Cuando se escucha hablar a Regina Balaguer, se logra comprender por qué existen instituciones que parecen crecer con vida propia gracias al influjo vital de aquellos humanos que las representan, y no se quedan como objetos inanimados,  a los cuales un día la inercia llega a matar.

Por el Ballet de Camagüey (BC), eso es precisamente lo que ha hecho su directora, esta mujer de mirada azul profunda como el mar de su lejana Habana natal, y de hablar pausado, propio de los seres destinados a las grandes obras cuando estas necesitan de la perseverancia para asegurar su continuidad, y ya no de las pasiones arrebatadoras de la fundación.
 

Regina Balaguer y Fernando Alonso
 Con Fernando Alonso, fundador de la Escuela Cubana de Ballet.
Fotos: Rodolfo Blanco Cué
 

Hablar solo de ella resulta casi imposible, pues constantementeguía la entrevista hacia los logros y avatares de la compañía, por esotal vez pocos saben que asumió el tránsito de bailarina a directiva sin remordimientos, con la claridad de que eso era lo que le tocaba hacer.

O que, aunque no tuvo hijos propios —y ese lamento le hizo temblarla voz por un momento—, posee un instinto maternal más tierno y sublime, porque lo ha multiplicado en los tantos bailarines y bailarinas que han pasado por el BC en sus 20 años de dirección, logrando que valores humanos como la cortesía, la humildad y el respeto identifiquen también a la compañía.

Y es que Regina Balaguer vive por y para el Ballet de Camagüey, porque cada paso de su vida, sin ella saberlo, labró el destino del cual ya nada podrá desligarla.

El primer encuentro, los primeros años

Su primer encuentro con la compañía es a la vez uno de los recuerdos más memorables de toda su carrera: el recibimiento que le hiciera el gran maestro Fernando Alonso en agosto de 1979, cuando llegó de la Escuela Nacional de Arte a ejercer su servicio social en Camagüey.

 Fue estremecedor que una personalidad como Fernando Alonso, acompañado por la entonces primera bailarina Aida Villoch, fuera a recibirnos al aeropuerto a mí y a otra compañera, cuando apenas éramos recién graduadas, y nos mostrara la sede, y después nos acompañara al albergue y nos presentara a las otras muchachas.

 “Es algo que no esperas y definitivamente nunca olvidas”, añadió Regina, para la cual el legado de Fernando Alonso es una de las motivaciones fundamentales para su trabajo en pos del crecimiento constante del BC, dirigido por el fundador de la Escuela Cubana de Ballet entre 1975 y 1992.

 Aurora Bosch, una de las cuatro joyas del ballet en Cuba, impartiendo clases en el Ballet de Camagüey
 

Otros hitos para ella fueron bailar ya en una gira nacional en La Habana con apenas dos meses de estancia en el BC, o la primera vez en asumir las labores del regisseur de manera temporal, cuando solamente era una bailarina del cuerpo de baile.

De timonel a capitán

Cuando Regina recibió la dirección de la compañía, llevaba algunos años de regisseur oficial, aunque se mantenía en los salones, bailando, e incluso, dirigiendo en oportunidades, pero ya la carga de algunas lesiones y de nuevas responsabilidades le pesaban un poco en el tabloncillo.

 “Me despedí de las tablas sin traumas, porque soy una persona muy adaptable”, reafirmó la directora del BC, quien hoy comprende que todas sus vivencias anteriores la fueron preparando para su responsabilidad actual. Si se le pregunta por nombres infaltables en el BC, ella enumerauna lista donde en primer lugar está Vicentina de la Torre, suentrañable fundadora, luego el trío de los Alonso —Fernando, en primer lugar, pero también Alicia y Alberto— porque fueron los artífices de la tradición excepcional del ballet en Cuba, y, además, otras muchas figuras que inscribieron a la institución en la historia de la cultura nacional.

Pero, olvido imperdonable para quienes siguen a esta compañía, obvia mencionarse a sí misma, quien, a las cinco décadas cumplidas del ballet camagüeyano, es ya la directora que más años lleva al frente, más de 20 de fecunda labor a pesar de los éxodos, las dificultades económicas, el fatalismo geográfico y hasta la injustificada falta de reconocimiento en ocasiones.

Porque a diferencia de la mayoría de los artistas, Regina no anhela las mieles del triunfo individual, una sencillez y modestia naturales la han llevado a disfrutar dándose a sí misma, y casi todos los diplomas de su éxito no llevan su nombre estampado, sino el del Ballet de Camagüey.