“El arte serio se ha negado a aquellos para quienes la necesidad y la presión del sistema convierten a la seriedad en una burla, y que por necesidad se sienten contentos cuando pueden transcurrir pasivamente el tiempo que no están atados a la rueda”.
               (Max Horkheimer & Theodor Adorno)

 

La historia del proyecto Lucas bien podría haber comenzado en la década de 1940 con dos filósofos judíos que, huyendo del fascismo alemán, terminaron por instalarse en los Estados Unidos. Sería algo así como un drama bélico donde la imagen del exilio transmite cierta sensación de paz y no de desarraigo como usualmente sucede. Con ánimos de apegarse aún más a los hechos, convendría tomar como locación de rodaje la hermosa ciudad de California. Y emplear asimismo, como referencia primera, el libro que estos dos intelectuales proscritos publicaran en 1947.

Salvando abismales diferencias de contexto, Dialéctica del Iluminismo ―como finalmente se titularía la obra— podría considerarse la primera publicación impresa donde se alude a la figura de Lucas; aunque de un modo vago y erróneo, según se sabría luego. Un libro con argumentos dramáticos suficientes para convertirse en una novela realista y crítica, si bien terminó siendo una cruzada filosófica contra las deformaciones que las lógicas de la producción industrial generaban a la sazón en la cultura estadounidense de masas.


Fotos: Internet


Claro que semejantes antecedentes servirían de muy poco en estos tiempos y en todo caso terminarían por desecharse, ante la realidad de ser incompatibles con las leyes que el mercado audiovisual impone. Al menos desde un punto de vista comercial, los dramas histórico-filosóficos no llaman tanto la atención como las comedias románticas y los musicales. Parecen más susceptibles de venderse las peripecias de un Lucas joven dispuesto a labrarse un destino exitoso gracias al concurso de su machete láser. Uno capaz de esgrimir a guisa de slogan la máxima de que la fuerza está en la historia, y que paradójicamente parece haber olvidado una parte importante de la suya entre tanto humo y lentejuelas brillantes.

Un primer acercamiento al asunto ponderaría la imagen de Lucas en tanto industria cultural hegemónica en la realidad cubana.

Precisamente fue esa la esencia de la última puesta en escena ―en dos actos― que los organizadores de los Premios Lucas 2016 regalaran al público cubano desde el célebre teatro Karl Marx. Dos espectáculos culturales con un excelente juego de luces, un notable despliegue coreográfico y una banda sonora en ocasiones loable. Dos galas encaminadas a reconocer las mejores experiencias en la actual realización del videoclip cubano. Y en las cuales, sin embargo ―como ha sucedido en los últimos tres años― no siempre el objetivo principal ha logrado cumplirse del todo; quizás por la falta de criterios sólidos desde el punto de vista estético al seleccionar los ganadores, o porque ―huelga decirlo― la producción nacional atraviesa por un momento crítico donde lo banal se abre camino y la concepción comercial a veces engulle todo indicio artístico. O por ambas razones.

Un primer acercamiento al asunto ponderaría la imagen de Lucas en tanto industria cultural hegemónica en la realidad cubana; tal y como advirtieron en el lejano 1947 los dos filósofos judíos Max Horkheimer y Theodor Adorno. Una estructura al servicio de las élites cuya labor consiste en promover la enajenación de los sujetos, suprimir cualquier intento de ejercicio intelectual y ajustar determinados estereotipos al molde de las culturas, con vistas a concebir “obras de arte” de manera seriada y fácil. Claro que afirmar semejante idea sería sobredimensionar en demasía la responsabilidad de Lucas en esta “industrialización de la cultura”, con lo cual estaría restándosele importancia a los verdaderos actores determinantes: las transnacionales de la cultura que en coherencia con el entramado mercantil definen el rumbo del arte contemporáneo en materia de tendencias y gusto estético.



 

Solo así podría entenderse por qué en buena parte del videoclip actual la inclusión y erotización del cuerpo femenino representa una estrategia discursiva harto frecuente. Y esta junto a lo lúdico aparecen como dos llaves seguras para la trascendencia y la popularidad momentánea, cuando el tema musical resulta incapaz de lograrlo por sí solo. O por qué la unión con algún referente internacional de la música representa casi una garantía de éxito, amén de la calidad o no que pueda tener la canción defendida. Véanse para más señas los casos de Ángeles y Gente de Zona, las dos agrupaciones del patio con una marcada rivalidad en las últimas tres votaciones de los Premios Lucas por el videoclip más popular del año. Así pues, no debe el proyecto teleluqueño cargar con toda la culpa. Su mayor desliz consiste en legitimar aquello que previamente ha sido catalogado por “los mercaderes de la cultura” como “artísticamente valioso” o “funcional”. Y que penetra cada día más con mayor empuje en el audiovisual cubano.

Dicha alineación con símbolos e intereses allende los mares pudo advertirse con relativa facilidad en los últimos Premios Lucas. En alguna medida constituyeron estos una oda a la dominación simbólica, una invitación a la colonización mental del sector juvenil por parte de las industrias culturales existentes en el orbe. Baste citar en estas líneas dos ejemplos: la metáfora del machete láser cual guiño intertextual al filme estadounidense La Guerra de las Galaxias, más que al arma típica de las luchas independentistas mambisas; así como la referencia ―en mi opinión innecesaria― a la rivalidad deportiva entre Cristiano Ronaldo y Messi, Real Madrid y Barcelona, por parte de uno de los conductores en las galas. Todo un culebrón ideado por empresas mediáticas extranjeras y reproducido en la Isla aun por algunos medios de comunicación.

Poner a competir al arte “serio” y el “ligero”, el “pobre” y las grandes producciones con las mismas oportunidades y derechos, constituye hoy la principal crítica que se le puede hacer a Lucas; en un ya visible contexto de apertura internacional del video clip cubano gracias a determinados realizadores y músicos. Un fenómeno digno de tener en cuenta por sus posibles repercusiones en la cultura y en la preservación de las tradiciones y referentes audiovisuales de este país; en la agudización de contradicciones entre lo popular, lo masivo, lo internacional y lo folklórico. Nada nuevo: son, en todo caso, amenazas identificadas desde hace algunas décadas, capaces de restringir hasta cierto punto la soberanía simbólica de los estados nacionales. Males principalmente reversibles mediante el desarrollo de un pensamiento autónomo y crítico.

Poner a competir al arte “serio” y el “ligero”, el “pobre” y las grandes producciones con las mismas oportunidades y derechos, constituye hoy la principal crítica que se le puede hacer a Lucas.

Pero al parecer, el proyecto Lucas ha olvidado su historia y con ella la fuerza. Simula los pasos de un equilibrista ebrio sobre una cuerda floja. Comenzó a perder estabilidad cuando las luces y el humo borraron de su discurso casi todo atisbo de razonamiento “serio”, desde una perspectiva crítica, de inquietud y herejía intelectual. Y ganó terreno el pensamiento “ligero”, la no razón, “la cultura enlatada”. Mucho tuvo que ver en ello la ausencia de Rufo Caballero y de su sección El Caballete, donde todo desmontaje analítico del clip cubano prometía ser un llamado a la mesura y a la emancipación mental. La partida de Rufo pudiera considerarse, en ese sentido, una de las causas decisivas en la pérdida del rumbo y en la victoria del machete láser; puntos decisivos en la dramaturgia de la vida de Lucas, con los cuales algunos teleluqueños podrán no estar de acuerdo, pero que apuntan claramente a que la principal virtud del proyecto consiste en entretener y no en motivar la reflexión, aun cuando muchas de las carencias que se le reconocen, pueden ser extendidas a buena parte de la programación televisiva nacional.

Teniendo en cuenta su vocación crítica y excelente manejo de la ironía, quizás sea Michael Moore uno de los realizadores contemporáneos capaces de resumir esta triste historia, iniciada en la Cuba de hace dos o tres años y ―si se quiere―, con raíces en la trayectoria intelectual de dos filósofos judíos exiliados en territorio estadounidense en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Así de compleja y polémica es la realidad de Lucas, quien por si fuera poco acostumbra siempre a vestir de traje y a ocultar sus ojos detrás de unos espejuelos oscuros, en un archipiélago tropical donde las miradas dicen mucho. Y el calor invita a sudar copiosamente, incluso en camiseta.