Quizá no sea este el mejor lugar para contar esta peculiar historia.

Claro que lo conocía. Leíamos sus versos, sus ensayos y su libro Introducción a José Martí  me iluminó como pocos la obra del Apóstol. Sí, lo conocía, pero como uno conoce a la gente famosa, ilustre, célebre. Por lo general, soy muy tímida cuando estoy frente a ese tipo de persona. Me recojo, me minimizo. Por lo tanto aquella noche me hubiera escurrido por el primer huequito que hubiera encontrado.


 

Estaba yo de amores incipientes con el que fuera después el padre de mis hijos, que entonces trabajaba en la revista Casa de las Américas. Andábamos por las sombras nocturnas del Vedado en pleno período especial. Corría el año 1994 o 1995. Se entiende entonces cuando hablo de sombras nocturnas. Es un eufemismo, pues no había bombilla, farol, tubo de luz fría en toda La Habana que alumbrara una calle interior de esa barriada. Caminábamos encantados de la vida, como si lo que estuviera sucediendo a nuestro alrededor —aquel desparpajo moral, económico y constructivo— estuviera muy lejos de nuestra cuota de felicidad a los 20 años. Caminábamos y casi levitábamos. Usaba yo unas sandalias coquetas que anunciaban mis pies blancos y lánguidos. Así me lo habían hecho saber. Entonces, llegó la sorpresa, la invasión de realidad, el hasta aquí, la película romántica terminó. Mi piececito entró súbitamente en un inmenso hueco, en una fosa que ostentaba con fuerza su naturaleza. No sabíamos qué hacer. Me quedé muerta con el pie lleno de mierda asquerosa, resbalosa y pegajosa. Se acabó el romance, se acabaron las risitas.

Mi novio aprovechó el momento. Se habrá dicho, esta es la mía, ahora sí caerá a mis pies —mientras no sean a los míos— y me dijo: “tengo la solución, acompáñame, pero no digas nada, tranquila”. Entramos a un portal, luego tocó a una puerta y apareció una muchacha. Nunca la había visto. Él le explicó lo que había ocurrido, se excusó, y cuando ella advirtió el desastre fue muy amable. Me condujo al baño, me senté en la tina y allí, poco a poco, la mierda se fue escabullendo por el tragante. Ella, para colmo de generosidad, trajo una colonia que recién había aparecido en el mercado, y me la echó en el pie. Yo me sentí más avergonzada, pero limpia. Al salir me topé con él. Y fue cuando me di cuenta de que mi novio me había llevado a la casa de su jefe, a la casa de Roberto Fernández Retamar. Quien luego supe que era su hija, Laidi, le explicó lo ocurrido. Yo no sabía qué hacer, o más bien, sabía muy bien qué hacerle a mi novio al salir de allí. Primero lo torturaría quizá en la misma fosa donde había caído yo horas antes y luego lo dejaría allí tirado. Fue así como conocí personalmente a Roberto, cuando ni siquiera imaginaba que un día trabajaría en la Casa de las Américas. No fue una carta de presentación olorosa, pero sí plena de gentileza de parte de su familia, en cuyo baño, imagino, dejé por varias horas el rastro de mi paseo por su calle.

Años más tarde le conté a Roberto y nos sonreímos. Afortunadamente, creo que no me recordaba de entonces. Hoy, cuando Roberto llama a mi casa —suceso poco habitual que solo se produce cuando es imprescindible—, Nicolás, mi hijo más pequeño, sostiene una conversación con él en la que se saludan como si fueran compañeros. Creo que a él le complace preguntarme por ellos con sus nombres bien dichos: ¿Y José Julián y Nicolás? Siempre me recuerda a Jaime Sarusky que me decía: “tus hijos tienen nombres de mambises”.

Un día me preguntó si debía llamarme Maité o Maite. Le dije que en mi familia me llamaban Maite, pues el acento ponía un énfasis brusco y frío en el trato. Desde entonces me dice Maite y yo le digo Roberto. No me siento cómoda llamándolo Retamar. Creo que pone una distancia extraña, una posición de jefe que nunca ha impuesto. Lo que más me gusta es conversar sobre cualquier cosa, sus nietos, sus viajes, sobre todo cuando recibimos una visita en Presidencia y él se siente cómodo conversando, y, entonces, yo me arrimo y escucho y escucho.

A veces, algunas personas me preguntan por él, como si Roberto no estuviera en la Casa. Se asombran cuando les cuento que sí, que siempre está ahí, que se sienta en su comadrita a leer montañas de papeles que suben desde el piso. En su oficina, fotos de Haydée, Alfonso Reyes, máscaras de Nicaragua, libros y más libros.

Una vez dijo que no se sentía como la edad que cumplía. Imagino que tiene que ver con la forma en que miran sus ojos. A los 85, los ojos de Roberto le devuelven más vida, más juventud para seguir bajando y subiendo las escaleras.

 

Nota:
Este texto fue escrito para el cumpleaños 85 del poeta e incluido en el libro Buena suerte viviendo, de Ediciones Matanzas, publicado en 2017.