Débilmente vinculada a los problemas nacionales, el siglo XX abrió para la academia cubana un ciclo indagatorio sobre su autenticidad. La modernidad que con sello norteamericano implicó la reproducción mimética de los métodos de la libre enseñanza y la fiebre tecnológica vivida por entonces; contrario a sus propósitos, terminó desatando una politización creciente que configuró durante décadas el nutriente intelectual y la transgresión de los moldes políticos dominantes.


De frente al mar y elevada sobre la ciudad, el Alma Mater acoge cada año en La Colina a cientos de estudiantes.
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La hornada de 1920 —de la que tanto se habla— no solo instituyó un golpe a la escolástica o a la organización de la gobernanza docente. Inverso al abordaje tradicional, su aporte más valioso consistió en hacer emerger un núcleo decisivo de resistencia cultural. Impactando de manera sensible en los imaginarios colectivos, la universidad se constituyó en un espacio de producción de significados, crítica participativa y movilización hacia los asuntos públicos del cual nunca más se pudo prescindir.

El gesto cívico de aquella juventud que pretendió alcanzar mucho más que el propósito regenerativo del ambiente, demostró la necesidad de una sacudida telúrica. Escapando de la abstracción, la visión de país se profundizó desde los razonamientos hacia los entornos y el cuestionamiento permanente de los lugares comunes en que habitaba “la verdad”.    

En Cuba la vocación social universitaria se delimitó paralelamente a la construcción de lo “nacional”. Sin embargo, lo segundo demoró casi un siglo en alcanzarse. Solo el triunfo revolucionario de 1959 y la Reforma promulgada tres años después pudo hacer viable la marcha conjunta de ambas nociones.

En el centro de esa aspiración, institucionalizar el poder exigió elaboraciones simbólicas no capitalistas; capaces, en primera instancia, de quebrantar la proposición neocolonial y en paralelo acelerar el autoreconocimiento de la complejidad que implica en sí mismo el subdesarrollo. El modelo procuró ir más allá del avalamiento técnico, la adquisición de habilidades o el intercambio científico. Aspiró a proyectar un conjunto de significaciones originales, que auxiliaran los valores, las prácticas empleadas para vivir, las creencias y posiciones ante la realidad.

La ampliación de la red institucional y la universalización de los estudios superiores aceleraron la movilidad social a partir de los sesenta. Como en otros terrenos las transformaciones barrieron con los imposibles. En su totalidad, aquella radicalización quiso impulsar un replanteamiento de las relaciones y formas de integración de los actores sociales. Teniendo como aspecto común la democratización de los saberes se ensayó compactar los sueños colectivos y las posibilidades reales de la gente joven para protagonizar el desarrollo del país.

Trazar las perspectivas sobre plataformas duraderas selló compromisos de clase, fruto de constantes contradicciones. Una cultura política distintiva que, sin dejar de reconocer las insuficiencias cotidianas como fundamento de la producción teórica, evitó el determinismo económico y la contabilidad en los asuntos docentes. Identificada con una profundización teórica de sus lineamientos, con inmediatez replanteó también el conflicto de la “transición socialista” o la “transición al socialismo”. 

La circunstancialidad clarificó los peligros, en las décadas que transcurren hasta los noventa, de emular con el capitalismo. Multiplicada en todo el país, la universidad mantuvo una función esencial de examen sobre la sociedad y el esbozo de propuestas ante sus conflictos. Cabe señalar que la crisis inducida de las ciencias sociales en el período impidió que esta relación funcionara con mayor naturalidad y preeminencia.

Organizaciones tradicionales como la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) o las que vinieron después, capitalizaron las voluntades mayoritarias. Mas esa acumulación en primera instancia ideológica, tuvo ante todo que renunciar a los procederes raídos y la simplicidad en el razonamiento con las masas. Ejemplo de ello fueron los constantes enfrentamientos ideológicos entre fracciones de diverso signo político, los roces entre el movimiento estudiantil y la estructuración de la Asociación de Jóvenes Rebeldes, antecesora de la Unión de Jóvenes Comunistas, etc. Lo cierto es que la actividad revolucionaria que en su curso terminó transformando a los actores, expresó condicionamientos, dominaciones e intentos permanentes por establecer hegemonías.

Cimentar las confianzas solicitó engrasar las plataformas políticas, someterlas a debate. Crecer  en un ejercicio crítico capaz de trascender las fronteras de lo orgánico o del diseño del funcionamiento. Vorágine que identificó y confirmó a un liderazgo que encontró claves para comunicar, hacerse creíble y entusiasmar.  

Sobre aquellas ideas es necesario retornar. No es posible —o al menos no es correcto— intentarlo omitiendo, cercenando o retrotrayéndonos solamente a lógicas que nos parecen amables porque no se proponen traspasar el umbral que hemos establecido “inconscientemente” como el aceptado. Ante el ejercicio de revisitar, resultan peligrosos los voluntarismos y las cegueras. Saber llegar al corazón sin herirlo —dijo un Moderno— es fundamental. Correa de transmisión, las polémicas iniciales son importantísimas, entre otras cosas porque siempre asombra su capacidad de reemerger.

Por estos días parecen intensos los debates estudiantiles. La prensa plana y las plataformas digitales amplifican los análisis que motiva el llamamiento al noveno congreso de la FEU. Conjugado con un instante de “perfeccionamiento” en la educación superior y ante el replanteo de categorías del socialismo en Cuba, no deja de ser atractivo instigar a una suerte de profundización en algunos de los presupuestos que pueden transversalizar esta discusión.

Lo primero, en mi criterio, sería regresar con marcada urgencia a la consideración originaria en torno a la universidad; partir de la composición popular que por su principio de amplio acceso le ha de conferir un diálogo con los problemas de la gente humilde que esencialmente conforman las bases sociales de un proyecto como el nuestro. Retomar el concepto guevariano de la Reforma, donde la academia, separada del pueblo y sus necesidades, solo puede cobijar a la reacción y a los conocimientos de cátedra que no contribuyen a nada más que no sea el extrañamiento ante la situación y la crítica displicente e incapacitada para actuar. 

Hay que superar la orientación empresarial y las tasaciones que aproximan a la educación hacia un entorno exclusivo de gestión. Contrario a lo que no pocos piensan en el presente, la universidad no es una instancia de administración. Sus objetivos se corresponden más con los horizontes espirituales de la Nación que con el sistema de ingreso económico de la que esta también depende. Claro está que no son dinámicas excluyentes, mas extraviar las determinantes conceptuales nos coloca en el centro mismo de un laberinto de negaciones por el cual ya vagan no pocos sistemas públicos en la actualidad. 

Responsabilizada con la preservación y la reproducción creativa de los valores, ante todo culturales; en el estudio de sus procesos y en el establecimiento de los complejos que ellos producen, es preciso ir más allá de lo pragmático, devolverle su imprescindible carga humanista y social. Adjudicarse este encargo implica además recuperar la capacidad objetiva de los currículos, proveer un pensamiento que logre estar por encima de sus condiciones y ataque la médula de todo cuanto favorezca la conservatización de la vida nacional.


 

Un lenguaje contaminado transfiere el asentamiento de concepciones visiblemente neoliberales. Bajo la supuesta “adaptación” del proceso de internacionalización, se articulan reflexiones que están limitando lo propio. Términos como resultados de aprendizaje; acumulación de créditos; calidad; excelencia y acreditación; irrumpen en el glosario común de profesores y directivos importados del mundo empresarial.

De forma acelerada los contenidos y enfoques humanistas se colocan en desventaja. Vocablos como competitividad, rentabilidad, auditoría o depósito de materiales, coadyuvan morbosamente a entender a los estudiantes como “productos”; a la vez que se generaliza un comportamiento insistente hacia la planificación excesiva de los tiempos en que tiene lugar la docencia.

Se agolpa una invitación que desde el supuesto de las inminentes necesidades económicas, condiciona renunciar a la producción de sentidos críticos y compromete futuros compromisos ciudadanos, así como las posibilidades reales de penetrar las circunstancias sociales por parte de los egresados. Con una pérdida acelerada de su magnetismo, quedan implícitos problemas que están desafiando a la universidad, en su intento de integración de voluntades, responsabilidades y establecimientos de consensos.

La dispersión con la que se formulan las proposiciones ideológicas, el desgaste, adjunto al sostén tradicional que termina definiendo a sus actores, colocan un notabilísimo foco de atención. Expuesta a la exacerbación de los proyectos individuales, impensadamente estamos jerarquizando patrones de éxito que se distancian de las posibilidades reales del país y de los alcances socialistas.  Fundamento de la concepción cubana, es decisivo redimir una enseñanza superior en vínculo estrecho con la producción, pero también, y de manera insustituible, con la práctica social.   

La clase dominante crea su propia cultura y por consiguiente su propio ideal universitario, ubicado en el eje de esa pretensión. Es un absurdo construir ese aparato de espalda a los intereses y necesidades de ese propio grupo social. Es importante recordar que “el estilo es la clase, y no solo  en el arte, sino y sobre todo en política.” 

Tomar conciencia de la situación difícil por la que se atraviesa, es por sí mismo un hecho cultural. Como en otras cuestiones, ligerezas e imitaciones pueden trascender perjudiciales. Objeto de lo público, hay que reintegrar el espíritu orgánico del intelectual de la Revolución a los recintos universitarios; restablecer su inconformidad con el mundo adyacente; alentar la polémica, convocada a superar todo cuanto estorba a la elaboración y alcance de nuestra utopía; acelerar una reconciliación con esa mayoritaria mitad del planeta a la que pertenecemos.

Decodificar la realidad precisa de instrumentales y saberes. Sin ellos escasamente alcanzaremos llegar a la semilla; a discernir el centro real en una multiplicidad creciente de problemas. Hemos de desenfocar los aspectos que nos entretienen pero que se alejan de lo que es verdaderamente importante, desestructuran la participación y reducen la amplificación ideológica que ha de suministrar la educación universitaria.

Ante los peligros, las generaciones logran crecer. Pienso que estas y otras ideas convendría colocarlas en el centro —o a la izquierda si lo prefieren algunos—  de los debates que por estos días desarrollamos estudiantes y docentes. La FEU continúa teniendo una proyección social invaluable y por ello no debe solo concretarse en aquello que por inmediato parece más significativo. Es forzoso que no confundamos las ideas con las cosas.   

El debate, que subyace camuflado, encierra la dificilísima paradoja de ser próspero sin dejar de ser. De establecer proyectos de autorrealización personal que no solo se conjuguen con aspiraciones de país, sino y por sobre todo, sean viables en medio de las dificultades reales y a su vez permitan gradualmente ir superándolas. Ello no es una incitación a mirar con luces cortas, sino por el contrario a un análisis realista que prevenga las potenciales frustraciones.

Mi corta experiencia juvenil me dice que es viable. Existen todavía capacidades asombrosas de mis cogeneracionales para  establecer  estos y otros análisis; más ellas se resisten al formalismo y al lenguaje vacío de propuestas deseables. Apostar por un debate que penetre solo algunas de las esferas y excluya el rumbo crítico hacia otras, lejos de incomunicar puede concluir en una gangrena que quebrante la unidad.

O la universidad recupera un discurso anticapitalista y antimperialista, retoma la lucha contra todas las dominaciones, facilita nuevos consensos y se mantiene “pintada de pueblo”; o no podrá en el futuro asumirse como nacional. Lógicamente no hablo del discurso consignista, sino de situar todo su capital en función de fortalecer las esencias del socialismo, experimentar con sus categorías, investigar y operar en la formación ideológica de los profesionales que forma, haciendo prevalecer un razonamiento que coloque todo cuanto hacemos como algo superior a la simple distribución económica, pensamiento que en algunos circuitos comienza a batirse en abierta retirada.

Segregados, anidando el exclusivismo de nuestros perfiles, no alcanzaremos a visualizar lo social. Es importantísimo generar posibilidades de colaboraciones mutuas y relaciones no excluyentes. Educar el oído para la escucha receptiva, aun cuando la tesitura del mensaje pueda parecernos atronadora. En algunas oportunidades el silencio puede llegar a concentrar más violencia que cualquier encadenamiento de palabras.  

De frente al mar y elevada sobre la ciudad, el Alma Mater acoge cada año en La Colina a cientos de estudiantes. Centenaria, la matrona de brazos abiertos resguarda el tesoro que habita en la desobediencia. A su espalda el edificio rectoral inspirado en el Partenón, figura la llegada a la residencia de los jóvenes. Ochenta y ocho peldaños marcan la escalada de los futuros profesionales que llevan sobre sus espaldas los enteros desafíos y las expectativas que impulsan al país.

Subiendo y bajando la escalinata, peregrinamos a veces de forma inconsciente  frente al lugar donde combaten las cenizas de Mella. Negado a envejecer, sus ideas justifican, contradicen o dialogan en los complejos dominios de la construcción del socialismo cubano y nuestra imagen de la universidad. Otra vez los homenajes alejan la oportunidad de revolver el flujo de sus ideas.

En las presentes condiciones es ineludible reenfocar su propuesta y el carácter rebelde de la praxis revolucionaria que emplea para impulsarla. Tal vez entre sus textos que más me seducen, las ideas de octubre de 1924 recogidas en “Los falsos maestros y discípulos:

Recuerda, Juventud, que la Universidad es la fragua donde se hacen los luchadores de mañana. No claudiques ahora, que eres joven y que no has creado intereses. Lanza nuevamente tu grito de rebeldía vigorosa. Confunde a los traidores. Desprecia a los cobardes. Expulsa a los falsos Maestros. No permitas la entrada de los que te engañaron durante varios años. Toma el látigo de Cristo y arroja a los mercaderes del Templo de la Enseñanza: la verdadera religión de los hombres nuevos.

Rebélate ante los traidores y ante los amos. Pide Maestros jóvenes de alma que te enseñen la nueva verdad de la época. Envía los fósiles a los museos. Juventud universitaria, en tus manos está el porvenir de tu casa y de la República. ¿Sabrás ser digna de tu misión? Yo creo que sí...