La muerte de Fernando me sorprendió pocas horas después de un ligero debate familiar sobre el uso de la palabra compañero. Fernando la usaba para definir al revolucionario, sobre todo cuando había que afirmar el sentido de pertenencia colectivo a la Revolución y su obra.

Los compañeros no tenemos vergüenza de serlo y de llamarnos a nosotros mismos así. Hacemos política revolucionaria, la única posible para transformar la realidad de acuerdo con las necesidades y los anhelos de las mayorías.

Esa fue la sustancia y el día a día de mi relación con Fernando Martínez Heredia. Como corresponde a profesionales con responsabilidades estatales públicas, cumplíamos con todas las formalidades de la política de cuadros, con todas nuestras obligaciones, con la máxima diligencia posible. Esto último, para concentrarnos en la política, razón de ser de nuestras existencias. Llegados a ese punto, Fernando era —es— para mí, ejemplo y prédica, ideal y magisterio.

He leído la mayor parte de su obra y asimilado su consistencia y la coherencia esencial de su pensamiento con las realizaciones de la Revolución y sus líderes, y con la teoría y la práctica de la construcción socialista, desde Marx hasta nuestros días. Por eso, ser su compañero me concedió, además, la oportunidad de compartir tareas, discutir opiniones y empeñarme con él en iniciativas concretas. Así, junto al caudal de la obra ensayística que fue y será decisiva para mis ideas y mi conducta, tuve el privilegio de compartir la emoción y la vivencia del debate directo y del quehacer cotidiano con un ser humano excepcional.

Consecuentemente, el debate más eficaz y la praxis revolucionaria que compartimos, tuvieron en la institución su escenario natural y eficaz. Fernando y yo trabajamos duro por el Instituto Marinello, el Ministerio de Cultura y todas nuestras instituciones. A ellas nos debemos. A ellas, gracias a Fernando, me sigo debiendo y continuaré peleando contra deformaciones burocráticas y por la mayor participación popular imaginable. Con ellas triunfaremos, en esta hora difícil, o se perderá el sentido de nuestras vidas de revolucionarios.