Leonardo Acosta, a quien llamé en determinado momento “el samurái de la musicología cubana”, fue uno de los intelectuales más interesantes con que hemos contado en nuestro país. Como musicólogo, en primer lugar, por haber sido un músico ejecutante de varios instrumentos; en segundo lugar, porque manejaba un amplio aparato conceptual y poseía una cultura que se movía a través de los más diversos saberes, a la vez que se proyectaba con una envidiable claridad expositiva; y para rebosar la copa, vale decir, fue también un gran escritor, un ensayista que brilló por la profundidad de sus análisis.

Leonardo Acosta
En Praga, Checoslovaquia (actual República Checa). Años 60. Fotos: Cortesía de Margarita González Sauto


Estudió solfeo y teoría con Sara Rodríguez Baz, y apreciación musical con Gisela Hernández; trompeta con Pedro Mercado; saxofón con José Raphel,  y completó su formación de este instrumento con José Pérez, saxofón solista de la orquesta de Adolfo Guzmán, quien, además, le impartió clases de armonía; el saxofón tenor lo puso en sus manos José Ramón Betancourt. Recibió cursos de armonía, instrumentación, orquestación, contrapunto, formas musicales y composición, de Leo Brouwer y Federico Smith. Con Frank Emilio aprendió cómo aplicar la armonía a la improvisación de jazz.

Con Julián Orbón, uno de los más importantes compositores del Grupo de Renovación Musical, tuvo fructíferos intercambios. Sobre este creador, la revista Clave publicó el texto “Homenaje a Julián Orbón”. Y fue precisamente esta revista ─como antes lo habían sido Revolución y Cultura y otras publicaciones periódicas fuera de nuestras fronteras─ uno de los asideros de su producción musicológica.

En 1955 viajó a Nueva York y allí, durante tres meses, escuchó las bandas de Count Basie, Stan Kenton, Woody Hermann, Dizzy Gillespie, y a Chet Baker, Lee Konitz, J. J. Johnson, Oscar Pettiford, Billy Taylor, Stan Getz, Horace Silver, George Shearing, Sonny Rollins y Miles Davis.

Con un cuarteto de jazz, integrado por Frank Emilio, piano; Papito Hernández, contrabajo; Walfredo de los Reyes, batería, y Leonardo Acosta, saxofón alto, inauguró el Club Cubano de Jazz (1958), organizado por un grupo de músicos y amantes de este género. Por invitación del Club vinieron a Cuba Kenny Drew, pianista norteamericano; Vinnie Tanno, trompetista; Philley Joe Jones, baterista, y Zoot Sims, saxofonista tenor, entre otros.

En 1958 Leonardo Acosta tocó con el multinstrumentista Eddie Shu; con los integrantes del trío de Sarah Vaughan: el pianista Jimmy Jones, el contrabajista Richard Davis, y el baterista Roy Haynes; con jazzistas mexicanos como los trompetistas Chilo Morán y José Solís; el pianista Mario Patrón; el baterista Richard Lemus, y los saxofonistas Cuco Valtierra, Héctor Hallal (El Árabe) y Tommy Rodríguez.

Leonardo Acosta
En Nueva York, Estados Unidos, junto a Radamés Giro. Año 1991.


En los años 70 hizo la partitura para la cinta del ICAIC Prisioneros desaparecidos, coproducción cubano-chilena bajo la dirección de Patricio Castilla; y para documentales de Sergio Giral, Sara Gómez y otros. Fue fundador del Grupo de Experimentación Sonora (1969-1972); actuó como solista, saxofón alto, en la obra Erotofonías, de Juan Blanco (el otro solista fue Leo Brouwer en la guitarra), y en Exaedros, de Leo Brouwer, en la que tocó la flauta recorder y fue dirigido por Hans Werner Henze, en estreno mundial en Cuba.

Este quehacer como músico —además de los estudios realizados con Federico Smith y sus incansables lecturas de los más variados temas—, lo preparó para abordar una amplia gama de asuntos, entre ellos el jazz y casi todos los géneros de la música cubana y los hombres que la hacen posible. A estas alturas, debo recordar que Leonardo Acosta vivió inmerso en un ambiente cultural: su padre, José Manuel Acosta, fue un destacado dibujante y fotógrafo de vanguardia; su tío, Agustín, un poeta de reconocidos valores. En su casa conoció a Alejo Carpentier, escuchó la obra de los más importantes compositores de todos los tiempos y disímiles modos de hacer, y por si fuera poco, le marcaron su amistad con Julián Orbón y con el talentoso y prematuramente desaparecido pintor Pepe Masiques.

No menos importante es su obra literaria. Muestra de ello son los ensayos Música y épica en la novela de Alejo Carpentier; El barroco de Indias y otros ensayos; Novela policial y medios masivos, y Alejo en Tierra Firme. Intertextualidad y encuentros fortuitos, fenomenal interpretación de Los pasos perdidos, de Carpentier, Premio de la Academia Cubana de la Lengua 2004, donde le discute al mismísimo Alejo su teoría de lo real maravilloso y el barroco; también José Martí, la América precolombina y la conquista española. Cultivó otros géneros, no por menos asiduos, esquivos, como los cuentos de Paisajes del hombre, o los poemas de El sueño del samurái. Por este original legado le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura en 2006.

Con un vasto aparato conceptual, que manejaba con maestría impar, abordaba los asuntos más candentes de la música del tercer mundo en Música y descolonización; de la historia, la práctica y las personalidades de la música cubana en Del tambor al sintetizador, Elige tú que canto yo, Otra visión de la música popular cubana, Móviles y otros ensayos, Entre claves y notas… Rutas para el pensamiento musical cubano; o la historia del jazz en nuestro medio y su relación con esta manifestación artística en Un siglo de jazz en Cuba. Leonardo se enfrentaba a dichos asuntos con lucidez, erudición y audacia singulares. Su originalidad en la interpretación de estos temas estaba avalada por su sólida formación teórica, que lo llevó a disquisiciones poco frecuentes en este tipo de estudios en nuestro medio. Como buscaba respuestas que pocas veces, o casi nunca, estaban en el marco de la historia de la música, acudía a la Sociología, la Literatura, la Historia general, la Filosofía, la Economía, la Psicología y la Antropología, para demostrar, una vez más, la importancia de los estudios interdisciplinarios en el análisis musical.

Él no era de los que se regodeaba en los caminos trillados, sino que se enfocaba en temas, que si bien no eran totalmente inéditos, abordaba al revés, por decirlo de alguna manera, de lo que generalmente se hace. En todo caso, su perspectiva de la música era “desde dentro, nunca como un casual espectador”, la de un hombre que prefiere la calle a la Academia, válida sólo “cuando es aliada del talento”. Superadas las fronteras entre lo culto y lo popular, Leonardo Acosta se movía con naturalidad entre las corrientes más avanzadas de la música en el siglo XX. Quiero terminar citando un párrafo —lapidario como todo lo que sale de su pluma privilegiada por el talento y la dedicación— de nuestra Graziella Pogolotti: “Con sus códigos específicos, la música se entrelaza a la cultura y a la sociedad. Esa visión dialogante e integradora caracteriza la ensayística de Leonardo Acosta. Su obra ofrece un modelo que merece atención por parte de las nuevas generaciones de musicólogos” [1].


Notas:
1. Graziella Pogolotti: “El ensayista Leonardo Acosta”. Cubarte, 20 de agosto de 2012.