Este era un amigo mío, ya fallecido, que se llamaba Maracho. Él comenzó padeciendo impotencia sexual, y al verse limitado en ese terreno, fue a visitar a un médico, muy amigo de él —clínico, para ser más exacto. Comienza este médico a tratarlo por la impotencia, pero al ver que era imposible erradicarle el mal, le recomienda de forma muy jocosa —debido a la amistad que tenían— que lo iba a remitir a un ortopédico. Por supuesto, aquello le causó admiración a Maracho, ¿no? Y le pregunta: “¿Bueno, médico, pero cómo usted me va a mandar a un ortopédico si lo mío es para la impotencia sexual?”. Responde el médico entonces: “Fíjate, Maracho, de la única forma que tú resolverías tu problema sería enyesándote el equipo”.


Ilustración: Sigfredo Ariel

 

Pero, bueno, Maracho, por supuesto, no pudo resolver aquello. Y al verse tan necesitado se dirige a un amigo, llamado Cabilla, que vive en el exterior y estaba de visita en su barrio. Le pidió que le trajera una Viagra para darle solución a su problema. El amigo parte, y al cabo de un tiempo regresa nuevamente. Al encontrarse Maracho con él, lo acecha y le dice: “Bueno, Cabilla, ¿me trajiste la Viagra por fin?”. Pero Cabilla, al recordar que había olvidado la Viagra, le dice: “Sí, Maracho, la traigo aquí”. Y como Cabilla padecía de estreñimiento, lo que traía era Bisacodilo. Dice Maracho entonces: “Menos mal, Cabilla, porque tengo una pelea en el arroyo…”. El Bisacodilo —lo que le dio— es un supositorio para el estreñimiento. Lo engañó porque Maracho era un hombre de campo, de poco nivel: nunca en la vida había visto una Viagra, no tenía ni idea de lo que era eso. Y Cabilla, para salir del trance, le dice: “Maracho, mira, aquí me queda una”. Entonces le dio el Bisacodilo y Maracho le comentó: “Menos mal, Cabilla, porque tengo una pelea ahora en el arroyo, ahí, que no va a ser fácil”. Bueno. Le dice Cabilla: “Pero, fíjate, eso no puede ser así del todo; 25 o 30 minutos antes, te tomas la Viagrita esa, te das un traguito de ron o de vino, y vas a echar un combate que le va a roncar el mango…”. Pues bien, al otro día, o al otro, se encuentran de nuevo Cabilla y Maracho, y el primero le pregunta: “Bueno, Maracho, ¿qué?”. Y este le responde: “No me digas nada, Cabilla; la suerte es que la negra no fue, porque si va, la cago”.