La cita, puesta en escena de humor teatralísimo bajo la dirección de Osvaldo Doimeadiós —nuestro actor más versátil, capaz de compartir siempre a nivel prominente el drama y la risa— está en cartel a partir de un texto de su hija Andrea Doimeadiós —actriz dramática de Teatro El Público, luego humorística en breves apariciones y ahora dramaturga: de tal palo, tal astilla—. Actuada por Andrea y Venecia Feria —una multipremiada actriz humorística holguinera, que ha sido miembro del Teatro Trébol y de Etcétera—, este montaje ha traído un aire fresco al humorismo escénico con protagonismo de mujeres y una perspectiva de indagación a fondo en la multiplicidad de sentidos de las palabras, para articular un discurso inteligente que apunta a muchos blancos, mientras mantiene a los espectadores atrapados por una hora.


En los siete cuadros que estructuran la acción, Andrea y Venecia se juntan en complicidades y contrapunteos. Fotos: Abel Carmenate.


El título mismo propone un juego interminable de asociación de significados, porque si bien la escena que abre, con espera afanosa y equívoca incluida, es una suerte de cita accidental entre dos actrices que pugnan por un papel para una obra, desde el primer cruce de diálogos nos daremos cuenta de que además la cita, el pastiche y el vertiginoso cruce de referencias, sacadas de las más rebuscadas fuentes, son la clave de todo lo que veremos. Las dos “artistas” que se miden sin recato en el primer cuadro transitan de la intención velada al duelo abierto; cada una esgrime en su defensa una verborrea que cita y requetecita términos técnicos sacados de contextos teatrales desde los griegos hasta acá, aplicados quién sabe cómo en contextos mediocres, y aquí hiperbolizados hasta el delirio.

En los siete cuadros que estructuran la acción fragmentada de La cita, Andrea y Venecia se juntan en complicidades y contrapunteos, o alternan en el espacio escénico en juego de trasposiciones. Los cambios transcurren al fondo, siempre a la vista del público. El teatro es así perspectiva permanente, instancia trabajada a plena conciencia, para abrir su trastienda y develar sus artificios ante los espectadores.

El espacio escénico se define por dos bancos que recrean en pequeña escala los marmóreos del Paseo del Prado, junto con uno de los emblemáticos leones y un trozo de la senda central que lo adorna en colorido terrazo. Con sobriedad, Guillermo Ramírez Malberti reelabora un fragmento de ese popularísimo sitio de La Habana en el cual, a lo largo de quinientos metros entre Neptuno y Malecón, transitan bajo los álamos cubanos de todas las edades y estratos. Y es también el escenario que hace un año ocupó la mundializada y polémica pasarela del desfile de modas de la casa Chanel —curiosamente, hoy ya una lejana historia—, un pasaje que en los cambios las actrices rememoran en sutil desfile que cita movimientos y poses, a lo que contribuye el artificioso vestuario de Celia Ledón, con intenciones alegóricas a veces, y siempre con ingenio al refuncionalizar objetos y materiales ajenos a la escena para diseñar atrevidos y dúctiles atuendos. Como suerte de barrera con el camerino a la vista, hay una percha rodante cargada de ropa que marca el límite entre la ficción explícita y el terreno híbrido del segundo plano, donde el filo de la teatralidad al uso y la vida cotidiana representada se articulan, a tono con el permanente juego de enlaces entre planos y perspectivas que domina esta experiencia escénica.

En su escritura, Andrea hereda del estilo humorístico de su padre la agudeza en los juegos de palabras, el poder asociativo de fonemas que hacen transitar la ilación del verbo de un mundo a otro, y cambiar el sentido a otra dimensión lógica —o absurda—, plenos de gracia y sustentados en la amplitud de la referencialidad cultural, que fusiona normas diversas del lenguaje y le permite construir al vuelo situaciones típicas y poco comunes que resultan en comedia y farsa.


La cita continuará en cartelera durante todo el mes de mayo, en el Café Teatro del Centro Cultural Bertolt Brecht.


El escalpelo de la risa que sostiene la trama apunta a muchos objetivos de la realidad nacional y universal con incuestionable tono humanista y a la vez de escarnio productivo: el oficio del teatro y sus vicios; el arte y la cultura cubanos en extenso, con personajes reales y ficticios, títulos de obras, figuras emblemáticas y frases de estribillos de la música popular en prodigiosa amalgama; veleidades de la política en esta época —con sus consignas y las posturas ambivalentes que genera. También afloran los estereotipos de belleza y las artimañas para vencer el tiempo o la fealdad; vicios humanos de todos los tiempos; la historia del cine con varios de sus iconos y los resortes del melodrama en el gusto popular; el erotismo cotidiano tras los juegos entre la moral establecida como dogma y los estallidos del deseo, y el impacto de las comunicaciones en la vida cotidiana, el comportamiento y el lenguaje de hoy día. Así se fustigan las miradas estereotipadas y prejuicios sexistas y racistas. Todo mezclado desde una cuerda inequívocamente vernácula, y cada elemento, elegido como detonante de esa poderosa arma que es la risa, antídoto eficaz contra los vicios individuales y colectivos, medicina para el espíritu y contra los infortunios, y estimulante del intelecto.

Andrea y Venecia se mueven como pez en el agua por la escena, que a menudo rompe la cuarta pared, y trasmiten la complicidad ganada en el proceso. Brillan juntas en los cuadros que abren, median y cierran la saga: como las actrices rivales, Venecia ingenua e infeliz, desde una pobre suerte que se revela desde su propia aparición como buscavidas cotidiana, y Andrea zafia en el arte de manejar los hilos extra artísticos para afirmarse en su arte; del mismo modo cuando son las primas aristocráticas de la Cuba colonial, falsas santurronas que destapan la hipocresía moral del sistema, y como las dos estudiantes que encabezan un acto juvenil masivo de ahora mismo, en el que el ámbito de contradicciones revela signos de un estado de crisis. Inolvidable el pasaje de Venecia como la fea “reparada”, un soliloquio en el que la actriz derrocha gracia y dotes de observación y síntesis en los modos del habla y los tics, tomados de seres de la pura realidad. E impactante el estallido de Andrea cuando la falsa devota —demasiado comedida a mi juicio— sale del closet y devela su verdadero yo.

Estrenada el martes 4 de abril, La cita ocupa la programación alternativa del Café Teatro del Centro Cultural Bertolt Brecht de martes a jueves, y seguirá en cartel hasta el 25 de mayo. La afluencia masiva de espectadores y su favorable reacción, han hecho que se extienda la temporada inicial, y aporta a la programación teatral un preciado y escaso ingrediente. No espere a última hora para disfrutar de una cita con el buen humor en el teatro.