El cabaret La Piragua había calado en la memoria popular a pesar de que solo existió en el año 1973. Sin embargo, desde aquel momento “la explanada del Maine” tuvo un nuevo nombre, un nombre que abarcaba también el sitio en que se estableció a partir de ese momento la Presidencia —o simplemente la tribuna— de los carnavales habaneros; sobre todo desde el mismo momento en que se decidió acortar el espacio físico para la celebración de estas fiestas. Ya no era a todo lo largo del Malecón, ahora comenzaban en una esquina del parque Maceo —en el cruce de la calle Marina con la avenida Malecón— y terminaban justo en el Torreón de La Chorrera, a las puertas del restaurante 1830.

Aquella reducción del espacio festivo obligaba a un rediseño de las áreas donde se desarrollaban los bailables que desde aquel momento, se redujeron a tres fundamentalmente: la explanada frente al Hotel Havana Riviera —donde hoy se alza el hotel Cohíba—, la explanada que cubría desde la calle A hasta la calle C, conocida como “el cajón” y el espacio del cabaret La construcción, situado a un costado del hotel Nacional, donde se cruzan la calle O y 19 y que desde el año anterior se convirtió en el sitio de moda. Todo en el barrio del Vedado, aunque existía un escenario en el otro extremo del mismo parque Maceo, justo en la calle Belascoaín entre Malecón y San Lázaro, que funcionaba solo los fines de semana.

Curiosamente, esta redistribución de los espacios bailables también incidió en los intereses de los habitantes de la ciudad, en cuanto a sitios donde converger en lo referido a gustos musicales y/o la presencia familiar. La posibilidad de acceder a un palco, se reducía drásticamente en un 50%. Mas aquella reducción no impedía que familias enteras se fueran concentrando desde bien entrada la tarde, alrededor de los mejores espacios donde poder disfrutar del paso de las carrozas y comparsas que animaban el evento; además de acceder con facilidad al consumo de fiambres, comidas y bebidas que la ocasión ameritaba. Era la época de los vasos de cartón parafinados, conocidos como “pergas cortos y largos”.

Así llegaban la ciudad y sus habitantes a las nueve de la noche, hora en que el centenario Ruperto anunciaba puntualmente el comienzo del jolgorio acompañado del sonar de las sirenas de las motos del equipo de acrobacias de la policía —los llamados caballitos de multa—, que en traje de gala ejecutaban complicadas piruetas para deleite de los niños fundamentalmente. Desde ese instante, toda la ciudad se sumía en una inagotable alegría.

El carnaval del año 1974 será el último en que Miguel Ángel Rapsal, más conocido como “El lele”, formará parte de la orquesta Los Van Van, que para ese entonces actuaba en la explanada frente al hotel Riviera alternando con un conjunto sonero que retomaba la popularidad a partir de los temas que había comenzado a escribir para ellos un desconocido que respondía al nombre de Adalberto Álvarez; se trataba Rumbavana con las voces de Guido, Orestes Macías y Raúl Planas dirigidos por el pianista Joseíto González.

El nuevo repertorio de este conjunto sonero había cautivado a todos. Temas de una factura distinta a las que conformaban el repertorio de este tipo de agrupación, pero sobre todo que marcaban una diferencia de sus homologo Roberto Faz, los Latinos y Los Chuqui. Era una forma de hacer novedosa y que marcaba una cercanía al sonido, que para ese entonces ya se expandía por el Caribe bajo el nombre de Salsa, solo que con un alto toque de cubanía. Sus temas eran historias cotidianas, inspiradas en personajes y anécdotas propias de los cubanos de estos tiempos; y sus estribillos cuidaban la esencia del tema principal.

Pero el ascenso de Rumbavana no disminuyó la popularidad del conjunto Los Latinos, donde la voz y el carisma de su cantante principal Ricardito, lograban atrapar a parte de los bailadores y que programaba sus presentaciones en un espacio intermedio ubicado en la misma calle Malecón, conocido como Solmary, que en tiempos de fiestas funcionaba como Cabaret asignado al INIT. Su Rumbavana alternaba con los Van Van en “el Riviera”; el Cajón de la calle A se convirtió en el cuartel de agrupaciones como La orquesta Monumental y la Ritmo Oriental —sobre todo esta última—, que aún incidía en el gusto de los bailadores con un repertorio siempre presto a renovarse. La Ritmo no había dejado de complacer a sus seguidores y es que además de sus sones, aún mantenían importantes boleros en su repertorio; algo en lo que se habían hecho fuerte los Latinos imitando la fórmula de “los mosaicos” creadas por Picallo en el conjunto Roberto Faz, a quienes asignaron para amenizar los bailes de fines de semana en el parque Maceo.

Un aspecto peculiar de estas fiestas de carnaval, estribaba en el hecho de que los dos lugares comenzaban su programación a la misma hora, lo que dividía a los bailadores y a las familias que desde zonas cercanas se acercaban a disfrutar de estas presentaciones.

Mientras tanto, en el espacio que ocupaba La Construcción —con su pizzería externa que funcionaba las 24 horas y en las que se organizaban largas colas—. La música quedaba en manos del Órgano Oriental una vez terminada la función del cabaret, que ocurría al mismo tiempo que se efectuaban los paseos y desfiles. Y aunque no estaba de moda, el sonido del Órgano reunía a un público que manifestaba abiertamente su distancia con los asistentes al resto de los espacios bailables del carnaval y a quienes no lo disfrutaban desde un palco.

Los carnavales del año 74 comenzaron a definir dos espacios sociales que llegaron a nuestros días: el de “los cheos” —que amaban la música popular bailable cubana— y el de “los pepillos”, que consideraba a esta algo menor y a la que no debían acercarse, sobre todo por su fuerte filiación con el rock y la música anglosajona; aunque se permitían la licencia de mover caderas, hombros y cintura al compás del son que ejecutaba un conjunto instrumental venido del oriente de la isla. Solo estas noches del mes de julio les acercaban a un mundo sonoro distinto que se resumía en un estribillo: “…eh, a caballo… eh, a caballo…”


Los carnavales del año 74 comenzaron a definir dos espacios sociales que llegaron a nuestros días. Foto: Internet

 

Sin embargo, el acontecimiento más importante de estas fiestas fue la presentación del grupo Irakere, la última de las noches festivas en “el Riviera”. Una nueva dimensión social se comenzaba a imponer para los años venideros, y con ella se marcaba un tanto a favor del futuro musical del país.