En las grandezas de la patria y sus hijos,
no es mentira que se siente crecer el corazón.

José Martí

 

Introducción necesaria

Hay libros que, de acuerdo a su tamaño, están hechos en un formato standard para que nos acompañen durante el devenir cotidiano de cada jornada y así poder echarles un vistazo en cualquier momento donde quiera que estemos. Sin embargo, otros son presentados al estilo de las viejas y grandes enciclopedias cuya lectura, tiene que ser inevitablemente, en el entorno escogido para su resguardo debido al volumen y el peso de la edición. Tal es el caso del libro “La canción en Cuba a cinco voces” de Ediciones Ojalá 2017, importante documento histórico que asume la relevancia no por ser un libro más de gran tamaño y peso como tantos otros, sino que, por el inestimable valor de su contenido, debe de ser avalado como las dimensiones de un gran diamante en bruto. Si desde la cubierta externa, se nos sugiere que el acento estético de dicha publicación está lo suficientemente identificado con la elegancia y sobriedad que distingue a la fotografía de la escultura “El tres” de Eduardo Roca (Choco), Premio Nacional de Artes Plásticas 2017, al hojearlo no puedo dejar de imaginarme que, debido al magnifico desempeño del diseñador Ernesto Niebla, se ha estructurado bajo los parámetros propios para la producción de una multimedia. Llegamos a dicha conclusión no solo por la enorme profusión de imágenes visuales aportadas de todo tipo, sino que, a los verdaderamente enamorados de estas canciones, se les aparece la opción de poder escuchar el sonido real de la música que comentan cada uno de los autores desde los matices de sus propias voces. Voltear cada página del libro “La canción en Cuba a cinco voces”, implica el inesperado encuentro con una magia donde el intento de sorprendernos se convierte en la media de esta obra inédita en el paisaje de publicaciones cubanas similares.

 libro La canción en Cuba a cinco voces
“La canción en Cuba a cinco voces” asume la relevancia no por ser un libro más de gran
tamaño y peso, sino, por el inestimable valor de su contenido. Foto: Cortesía del autor

 

Hay verdades cuya reiteración las ha convertido en conceptos universales que aceptamos como válidos. Nos referimos específicamente a la tesis de que las tres vertientes más importantes de la música popular en el mundo son la música norteamericana, la música brasileña y por supuesto la música cubana. En tal sentido, por el respeto que significa semejante clasificación, para la realización del libro en cuestión se ha requerido de un desbordante volumen de información relativa a la vida, obra y el entorno histórico de los músicos enfocados en cada etapa tratada además de ser portador de un exigente rigor teórico en los análisis expuestos, hecho que hubiera sido francamente imposible de llevar al lujo de detalles alcanzado si se concebía como la obra escrita a cargo de una sola persona.


Presentación del Libro en Casa de las Américas. Foto: Tomada de Cubarte

 

Precisamente, por la coherente compartimentación de esta abarcadora investigación a cargo de Dulcila Cañizares, Marta Valdés, Guillermo Rodríguez Rivera, Margarita Mateo y Joaquín Borges Triana, es que cada uno de ellos ha podido profundizar en sus respectivos capítulos y concretar en su conjunto un libro ameno, de sugerente lectura, para nada identificado con un lenguaje almidonado, alejado del receptor natural al que va dirigido: el pueblo cubano. Por supuesto, el destinatario principal no puede ser otro que las cubanas y los cubanos porque más allá de constituir una obligada fuente de consulta en lo relativo a la génesis de la canción, se trata de un esmerado monumento bibliográfico de profundo aliento patriótico que tiene como objetivo final engrandecer nuestro orgullo ante la gloria de personalidades de la canción de nuestro país, independientemente de las épocas en que estas alcancen su esplendor. Aunque todas aparecen resguardas en nuestro corazón, agruparlas desde el decoro requerido con semejante sensibilidad enaltece nuestro sentido de pertenencia a la nación cubana.

Como “La canción en Cuba a cinco voces” constituye un libro bien difícil de poder ser leído de toda una vez, por tal razón nos aproximaremos someramente al contenido de cada capítulo, pero con la intención de develar el encanto de una maravilla de la cultura cubana plasmada en este libro editado por María Elena Vinueza y Carmen Souto bajo el cuidado de Silvio Rodríguez.

Nuestra trova tradicional

Dulcila Cañizares (1936)


Dulcila Cañizares, investigadora de la música cubana

 

Desde que iniciamos la lectura de este primer capítulo a cargo de la prestigiosa investigadora Dulcila Cañizares, nos percatamos que no estamos ante el acostumbrado recorrido por la atmósfera que envuelve los comienzos de la canción cubana. A través del amor que derrama el dulce timbre de la voz de Dulcila, incluso con el cuidado de no subir demasiado el tono para evitar que se quiebre la sutil delicadeza que une a los elementos de su exposición, tenemos la certeza que se nos ha invitado a visitar un pabellón sagrado de la patria, donde por el respeto a las personalidades que nos acompañan, guardamos emotivo silencio. La oportuna selección de fragmentos de Alejo Carpentier sobre Ignacio Cervantes y Manuel Saumell nos confirma la responsabilidad asumida por ambos compositores en el proceso de constituir los elementos de una incipiente nacionalidad en la música al mismo tiempo que una excelente fotografía de Cervantes, conmueve las inspiradas fibras del ser cubano. Estamos atentos a la escucha de una banda sonora que disfrutamos al rememorar las contradanzas de Saumell y de Cervantes interpretadas por el maestro Frank Fernández, musicalización que continua con toda esta preciosa herencia de canciones que se resisten a desaparecer tras el paso del tiempo como es el caso de “La Bayamesa” de José Fornaris, Francisco Castillo y Carlos Manuel de Céspedes, clásico que en opinión de Dulcila representa el mayor ejemplo de canciones patrióticas cubanas concebidas bajo la influencia de La Marsellesa.

Fotografías de las guitarras que pertenecieron a iconos de la tradición trovadoresca como Sindo Garay, Rosendo Ruiz, Alberto Villalón y Manuel Corona, evocan hermosas canciones que, agolpadas en la memoria, hacen que sintamos un reconfortante regocijo por el reconocimiento de artistas exclusivos de nuestro patrimonio, verdaderas leyendas de la canción que ocupan por derecho propio un lugar privilegiado en la historia, gracias a la creatividad del talento que los distingue. Ninguno de ellos pudo imaginarse que, al cabo de tanto tiempo, llegarían a recibir el tratamiento de respeto y de admiración como el que se transpira, particularmente en este capítulo. Es en este momento que uno se percata que las grandes dimensiones del libro es una señal que responde a la voluntad de legitimar nuestras glorias musicales. No es lo mismo que sus fotos aparezcan como es habitual en este tipo de publicaciones, en las últimas páginas de un libro, en pequeño formato a blanco y negro, pero como sacadas de archivos maltratados por el tiempo. Aquí no solo la selección de un formato mucho mayor para las fotos, sino que en su mayoría están a color, evidencian el deseo expreso de incrementar el prestigio de tan relevantes músicos. Entre tanta satisfacción espiritual garantizada, no dejamos de agradecerle a Dulcila toda la información volcada en el capítulo como cuando se recibe en el enriquecedor segmento dedicado a la aparición del bolero con la presencia de Pepe Sánchez, figura cimera o los diferentes acercamientos que revelan las intimidades de la vida y obra de tantos trovadores de antaño como es el caso del mas genial de ellos, Sindo Garay, quien no sabía de música para asombro de todos; vibramos de emoción ante el hecho de compartir los datos en torno a la férrea voluntad de Manuel Corona por no dejar de ser trovador a pesar de la miseria y el hambre que sufrió o la anécdota sobre la increíble muerte de Patricio Ballagas, veterano del Ejército Mambí, quien interpretando su canción “Te vi como las flores”, quedó abrazado a la guitarra. Había muerto. En cuanto a las imágenes, el desfile de fotografías inéditas o muy poco vistas con anterioridad de estos personajes, contribuyen a la recreación de una fantasía que nos acercan lo más humanamente posible a ellos y a su época como sucede con la foto donde Lorenzo Hierrezuelo canta con su guitarra a Longina O´Farril, una milagrosa oportunidad para descubrir como era la musa de la conocida canción de Corona que lleva su nombre; la tristeza de no haber podido visitar al café Vista Alegre, un lugar muy frecuentado por los trovadores de entonces, que por las fotos mostradas nos lo ubican en la céntrica intersección de San Lázaro y Belascoain o la imagen detenida en el tiempo del famoso Trio Matamoros en la Bodeguita del Medio.

Tres décadas de la canción. 1930-1960

Marta Valdés (1934)


Se destaca la impronta de Marta Valdés en la cancionística cubana

 

Si el capítulo anterior estaba dedicado a rememorar la música de los abuelos, ahora toca el turno a aquellas canciones con la cuales crecieron nuestros padres. Aquí el tono de la narración protagonizada por una indiscutible figura del grupo del feeling como Marta Valdés, continua acogedor, pero mucho más suelto, pues se habla acerca de reconocidas personalidades cuya música ha atravesado el gusto de generaciones hasta instalarse en la cima del podio de lo eterno. Si nos guiáramos por el rango de los compositores e intérpretes de los que se habla en este pasaje del libro, evidentemente llegamos a la conclusión que nos referimos a un legado trascendental para el gusto musical del cubano. No hay forma más eficaz para abordar la esencia de este capítulo como el de imaginar a nuestra invitada en una cabina de radio para que entre la lectura de los parlamentos de su narración, presente las canciones comentadas, piezas sencillamente fabulosas. Nombres de hitos de la canción que, por su valor intrínseco, pesan tanto como este libro, están al nivel de Bola de Nieve, Esther Borja, Cesar Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Vicentico Valdés, Adolfo Guzmán, Elena Burke y Benny Moré, entre tantos otros, además del de la propia Marta, aparecen relacionados con hermosas piezas marcadas por el don de una vigencia incuestionable. Los títulos de “Oh vida”, “Los aretes de la luna”, “Damisela encantadora”, “Si me pudieras querer”, “Contigo en la distancia”, “No puedo ser feliz”, “Novia mía” o “En la imaginación”, resultarían razones más que suficientes para argumentar porque Cuba figura entre el selecto trio de los países que producen la mejor música popular en el mundo.

Este periodo analizado por Marta Valdés, recoge el momento donde la moda era ver quien escribía el texto más poético y la melodía más encantadora en un intento superar las propuestas de los demás y por eso asistimos a un inusual derroche de talento y de buen gusto. No es casual que Marta habla acerca del cienfueguero Marcelino Guerra quien le pusiera la música a la letra de Bienvenido Julián Gutiérrez y dar así lugar al nacimiento del hermoso bolero-son “Convergencia”, tema muy popular en los años 80 por el dúo de Pablo Milanés y Miguelito Cuní. Igualmente es el momento donde la relación entre los músicos y las nuevas emisoras de radio, se va consolidando por los mutuos beneficios en ambas direcciones. Aquí se toca el papel de La Corte Suprema del Arte, programa de la CMQ encaminado a la búsqueda de nuevos talentos, de los cuales no pocos llegaron a una fama perdurable en el tiempo. Pero esta referencia se complementa cuando el diseñador Niebla presenta la fotografía de un anuncio del popular programa en su voluntad de que toquemos la historia con nuestros ojos. De ahí que cada capítulo de “La canción en Cuba a cinco voces”, diste mucho de ser una fría visita a este museo bibliográfico del género, pues la cálida emoción no deja de acompañarnos durante este viaje, bien por la sabiduría implícita en el conocimiento de la materia que nos imparte cada autor, por las canciones que han hecho nido en nuestra imaginación de nada más ver sus nombres y por la estrategia de colmar el discurso teórico con imágenes tanto de partituras de obras imprescindibles además de sus letras así como de otros objetos que nos ubican en tiempo y espacio como los viejos micrófonos como el famoso 44, recortes de periódicos o portadas de discos entre otros tantos detalles visuales. Pero en esta capacidad para narrar la historia como un cuento, nos atrapa como que dé paso, el origen de conceptos que todavía hoy en día utilizamos en el dialogo cotidiano. Tal es el caso que durante los años 50 hay programas radiales que comienzan a apoyarse en las grabaciones de canciones que traen los discos. En tal sentido, los dueños de las casas discográficas son quienes comienzan a clasificar a los cantantes entre los que gustan y los que no o entre los que venden mucho y los que no venden del mismo modo que estos pueden tener un repertorio de música comercial o no, valoraciones de plena vigencia en nuestros días.

En conclusión, en el capítulo “Tres décadas de la canción” a cargo de Marta Valdés, nos regodeamos con la historia de tantas personalidades significativas, dueñas de piezas inmortales, que realmente, esta visita constituye una verdadera fiesta de la imaginación.

La fiesta cubana. 1959/1972                                   

Guillermo Rodríguez Rivera (1943-2017)


Guillermo Rodríguez nos entregó una herramienta imprescindible para
la mejor  comprensión del movimiento de la cultura en nuestro país

 

Aquí ya el dialogo con nosotros puede ser todavía mucho más abierto, toda vez que se trata de una historia relativamente lejana, pero con ramificaciones que permanecen intactas entre las múltiples manifestaciones culturales de esa época. Gracias a la acogedora familiaridad alcanzada por nuestro interlocutor en “Escriba y Lea”, gustado programa de la Televisión cubana, en donde Guillermo tenía un espacio para comentar sobre poesía y poetas, muchos lo recordamos con ese hablar pausado, sobrio y en particular por sus características pausas, una especie de tiempo pedido para preparar con la intensidad debida, el alcance de su verbo franco y directo. Él es quien decide entregarnos una herramienta imprescindible para la mejor comprensión del movimiento de la cultura en nuestro país durante esos años cuando afirma: “A pesar de la fulminante victoria revolucionaria de Playa Girón, el asedio a Cuba no cesa en los años que siguen, y el país sintió la necesidad de protegerse militar e ideológicamente. Se produjo una suerte de atrincheramiento en los valores nacionales que rechazó contactos con influencias foráneas que quisieran o pudieran contaminar y corromper nuestra identidad y nuestra visión revolucionaria”. Son los momentos en que músicos como Carlos Puebla y de Eduardo Saborit cantan al acontecimiento histórico que constituye el triunfo de la Revolución mientras que la gente del feeling se apropian de los centros nocturnos capitalinos, Bola de Nieve llena la sala del Teatro Amadeo Roldán y Benny Moré no deja de expresar su contentura por haberse quedado en Cuba para cantarle al pueblo que lo idolatra como un hijo. Pero a la vez, se hizo sentir la persistente exaltación de un percusionista como Pello, el Afrokan cuyo ritmo mozambique se pretendía enfrentar al fenómeno musical de Los Beatles, situación que desde la ingenuidad de mis quince años, no comprendía y por eso mi decisión y la de mis amigos de no perdernos en la búsqueda de un aliento distinto en los conciertos de la Orquesta Cubana de Música Moderna, institución musical de la cual posteriormente se desprendería una parte de ella  para la formación del grupo Irakere con Chucho Valdés al frente. Pero es que también nuestra admiración de entonces tanto por los iniciadores de la Nueva Trova como por el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC bajo la dirección del maestro Leo Brouwer, afinidad desprovista de toda capacidad profesional de un análisis crítico, conocimientos que me llegarían años después, es explicada coherentemente por las razones que aporta Guillermo acerca del movimiento más importante de la canción cubana. No obstante, Margarita Mateo dedica un capítulo entero a la historia y consecuencias de esta manifestación musical para la cultura de nuestro país.