Un poco para Xavier, que me contó la leyenda. Y para Coyula, que me dio otros detalles.
Y para Alejandro Garay, que me hizo regresar a esta leyenda habanera.

 

Retrato de Catalina Lasa. Cortesía del autor
 

La primera imagen que me enlaza en la memoria con el nombre de Catalina Lasa viene del cine, y en ella no aparece directamente el nombre de ese mito habanero. En un hermoso plano del filme cubano Un hombre de éxito, Mabel Roch sale de la mansión que Juan Pedro Baró levantó para su infortunada esposa. No sé bien si el recuerdo pesa más por la estilizada figura de la actriz que emerge de la fachada de ese palacete en el que el personaje habita, o por el trazado impresionante de su arquitectura. Govantes y Cabarrocas, los responsables de la edificación, trajeron con ella a La Habana un conjunto deslumbrante que aún mantiene parte de su efecto. Hasta 1962 una sobrina de Baró vivió allí, y el gobierno revolucionario la convirtió luego en la Casa de la Amistad, tras haber sido la embajada de Francia. Arena del Nilo, mármol de Carrara, vitrales emplomados, cristal Lalique. Todo lo que una reina hubiese podido desear. “Una belleza de la época”, dice de esa mujer, como al paso, Dulce María Loynaz en su libro Fe de vida. Catalina Lasa ganó concursos, justamente, por su hermosura, e inspiró la creación de una rosa, que, con su nombre, gozó de fama. En Cuba, lo único que queda de esa flor matizada es el motivo que la repite en la casa de 15 y Paseo. Y en lo que mal perdura de su famoso mausoleo.

La historia del amor entre Catalina y Pedro Baró daría para una película de época. La matancera, también conocida como La Maga Halagadora, se había casado con Luis Estévez, cuya madre era nada más y nada menos que Marta Abreu, la benefactora de mi ciudad natal, Santa Clara. Conocer a Baró y comenzar entre ambos una pasión que no conocía límite fue lo mismo, y Catalina se atrevió a pedir a su esposo la separación. Al negarse este, la situación se hizo tensa en extremo, con demanda judicial de por medio. Ella se fue a vivir con su amante, y al no haberse aprobado en Cuba aún el divorcio, decidieron viajar a Roma en pos de la intervención del Papa. Lo consiguieron, y el Pontífice anuló el matrimonio infeliz. En 1917 volvían a La Habana y al legalizarse el matrimonio en la Isla, se dice que fueron de los primeros en tomar ese recurso para que nada pudiese separarlos jamás. Nada, menos el destino y sus maniobras más inesperadas.

La famosa mansión se abrió en 1926, y la ceremonia social fue comentada sin recato. Acudió el Presidente, y nadie quedó sin pronunciar elogios ante el fasto de aquella edificación. Poco la disfrutarían. Catalina enfermó en París, y poco a poco fue desvaneciéndose su belleza. El mito apunta que su esposo hizo cubrir los espejos para que ella no pudiese ver cómo su rostro y su cuerpo iban decayendo. Murió en 1930, y si en vida Baró quiso regalarle la mansión más bella de la capital, no quiso que en muerte tuviera menos. Su mausoleo, emplazado en la avenida central de la necrópolis de Colón, es un acto de desafío y elegancia, que ningún visitante puede pasar por alto. Un año demoró la construcción: un rectángulo frontal de mármol de Bérgamo con una semicúpula que iluminaban ventanales y una cruz de cristal Lalique, en tonos malvas y áureos. En su interior, mamparas del mismo artesano, que repetían en cristal dorado el motivo de la rosa Catalina Lasa. Dos angelotes tallados en la puerta velaban el sueño de la dama, recreados con líneas sobrias de un Art Déco en pleno apogeo. Ubicado frente al mausoleo de los bomberos fallecidos en trágico incidente, Baró sembró dos palmas a la entrada, para que cuando crecieran superasen la altura de ese otro monumento al que el suyo se enfrentaba. Al morir Juan Pedro Baró, en 1940, se selló la tumba. Los mitos continúan: se dice que fue sepultado de pie, como guardián celoso del descanso de quien tanto amara. Tumba sellada, amor perdido, mármol, hierro y cristal. El silencio, poco a poco, cayó sobre la historia de ese idilio tormentoso, amenazado por conjuras, hechizos, odios y recelos inconfesables.

Cómo regresa al presente el nombre de Catalina Lasa es también otro misterio. Fue retornando poco a poco, como quien se une a las leyendas que pueblan la Necrópolis de Colón, y como muchas de ellas, acaba obsesionando a quien repite ciertas preguntas. Un amigo, Xavier de Castromori, me habló de ella y me reveló la historia de su idilio y su mausoleo. Hurgando en la colección de El Fígaro, hallé una portada donde la propia Catalina, según creo recordar, sonríe en el esplendor de su belleza sosteniendo una de sus rosas. Xavier me contó que uno de los cristales que componían la cruz de la tumba se había roto. El cementerio lo había sustituido por una placa de vidrio común, y gracias a su transparencia quien supiese el detalle podía ir por detrás del monumento y alzarse para vislumbrar el interior del recinto fúnebre. Así lo hice, a mitad de los años 90. En la crudeza del Período Especial, el lujo que protegía esas dos lápidas permanecía intacto. La cruz de Lalique se proyectaba sobre los sarcófagos blancos, las rosas de cristal empotradas en el reverso del portón aún se veían allí, y las mamparas, que deslumbraron en su momento y ganaron un premio por su diseño en París, me contaba Xavier, también seguían en pie. Con respeto y curiosidad miré todo aquello, uno de los secretos mejor guardados del famoso cementerio. No estarían así por mucho tiempo.

Fue también por Xavier que descubrí el desastre. Sabiendo que no se hallaba del mejor ánimo, viviendo ya en Europa, decidí regalarle fotos del admirado mausoleo. Acababa de comprar una cámara fotográfica y quise devolverle el gesto con el que me contó la leyenda de Catalina Lasa y Juan Pedro Baró. Me costó trabajo enviarle las imágenes, porque me encontré el mausoleo profanado y arrasado. En un célebre acto de despojo, cometido al parecer por uno de los guardias del cementerio, habían roto más cristales de la semicúpula y habían entrado los ladrones a robarse las mamparas y otros elementos de la tumba. De ello, nada se dijo en su momento. Se cuenta que un tal Andresito, líder de la fechoría, fue apresado tras la investigación oficial y pasó algo más de medio año en prisión, tras haber gastado del peor modo el dinero que consiguió tras la venta de lo que se llevó del mausoleo. Justo a la entrada de la necrópolis, las huellas de ese saqueo dolían de manera doble.

Hacía mucho que no regresaba al cementerio. Los santeros advierten que hay que alejarse de esos sitios, tanto como de hospitales, que no se deben visitar innecesariamente pues son lugares de pena y desgracia. Entre el 2012 y el 2013, cuando atormentaba a los amigos con los que organizaba la Multimedia por el Centenario de Virgilio Piñera, lo atravesaba a manera de atajo, intentando recordar dónde fue enterrado Pepe Rodríguez Feo, Roberto Blanco, la propia Loynaz, repitiéndome que jamás había localizado la tumba de Lezama Lima, o preguntándome si Casal estará o no donde los origenistas insistían a veces en fotografiarse. Un día, no lo hice más. Y dejé de pasar frente al portón blanco y negro de Catalina y su esposo. Volví hace poco, y me topé con una imagen aún peor. Una frágil y destartalada valla trata de impedir el paso hacia la tumba, pero de tan maltratada, no logra siquiera imponer respeto. Los otros cristales han desaparecido, las tumbas están abiertas y rotas las lápidas. No sé dónde descansan los restos de los amantes. Los ángeles del portón, que aún resisten, no revelan un solo detalle al respecto. Las rosas de Catalina perduran solo en los motivos de ese umbral. Celebrado y comentado en tantas guías turísticas como uno de los ejemplos más destacados del Art Déco cubano, debe asombrar y espantar, por su deterioro, a quienes intenten descubrirlo y fotografiarlo tan cerca de la puerta de la necrópolis.
 

En el panteón los cristales han desaparecido, las tumbas
están abiertas y rotas las lápidas. Foto: Cortesía del autor

 

Quiero creer que ya Catalina no está ahí. Que a fuerza de sufrir y perder tanto, su fantasma o su eco escaparon de ese sitio donde no halló el reposo, y al cual costaría mucho, demasiado quizá, restaurar debidamente. Adónde habrán ido a parar los cristales de las mamparas. Adónde ese imaginario ramo de rosas, hechas con joyería, que la leyenda insiste en ubicar sobre su tumba en la fecha de su entierro. Traté de saber algo de eso cuando escribí a Mario Coyula, uno de los devotos del mito de Catalina, al descubrir el atraco. Me envió fotos del mausoleo, antes y después del saqueo. Me habló de su obsesión por esa dama, a la que dedicó una novela que ha desencadenado opiniones muy diversas, editada en España, y aquí por el sello Unión. De repente, me vi siendo parte de ese mito, indagando sobre esa mujer quizás en demasía. Para librarme de su fantasma, coordiné algunas páginas para recordarla en un número de la revista Extramuros. Allí está un texto de Coyula acerca de La Maga Halagadora, y un fragmento del monólogo que la teatróloga Rosa Ileana Boudet escribió alrededor de tan llamativo personaje. Espero haber cerrado con ello mi cercanía al espectro de Catalina Lasa. Eso creía.

Vuelvo al cementerio para regalarle a un nuevo amigo fotos de la tumba más esplendente de esa avenida. La encuentro aún más lastimado, más herida. No creo lo que alcanzo a ver. Hago fotos para ese amigo. Cómo podré explicarle, me digo, el esplendor que alguna vez tuviera todo esto, el respeto que nos imponía con sus líneas tan elegantes. Entenderá, me digo, es una persona inteligente. Me hará nuevas preguntas. Querrá saber más, y yo querré tener respuestas, indagar entre los conservadores de la necrópolis qué se hace, qué se puede hacer, para detener al menos la devastación. Es una respuesta que se nos debe, incluso más allá de lo que fue o no Catalina Lasa, en pro de la defensa de un patrimonio que deberíamos cuidar con más celo y orgullo. Eso pienso, revisando las imágenes. Yendo de un nombre a otro, esos que me hacen regresar al mito de una mujer que fue una dama, un desafío y una rosa que es hoy solo de piedra. Dicen que aún se cultiva esa rosa insólita, en tierras europeas, híbrido de una especie cubana y otra húngara. En un jardín botánico de Roma, y en París, aún existe, me dijo Coyula. No debería faltar esa flor entre las que adornan la que fuera su casa, jardines diseñados por Forestier. No debería faltar, junto al nombre de Catalina, la certeza de que su recuerdo siga siendo mucho mejor protegido. Pero ya se sabe que pocas cosas, muy pocas, son tan frágiles como la propia belleza.