Más allá del derecho a la libre expresión, y de la relativa autonomía de los llamados muros en Facebook, resulta pavoroso el irrespeto que existe en las redes sociales. No es discutible la diferencia de opiniones, ni los criterios divergentes que cada quien tiene y expone a su albedrío, pero una especie de código ético (y, por consiguiente, intangible) se viola, y eso sí es repudiable. Disfrazados tras pseudónimos, protegidos con nombres falsos, o incluso mostrando la verdadera identidad, existen comentaristas cuyas notas resultan nauseabundas.

El debate, la polémica, el movimiento que genera una noticia, los comentarios tras un anuncio o un simple obituario, cuando se basan en argumentos sólidos, son no solo interesantes, sino necesarios. La participación en las redes demuestra integración en un mundo que ya se define por vía internauta. La comunicación digital ha demostrado su utilidad: las ventajas de los intercambios intercontinentales son abrumadoras, y no las estoy colocando en tela de juicio. Hablo de la falta de sensibilidad, de la grosera manera en que algunos intentan superar, a base de insultos, de calumnias y de intolerancias, a un supuesto contrincante que quizás no lo sea. Es perfectamente comprensible (y repito, saludable) que no todos estemos de acuerdo en un tema determinado. Es más, ojalá todos los criterios fueran esgrimidos siempre, porque ello demostraría que es falsa la imagen que muchos fuera de Cuba, tienen de nosotros. Quienes nos ven como una masa monolítica, uniforme y complaciente, pueden comprobar de qué forma se moviliza el avispero cuando no coincidimos. Pero… insisto en que debe primar eso tan elemental que se conoce como respeto.
 

 Las diferencias culturales, de credo o costumbres no fundan licencias para insultar u ofender
 

Poco a poco, nos percatamos de la existencia de diferentes tipos de públicos, y vamos escogiendo los sitios digitales de nuestra preferencia, no solo según los nombres de los colaboradores habituales (escritores, periodistas, cronistas, comentaristas de varias ramas de la vida), sino también según los visitadores, esos seres a veces desconocidos en la esfera pública, pero sostenedores de una revista, de un blog, de cualquier tipo de publicación digital. Por muy culto, interesante o famoso que sea el dueño de un blog o el director de una revista, si no genera un público específico, fracasa en el empeño de movilizar opiniones, o de mantener informada a la mayoría. Así, es fácil comprobar que el blog de Silvio, “Segunda Cita” (voy a mencionar solo unos pocos, porque ejerzo mi derecho a la elección) tiene características distintivas: Su público se lee todas las notas publicadas, hasta el final. Esto, que parece una obviedad, contrasta con la superficialidad de otros sitios, o mejor dicho, con el público de otros sitios, que lee el titular del artículo, las tres primeras líneas, y enseguida se manda a correr para opinar. En contra, claro está.

Fuertes polémicas se desatan entre los denominados “segundaciteros”, pero todas se basan en la consideración respetuosa, de manera que da gusto entrar en esas páginas, y alimentarse de lo que sucede ahora mismo, y de las diferentes formas de reacción que se generan.

“Cartas desde Cuba”, del polémico Fernando Ravsberg es otro ejemplo: El público suele ser agresivo, y el propio uruguayo es quien sale, espada en mano, a defender sus planteamientos. Ravsberg, a diferencia de Silvio, no tiene mucha gente que lo “apapache”, pero con gallardía mantiene su postura contra viento y marea, como puede comprobarse en estos días, a raíz de su artículo acerca del libro de Guillermo Rodríguez Rivera recién lanzado, “Decirlo todo”. Hace meses dejé de colaborar con la revista Oncuba, y desde hace semanas, no logro entrar en sus páginas, cuestión que lamento, porque es bien interesante dicha publicación. Su público, en sentido general, y hasta donde pude comprobar, es variopinto: Ni tan concienzudo como el de “Segunda Cita”, ni tan irreverente como el de “Cartas desde Cuba”. Más bien es un punto intermedio. Aprovecho para saludar a quienes seguían mi espacio allí, que nunca alcanzó categoría de Columna, aunque sí mantuvo sistematicidad.

Por otra parte, el fenómeno de Facebook llega al clímax de la mescolanza. Cada quien publica en su muro lo que considere de interés: desde el anuncio de la venta de un refrigerador hasta la imagen de la florcita más reciente que nació en su patio. Hasta ahí, no hay ninguna objeción. Pero… debajo de ciertas noticias, aparecen comentarios francamente repugnantes. Un ejemplo reciente: Alguien publicó en su muro que no le parecía adecuado que un recién premiado declarara ser descendiente de una figura famosa, lo cual apunta a un disparate, no lo niego, pero que más adelante aparezca el comentario “debe estar bajo los efectos de la quimioterapia” (sic), es lo más despiadado que he leído, aunque no lo único.

Increíblemente, frente a anuncios de muertes, vemos muestras de regocijo, fotos de fiestas llevadas a cabo para celebrar dichos fallecimientos, e incluso puras elucubraciones de cómo, por qué y cuándo X persona perdió la vida, en lugar de abstenerse de opinar de aquello que no se sabe, o de mostrar una sacrosanta humildad ante el fallecimiento de un ser humano. Abominable, ciertamente. Muchos “facebookeros” se quejan de que comentaristas inescrupulosos se introducen en sus espacios, para ofender a quien es dueño del dominio del muro. Y les asiste toda la razón a quienes rechazan esa intromisión. Leo, por ejemplo “No tolero insultos en mi muro”, y muchos de nosotros nos hemos visto en la necesidad de borrar supuestos amigos, en aras de protegernos. Y hemos sido eliminados también, como es lógico. Un “toma y daca” muy interesante. Tú me borras: yo te elimino, o tú me aceptas y yo te admito en mi lista de amistades. Lo cierto es que, más allá de ideologías, de posturas, de preferencias culturales y de gustos, no hay derecho al insulto, a la crueldad, a la burla. Hablando en plata, la decencia peligra.

Febrero, 2018