No soy comentarista de temas internacionales, mucho menos relacionados con el complejo mundo de la ciencia política; sin embargo, hay momentos de la historia en que cualquiera, con un poco de Historia leída y un mínimo de información cruzada de diversas fuentes, puede reconocer un punto crítico esencial que, de convertirse en ruptura, conducirá a un retroceso histórico. Hoy el punto crítico es la situación en Venezuela, la ruptura que se intenta está dirigida a la caída de su gobierno legítimo, y el retroceso histórico, si se consuman los hechos, tiene que ver con la restauración del capitalismo dependiente no solo en ese país, sino quizás en otros que habían logrado avances en las políticas de inclusión social en el continente.

El Dr. Alí Rodríguez Araque, embajador de la República Bolivariana de Venezuela en Cuba, ha afirmado que “la primera víctima de una guerra es la verdad”, y los continuados e intensos ataques orquestados contra su país en estos últimos días en el terreno económico, financiero, social, mediático, diplomático y político, así como el poco margen a cualquier oportunidad de opción pacífica y solución de los conflictos por el diálogo, hacen pensar que hay demasiada premura en la oligarquía venezolana y en los “tanques pensantes” de Washington que elaboran su estrategia política para América Latina, en acelerar una caída del gobierno elegido en las urnas.


 

La avalancha mediática contra Venezuela pareciera anunciar la proximidad de una guerra, como ha sucedido tantas veces en la Historia, especialmente por la aplicación de procedimientos muy similares en la crisis terminal de la modernidad: el falso incidente del golfo de Tonkín el 2 de agosto de 1964 expuesto públicamente por el presidente Lyndon B. Johnson, quien anunció que el destructor USS Maddox había sido atacado por tres lanchas torpederas de Vietnam del Norte ―información desclasificada posteriormente demostró que tal ataque nunca había existido y fue el pretexto para iniciar la contienda―, y las falacias esgrimidas por el presidente George Bush para atacar a Iraq el 20 de marzo de 2003 y derrocar al presidente Sadam Husein ―Bush aseguraba que Husein almacenaba armas químicas de destrucción masiva que no han sido halladas jamás―, demuestran que se han usado coartadas cínicas para iniciar guerras de enormes proporciones y millones de muertos.

Más recientemente la estrategia implementada para derrocar al presidente de Ucrania, se parece mucho a la que ahora alienta la oposición en Venezuela, no solo por la violencia generada, sus métodos de lucha y hasta el enmascaramiento de los jóvenes utilizados para generar el caos en las calles ―por cierto, solo en 17 de los 335 municipios del país―, sino por las posiciones extremas de sus líderes, que exigen a toda costa, y cueste lo que cueste, “un cambio de régimen”; una obstinación que no tuvo en cuenta la ruta propuesta para abrir la posibilidad de diálogo entre gobierno y oposición con el acompañamiento internacional de organismos como Unasur y de expresidentes como el español José Luis Rodríguez Zapatero, el dominicano Leonel Fernández y el panameño Martín Torrijos, además de un representante del papa Francisco.

Desde el punto de vista económico, la crisis estalló cuando el entonces presidente norteamericano Barak Obama autorizó la extracción de reservas petroleras, junto a otras acciones más de ese país, el mayor consumidor e importador de petróleo en el planeta. En 2016 hubo un abrupto descenso de los precios del barril de crudo, de unos 70 USD hasta 27 USD; hace algunos años se mantuvo alrededor de los 100 USD y hoy oscila, tras muchas negociaciones en la OPEP, en unos 40 USD. El Estado venezolano, cuyo papel en la distribución de los ingresos nacionales es esencial, se acostumbró a planificar su economía, con altísima dependencia de las importaciones ―especialmente de alimentos, pues cuesta más importar algunos de ellos que producirlos en el país―, sobre la base de ingresos petroleros, el corazón de su economía, calculados a unos 50 USD el barril. El déficit actual desequilibra todo, y cuando se continúan importando productos, a la inflación se añaden el acaparamiento y la especulación.

La situación crítica económica allana el camino a cualquier agresión: bastan trabas en organismos financieros o cualquier deficiencia interna en materia económica, para que el esquema se potencie y genere dificultades que en situación normal podrían paliarse; si en esta coyuntura varios de los principales medios de comunicación enemigos del gobierno bolivariano difunden permanentemente noticias falsas para confundir al pueblo y en especial a un sector rentista generador de matrices de opinión, queda una vía expedita para que desde el exterior se organice lo ocurrido en la OEA, poder aplicar su extemporánea carta, y a la larga, intentar lograr una intervención “por razones humanitarias”: una farsa ridícula orquestada por un cipayo.

El presidente Nicolás Maduro enfrenta una avalancha de agresiones desde diferentes posiciones. Ha tenido ecuanimidad para lograr que las fuerzas del orden asuman una política defensiva y de contención, a pesar de los ciudadanos muertos y heridos, incluso quemados vivos por simpatizar con el chavismo. La riesgosa y audaz decisión de entregar el poder a una asamblea constituyente, procedimiento establecido en los artículos 347 y 348 de la Constitución de la República Bolivariana, demuestra el profundo deseo de gobernar con paz y en democracia, y que el mandatario no teme someterse al voto popular para gobernar con asambleístas elegidos por sectores y territorios de la nación.


Aunque Maduro enfrenta una avalancha de agresiones desde diferentes posiciones, ha tenido ecuanimidad
 para lograr que las fuerzas del orden asuman una política defensiva y de contención. Foto: Internet


La convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente resulta una vía legítima, pacífica y democrática para resolver la grave situación generada por la violencia; significa la máxima confianza en el pueblo, un camino para la construcción de un nuevo poder estatal que respalde las conquistas logradas y prosiga el avance de la inclusión social y la lucha contra la pobreza extrema, que nadie puede negarles a los años de poder revolucionario. Mientras se intenta aislar a Venezuela con una campaña mediática internacional y una operación externa de desestabilización que no solo incluye financiamiento, sino también entrenamiento para hacer más eficaces los ataques, el pueblo chavista habrá de mantenerse movilizado para enfrentar con inteligencia las provocaciones. La abstención de quienes pueden impedir la violencia es hoy no solo apoyo a la oligarquía, sino complicidad con los crímenes. No se trata ahora de encontrar sombras o imperfecciones, sino de identificar la importancia de la luz de la palabra y el pensamiento por encima de cualquier mancha.

En Honduras y Paraguay fueron expulsados sus presidentes, elegidos democráticamente, en complicidad con los legislativos de esos países de pequeñas economías; los respectivos ejecutivos no pudieron destruir la vieja maquinaria estatal que los devoró, y resultaron utilizados por los poderes del gran capital internacional encabezado por las transnacionales de Estados Unidos, para desalojar y eliminar a quienes podían perjudicar sus intereses. En el caso de Venezuela, se trata del ensayo en un país con significativo peso económico, especialmente estratégico, y con una sólida y larga historia combativa; pero la guerra se plantea entre un ejecutivo que lleva adelante la revolución y un legislativo mayormente compuesto por dinosaurios, servidor de la oligarquía, afianzado en anquilosadas estructuras de poder que impiden el avance de las fuerzas progresistas. Lo que se pretende con la Constituyente es cambiar el Estado y construir uno nuevo que consolide los logros del chavismo y potencie la participación popular.

La estrategia radical de “cambiar la vida”, como pedía Rimbaud, perdió el factor sorpresa con la Revolución cubana; aunque en Venezuela existe la voluntad de llevarla a cabo en paz y contando con la mayoría de los ciudadanos, persiste una resistencia oligárquica lógicamente temerosa, porque sabe que se verá obligada a ceder privilegios, y se ve apoyada por los mismos poderes que derrocaron a los presidentes de Honduras y Paraguay. La violencia y la sangre en una nación de esta zona significan una agresión a toda la gran patria latinoamericana y caribeña. ¿Acaso alguien puede negar que Venezuela sea una experiencia que se aspira a continuar con Cuba, Bolivia, Nicaragua o Ecuador? Las campanas doblan hoy por todos los pueblos de la América nuestra.