Se propuso no actuar, no ser el Mongo Castillo que se aprende en un libreto o que se parece a aquel otro guajiro de campo adentro. Quiso ser natural, imaginó cómo hubiera sido él si en vez de nacer en 1964, hubiera vivido en carne propia la lucha contra el bandidismo entre 1960 y 1965.

Osvaldo Doimeadiós, el actor cubano que hace humor y arranca carcajadas y que a la vez, desde el drama, despierta sensibilidades y provoca lágrimas, prefiere creer que a estas alturas de su vida, no fue una casualidad que le llegara Mongo Castillo, el personaje que encarnó en la serie LCB: La otra guerra.

foto del actor cubano Osvaldo Doimeadiós
Fotos Cortesía Alberto Luberta


“He hecho personajes de los que me siento muy orgulloso, pero no siempre te llega una serie con un personaje de estas características. Es mi primera serie y ya de por sí, aceptarla fue un reto. Sin embargo, desde que Alberto Luberta me envió un correo con algunos capítulos para que yo valorara la propuesta, me sentí seducido por la idea de trabajar en un producto audiovisual que abordara un episodio de la historia de nuestro país, pero de una manera que trasciende el didactismo que ha llegado a aburrir.

“En esta etapa de mi vida asumí a Mongo Castillo porque desde el inicio me percaté de que era de una estatura mayor. Este personaje para mí fue una gran oportunidad, incluso para superarme como actor, porque lo más importante a la hora de interpretarlo era lograr diferenciarlo de ese otro guajiro que la gente conoce, el Pipo Pérez de mi faceta como humorista. ¿Cómo no contaminar a uno con el otro? El equipo estuvo pendiente y les pedí que ante cualquier signo de similitud me corrigieran. Pero se logró porque ante todo pienso que Mongo Castillo llegó a mí cuando ya tengo una madurez mayor en mi profesión.

“¿Cómo lo construí? Tuve la ventaja de que Mongo Castillo tiene como punto de partida una historia real, la de Ramón Treto, a la que se le sumaron historias de otras familias. Eduardo Vázquez, el guionista principal de la serie, me facilitó una entrevista que le hicieron a Treto en 1983 y de ella tomé dicharachos y otras informaciones que me ayudaron a construir el personaje.

No quise impresionar ni fingir. Estudié el texto, pero no quise sentirme tan seguro de él. Acudí a la espontaneidad y a todos los resortes que le dieran más naturalidad al personaje.“También vi unas imágenes suyas en un documental, pero no quise calcarlo. Lo armé con varias historias, y lo trabajé sobre la base de la educación sentimental del campesino cubano, que es muy duro y recio pero que convive además con sus lados vulnerables.

“Lo importante es sentir el personaje, y lograr un sello, una autenticidad. Quienes viven en zonas apartadas, con una vida difícil, se exponen a la sobrevida y siempre tratan de hacer lo correcto, lo que su propia lógica le ofrece. No quise impresionar ni fingir. Estudié el texto, pero no quise sentirme tan seguro de él. Acudí a la espontaneidad y a todos los resortes que le dieran más naturalidad al personaje”.


Si no hubiera sido Mongo Castillo…

Caí rendido ante Mongo Castillo desde que supe de la idea de la serie y recibí la propuesta de Luberta. En todo caso, si no hubiera sido Mongo, o Porfirio, o El Gallo, o cualquier otro de esos personajes de presencia fuerte en la trama, hubiera sido incluso cualquier otro personaje de los episódicos que también aparecen en la serie y que le aportan lo que necesitábamos.

Me sucedieron cosas muy curiosas durante el rodaje y mucho antes, desde la preparación del personaje. Por ejemplo, trabajamos mucho las escenas familiares en las casas. Cuando una familia tiene a una madre o a un padre analfabetos, todos reproducen formas de comunicación iguales. Si yo decía “Dispués”, todos debían decirlo y había que trabajar en eso para lograr esa verosimilitud.

El caballo que me asignaron se llamaba Pajarito, pero llamarlo así me parecía burlesco. Entonces le decía “¡Jarrito!”, para que me atendiera, fue un mecanismo que encontré.

Me resultó difícil también retomar a Mongo Castillo luego de tres meses de interrupción. La serie se detuvo a la espera de autorizaciones necesarias para usar el armamento y otros recursos, y al volver a filmar, me sentí casi desnudo. Tenía que regresar a lo que ya había pensado y montado. De todos modos, ese período me fue provechoso porque pude distanciarme, tomar en cuenta muchas cosas y  valorarlo desde otro punto de vista.

“Recuerdo escenas muy lindas como la que tiene Mongo con su hijo Cloro, fruto de una relación extramatrimonial. Fue una escena en la que pude improvisar, en la que me dieron libertad para hacerla. Era la primera vez que Mongo confiaba en su hijo, le contaba cosas y yo quise mantener ese componente dramático para que el personaje no perdiera su esencia. Al final fue una escena muy larga que debió editarse, pero a la que le pusimos los dos mucho de nosotros mismos.

No solo se trataba de Mongo Castillo, sino del hecho histórico en sí..

Sí, y me fue difícil también. Yo nací cuando la lucha contra el bandidismo en el Escambray y en otras zonas del país ya era un hecho. Recuerdo que las personas mayores en el entorno donde crecí en Holguín hablaban de ese tema.

En las clases de historia se hablaba de eso, pero no con mucha profundidad desde la visión más humana. El Teatro Escambray fue de los que más investigó esa etapa de nuestra historia, y en realidad mis referencias eran del cine de la década del 70 y del 80. Leí el libro sobre El Caballo de Mayaguara y tuve otras referencias fragmentadas, pero no tuve conocimiento de muchas vivencias personales.

El Teatro Escambray fue de los que más investigó esa etapa de nuestra historia, y en realidad mis referencias eran del cine de la década del 70 y del 80.Tenemos un gran bache en el análisis de temas históricos, y de ese período en particular. Conocemos poco, y para los más jóvenes, el vacío será mayor. Los actores jóvenes preguntaban mucho, para ellos también fue un hallazgo, no creían que hubieran sucedido esas cosas. Descubrían anécdotas en los libros, en las fuentes reales, se asombraban y es eso lo que ha pasado con el público.

Sucede que nuestros medios han pecado de contar la historia con un exceso de didactismo, donde la epicidad está desbordada y eso aleja a muchas personas de la historia. El clásico antagonismo que marca en dos extremos al bueno y el malo no favorece la comprensión de los hechos y no acerca al público. Lo que me gustó de esta historia es que los personajes se veían más humanizados, con sus conflictos, sus luces y sus sombras.

Percibí desde el inicio que la historia estaba contada desde la épica, pero más allá, desde la perspectiva más humana, más familiar. Eso fue lo que me cautivó. Pensé que si esto se contaba de esa manera, podría ser un éxito para cautivar a un espectador de cualquier edad.

No fue cosa de coser y cantar, claro. El proceso comenzó a finales de noviembre de 2016 con la lectura de los guiones, el casting, las investigaciones nuestras. Tuvimos un magnífico trabajo de mesa con Eduardo Vázquez; conocimos a personas que estuvieron involucradas en esa lucha, por ejemplo, al hijo de El Caballo de Mayaguara.


¿Cuáles fueron los principales obstáculos de la serie?

El rodaje fue bastante accidentado porque un serial bélico necesita de toda una logística y un conjunto de recursos que un dramatizado común no lleva, además de que urge contextualizarlo en una época.

Algunos televidentes aluden a los paisajes, a los camiones y a otros detalles porque no son los reales del lugar y de esos años, pero tratamos de suplir con la interpretación de los personajes y con las historias en general esas ausencias que se generan en una producción de esta naturaleza hecha en Cuba.

Si se quiere asumir la realización de audiovisuales de corte histórico, las instituciones pertinentes deben apoyar más y mejor, de una manera más coordinada y efectiva. Estuvimos a punto de interrumpir el proyecto de manera indefinida.

Cuando ya el 20 por ciento de la serie estaba filmada, te comentaba que se detuvo la filmación. Esperábamos el permiso para recibir el armamento que necesitábamos, y demoró hasta el punto de que algunos actores abandonaron el proyecto porque les coincidió con otras propuestas, que aceptaron porque supuestamente ya debíamos haber terminado.

Si se quiere asumir la realización de audiovisuales de corte histórico, las instituciones pertinentes deben apoyar más y mejor, de una manera más coordinada y efectiva. Estuvimos a punto de interrumpir el proyecto de manera indefinida.

Me consta el esfuerzo inmenso que hizo RTV Comercial para llevar a buen término la serie, pero es penoso que esto pase porque atenta contra la calidad de cualquier producto audiovisual.


Puedo contarte de esos momentos difíciles que tuvimos con ese armamento viejo… algunos actores se quemaron, pasaron pequeños accidentes. Pero ya eso no es lo importante, sino el hecho de que la serie se terminara y que el público, de manera general, esté complacido con lo que recibió.

La serie, como toda obra, es perfectible y muchas cosas podían haber salido de otra manera. Sin embargo, es un producto digno y ha tenido un impacto impresionante en los distintos tipos de público. Es una puerta abierta para quienes quieran abordar la historia desde el audiovisual. Pueden suponer que la clave está en no despreciar lo épico, sino abordar la épica desde otra perspectiva.

Les agradezco a todos los que se quedan en el anonimato cuando una producción como esta sale. Los choferes, los asistentes de producción, los que se encargan de la comida, los maquillistas, los que te enseñan a montar a caballo… Están en los créditos y muchos ni los leen”.

¿Asumiría otro proyecto similar?

Sin dudas, siempre que traiga ese espíritu de humanizar la historia porque solo así se puede llegar a uno mismo.

¿Qué le dejó Mongo Castillo a Osvaldo Doimeadiós?

En mí se quedó su perseverancia y la fe en lo que cree.