencia de Quiero hacer una película, al acumulado de actos de censura institucional. Está el problema, como dice un acertado post de Mauricio Escuela, de que decidan por nosotros en una actitud paternalista, y nos priven de la posibilidad de enfrentarnos y cuestionarnos un determinado material. Pero al mismo tiempo, las instituciones —una figura que no es invento del socialismo estatalizado cubano ni privativa de este— existen, y a la par de limar las grandes distorsiones existentes deben desempeñar su papel regulador en determinados momentos.

¿Existe alguna forma de poner a decidir a toda la población cubana sobre la pertinencia o no de proyectar en circuitos masivos una obra? Parece un chiste. Saltan dos preguntas: ¿No es una fuga del sentido común asumir que debe difundirse un material audiovisual para luego decidir si es pertinente divulgarlo? ¿Acaso la discusión no se está planteando realmente en los términos de eliminar toda capacidad de regulación por parte de las instituciones? Creo sinceramente que la censura, debía ser también uno de los derechos inalienables del ser humano: podemos decidir no responder una pregunta, podemos decidir no ir a una marcha, podemos decidir no ver un material… Es que lo hacemos cotidianamente, en otras formas de agrupamiento incluso −que son tomadas por válidas porque no son institucionales. Debo decir que no conozco espacios donde se ejerza más la censura que los equipos editoriales, y de maneras diferentes.

Aquí viene el segundo globo, al que desgraciadamente —quizás por nuestras falencias académicas, fragmentaciones de nuestro sistema de organización de la ciencia y algo de egoísmo—, echamos menos aire. Es lo relativo al tratamiento de nuestras figuras prominentes y símbolos. Ciertamente hay que acercarlos, deconstruirlos —aunque el término me parece inexacto porque no necesariamente se deconstruye para acercar, también puede hacerse para desterrar—, y es precisamente esa intención de “aterrizar” desde la admiración lo que reivindica Yimit Ramírez en su página en Facebook. Me parece interesante la idea de los próceres y los billetes, pero grandilocuente y excesivo que se solucione el acercamiento de Martí con el diálogo que hasta ahora, es casi lo único que tenemos.

Al leerlo, fui corriendo al libro de memorias de Tony Judt, un texto de hace unos pocos años en que decía: “La riqueza de palabras en que me crié era un espacio público por derecho propio; y de espacios públicos adecuadamente conservados es de lo que carecemos hoy. Si las palabras se deterioran, ¿qué las sustituirá? Son todo lo que tenemos”.

Me gustaría pensar que la Muestra Joven ICAIC, escaramuzas aparte, seguirá siendo un espacio público adecuadamente conservado. Eso sería un canal de dos vías, que implica desestimar a gente, que en buen cubano, se dedica a “dar cordel” desde lugares aparentemente opuestos.

Otro globo de interés sería el del peso específico de quienes participan en esta discusión. Ese globo se viene inflando sistemáticamente con acusaciones a granel, tratando de poner nombres y caras a términos como “revolucionario”, “contrarrevolucionario”, “conservador”, “socialdemócrata”, “antiestatal”, “doctrinario”… Cada debate vuelve a ello y desplaza el centro de discusión. En esta ocasión, en que está de por medio la institución, ha movido sus resortes comunicativos. Pero, aunque en una situación de lógica desventaja, quienes actuamos en ocasiones al margen de ellas también nos coordinamos, nos escribimos, actuamos colectivamente. Así lo hicimos con la publicación en La Tizza de Luces, cámaras… punción, de Alejandro Gumá. Es un texto todo de él, pero lo hacemos nuestro.

Coincidir con la postura institucional ante un problema particular no descalifica. Y ahí está, por ejemplo, la postura de Arnaldo Mirabal sobre este tema, quien ha tenido que lidiar con obstáculos tremendos, ¡y no en La Habana! Trato, en resumen, de complejizar un asunto que trasciende una discusión entre la institución y los creadores, aunque la contiene; implica también a los que concurrimos como público potencial. ¿Qué haremos, una escala de puntos para dilucidar cuál criterio tiene un peso específico mayor? Esa es otra forma de poner nombres y caras a términos imprecisos.

Como ocurre siempre, más allá de las tensiones que se ponen en juego, discusiones como estas son más útiles y necesarias que nunca. Se trata de ver más allá de “vencedores” y “derrotados”, y que cada cual asuma que no podemos seguir trabajando por crisis.

 

Tomado de: La Tizza