A partir del año 1971, las fiestas del carnaval habanero se comenzaron a celebrar la última semana de julio y no en la segunda del mes de febrero. El cambio de fecha había sido determinado dos años antes cuando Cuba se enredó en producir 10 millones de toneladas de azúcar —la conocida Zafra de los 10 Millones—; la meta no se llegó a lograr, pero demostró hasta qué punto la utopía podía ser alimentada por la voluntad de una nación.

Llegado el año 1973, las metas eran otras y entre ellas destacaba el entusiasmo por hacer un buen papel en el X Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes que se celebraría en la ciudad de Berlín en la República Democrática Alemana (RDA); pero la tarea más importante era concentrar las energías en comenzar la industrialización del país, sobre todo en la zona minera de Moa, en el oriente del país, específicamente en la ciudad de Holguín. A tal fin ya se habían constituido antes dos fuerzas de choque, aunque la más importante era La Columna Juvenil del Centenario, constituida por jóvenes de todos las zonas del país; la segunda de ellas fue “los hombres de los cascos blancos”, como se denominó a los constructores ordinarios. Revolución es construir, así rezaba un lema de la época; y camino a la construcción para alcanzar el sueño del desarrollo industrial marcharon todos los esfuerzos.

Carnavales en la piragua año 1971. Foto: Internet
 

Sin embargo, en el mes de julio la pausa era obligada. Los esfuerzos y el sacrificio se subordinaban a las celebraciones tanto políticas como sociales. Era tiempo de carnavales en toda la Isla. Y el carnaval es fiesta, pasión y fuente de vida; es el momento en que los convencionalismos sociales pasaban a un segundo plano.

El carnaval habanero, para este entonces, gozaba de amplia creatividad; creatividad que era expresada en dos de sus elementos fundamentales: las carrozas y las comparsas; no las tradicionales, sino las que se comenzaban a formar y a fundar a tenor de los nuevos tiempos. Se estaba creando la tradición y la mítica carnavalesca de la revolución. Los paseos comenzaban a la hora del cañonazo —las nueve de la noche— y se extendían a todo lo largo del malecón habanero. Por algo más de 16 km se ubicaban kioscos, palcos familiares, gradas y espacios para que las orquestas del momento se presentaran; y como complemento, el paso arrollador de comparsas y las carrozas con sus evoluciones y sus orquestas emblemáticas.

Aquel carnaval del año 73 generó tres acontecimientos creativos que pasarán a la historia de esas fiestas. El primero fue el diseño y construcción de una carroza que imitaba a totalidad un central azucarero y se debió a las huestes del sindicato de los azucareros. Eran tal la dimensión y el realismo logrados por los creadores, que se necesitaba tuviera doble sistema de tracción; pues por sus dimensiones era imposible que doblara al final de los paseos.

“El central”, como lo llamó el público, funcionaba. Su chimenea humeaba mientras duraba su paso por el malecón habanero, y alguna que otra vez se veían sacos de azúcar salir de su parte trasera (no podemos precisar si eran de utilería; aunque ante tanto realismo no hay dudas de que se trataba de sacos reales). Fue tal la fascinación de los habaneros que tal carroza mereció todos los premios posibles.

El segundo gran acontecimiento de estas fiestas fue el debut de “La comparsa de la Construcción”. Tal y como lo lee. Si estábamos construyendo, era lógico que tal tema fuera motivo de inspiración y el sindicato de marras no se quiso quedar atrás. En cuatro largas filas, desplegadas a lo ancho de la media avenida del malecón, 250 parejas hacían sus evoluciones con un vestuario singular: overoles y cascos blancos, y como accesorios complementarios, palas y cucharas de albañil; las primeras, en manos de los hombres, imitaban el acto de palear arena o cemento golpeando acompasadamente el pavimento y cada cierto número de pasos chocaban entre ellas; por su parte, las mujeres enarbolaban las cucharas con gesto sensual. Y como cierre, una pequeña carroza con los tambores de Tata Güines.

Pero el sindicato de la construcción fue más allá de la comparsa. A un costado del Hotel Nacional, en una explanada situada al final de la calle 19 en el Vedado, levantaron una estructura de acero, madera y vitrales de tres pisos de altura, que en su interior contenía un restaurante, un cabaret y pasarelas aéreas desde las que se podía divisar parte del desfile; mientras que en su parte exterior estructuraron varios kioscos y una pizzería en ladrillos aledaña, para satisfacer a los transeúntes. Aquella pizzería funcionó hasta comienzos del año 2000. La atracción musical fundamental de este sitio era la presencia del órgano oriental.

Mas el plato fuerte estaba situado frente a la explanada del Maine: la construcción de otro Cabaret de estructura modular, vanguardista si se quiere; y que se convirtió en el sitio de moda de aquellas fiestas y funcionó hasta septiembre de aquel mismo año: La piragua.

La piragua disponía de una tarima para presentaciones, bar, cien mesas y permitía a los habaneros que no alcanzaban mesas disfrutar sus shows desde el exterior. No era un espacio totalmente cerrado, aunque disponía de una cerca perimetral de madera de no más de 70 centímetros. Su techo era de telas de diversos colores, entrecruzadas en una estructura de madera.

La Piragua funcionaba desde la una de la mañana hasta las cinco, por lo que era un lugar para los noctámbulos; y como eran fiestas populares uno podía encontrar familias enteras arropadas a la espera de que sus funciones comenzaran (nosotros los menores estábamos a nuestras anchas correteando por el parque que servía de fondo al mencionado sitio) para disfrutar de la orquesta del momento: el conjunto Los Latinos, pero sobre todo para cantar, a una sola voz, el tema que abría sus cortinas: La piragua.

El nombre de Guillermo Cubillo se repetirá hasta lo imposible lo mismo en la radio que entre todas las agrupaciones que pudieran incorporarlo a su repertorio después de aquellas fiestas. El mito de un lugar y una orquesta comenzaban.