En uno de los amplios espacios de la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg), una exposición de caricaturas nos presenta, desde la sobriedad de los dibujos, a una mujer irreverente, de decir crítico, intensamente feminista y a quien su realidad le define profundamente su actuar. Aunque se presenta como Waika, un nombre de raíces indígenas, nos devela la personalidad de la venezolana que le da vida, que la ubica en esos contextos donde su decir origina tan particulares lecturas.

Es arquitecta de profesión, el humor gráfico llegó a ella por vocación, pero lo que la define es su género. Para María Centeno, ser mujer es lo primero; lo demás, lo asume por añadidura.

“Desde niña siempre me gustó dibujar, hacía historietas en los márgenes del cuaderno. Más tarde, en el bachillerato, me escapaba para ir a pintar.  Durante un tiempo pensé dedicarme exclusivamente a la pintura, pero el mandato familiar de que tenía que estudiar una carrera universitaria me obligó a estudiar arquitectura, lo cual me gustó mucho también. La ejerzo, pero como una de mis grandes obsesiones en la vida es cambiar el mundo, pienso que a través del humor gráfico se pueden comunicar ideas y tratar de influir en las demás personas, más que por medio de la arquitectura, de la pintura o del arte puro”.

Y por persistir en esa osada y desenfadada posición de “querer cambiar el mundo”, no siempre su obra le proporciona esa necesaria plenitud y empatía con el público.

 “Con mis caricaturas he tenido algunos problemas, pero igual han sido muchas las satisfacciones. Hay personas que me escriben para insultarme, hasta curas se han dirigido a mí para decirme que soy demasiado a contracorriente; y otras personas me insultan desde el punto de vista político. Sin embargo, por otro lado, he recibido muchas alegrías. Hay madres que me comparten que sus hijas e hijos lo primero que hacen es buscar la historieta que se publica en el diario Ciudad Caracas desde hace seis años. Otras niñas me dicen: “Yo tengo las Waikas recortadas y pegadas en mi cuarto”, o las buscan todos los días por internet y las coleccionan. Esa recompensa es mejor que cualquier pago que pudiera recibir”.


 

Waika la respondona es, para María, esa mujer venezolana, caraqueña, que al igual que ella tiene una niña. Inconforme con su realidad, se rebela contra las injusticias que día a día enfrenta por su condición de mujer. Pero no se queda solo en esos limitados espacios. También alza su voz, desea ser escuchada por sus preocupaciones hacia temas medioambientales, políticos y sociales.

Se declara admiradora de Mafalda desde su niñez. “Creo que de esas influencias, muy pocas personas en Latinoamérica, e incluso en el mundo, se pueden librar. Por supuesto que sí que tengo influencias y no las puedo negar. Desde niña me he preocupado por ver otros caricaturistas, su obra, estudiarla.  Sería muy petulante de mi parte afirmar que yo me inventé a mí misma y que no tengo influencias de nadie”.

La abuela que no conoció físicamente, pero que siempre estuvo presente en conversaciones familiares para mostrársela como una mujer independiente, que se tuvo que rebelar contra el reacio machismo imperante en su época; esa tía que le trasmitió un legado de empoderamiento, también de independencia, están en su obra, “pero creo que la realidad de todos los días no te puede mandar por otro camino; como dice Waika, ‘yo tengo que ser feminista para salvarme′, si no fuese feminista, sería masoquista. Creo que por ahí va la cosa”.


 

Y en este momento en el que Venezuela se debate por la permanencia de su Revolución Bolivariana, en ese mismo contexto en el que también respira Waika la respondona, María no se desdibuja del todo de los contornos de su creación, para asumir con sus palabras una situación que mucho le duele, que la lacera.

“Estoy muy preocupada por la situación del país. Existe una derecha que está buscando el caos y la destrucción. Waika es crítica con algunas de las decisiones del gobierno, pero también considera que, viéndolo desde un punto de vista objetivo, hay que considerar seriamente la defensa de esta Revolución porque si no la anarquía y el desastre van a ser fenomenales. Podemos llegar a convertirnos en una Siria, en un Iraq, en una Libia, y pienso que hay que tratar de evitar eso por todos los medios posibles”.

En las paredes de la Celarg, una mujer con nombre indígena e incuestionable sentimiento patriótico, se hace escuchar, busca llamar la atención a través de un diálogo diáfano. Su inconformidad, desde posturas de análisis, de sana reflexión, se contrapone a esa realidad que hoy intenta instalarse en las calles de Venezuela. Incisiva, sí; rebelde, igual; guerrera, también; contestaria, por qué no; pero con franco sentimiento de defensa hacia su Revolución, esa en la que encuentra respuestas a sus inquietudes sociales, personales y políticas. Por eso, Waika nunca dejará de ser la crítica respondona.