Asumir la Cuba diversa: feminismos, reivindicaciones y comunicación inclusiva

Mariana Camejo
8/3/2021

¿Cómo entiendes el feminismo y cómo ha cambiado tu vida?

Yo entiendo el feminismo como un movimiento, como una ética de vida, como una actitud también, como un posicionamiento constante en defensa de la equidad de género, en defensa de la dignidad de las mayorías históricamente discriminadas y también de las minorías, de las comunidades.

Entiendo el feminismo como aquello que intenta cambiar el estado de cosas en aras de un equilibrio en términos de poder, de oportunidades, pero —pensando desde la concepción de un proyecto revolucionario cubano socialista— también de distribución de riquezas. Es así que, en ese empeño de dilapidar el sostén del sistema patriarcal, yo abogo por un feminismo donde no hay lugar para la exclusión, donde la lucha es de todes para que la liberación del sistema patriarcal sea real y no superficial; por tanto, donde se puedan respetar, acompañar y respaldar las reivindicaciones particulares de comunidades y grupos étnicos en reconocimiento de esa diversidad y de su legitimidad. Entonces reconozco los feminismos, en plural, creo que yo además soy ejemplo de esa diversidad porque soy una mujer musulmana que es orgullosamente feminista pero en Cuba también hay feminismos negros, feminismo radical, feminismo socialista, etc.

“Entiendo el feminismo como aquello que intenta cambiar el estado de cosas en aras de un equilibrio en términos de poder, de oportunidades, pero —pensando desde la concepción de un proyecto revolucionario cubano socialista— también de distribución de riquezas”. Imágenes: Internet
 

De ahí que ser feminista también es hacer, es trabajar desde nuestra capacidad de acción por eliminar las violencias machistas, por empoderar a las mujeres, por defender la inclusión y estar comprometida con ella.

¿Cómo ha cambiado mi vida? Es una pregunta muy oportuna, porque sin dudas cambia la vida de las personas. Yo llegué al feminismo haciéndome consciente primero de las violencias —de sus manifestaciones, sus efectos— y a partir del reconocimiento del carácter estructural y sistémico de las violencias machistas, en tanto están establecidas y aceptadas socialmente, están naturalizadas. Fue un cambio importante porque el feminismo otorga una capacidad de ver y pensar lo que sucede en el espacio público y en el espacio privado con un énfasis en la posición que históricamente le ha dado a la mujer el sistema patriarcal.

De ahí que cuando estamos ante un hecho de violencia donde la víctima es cercana a una o es una misma, una se percata de que aquello que parece un hecho aislado, individual, particular no es eso para nada sino todo lo contrario; más bien parte de un estatus quo que ha decidido por nosotras, donde debemos ubicarnos, cómo tenemos que responder, cómo tenemos incluso que vestir y que, a la postre, tiene a la mujer en un espacio de indefensión, la infantiliza de forma negativa y la anula como sujeto de derecho. Entonces un hecho de violencia machista en particular no es único en lo absoluto, está conectado con el imaginario colectivo, con la cultura, con el orden social, con el funcionamiento de instituciones, está relacionado también a la educación con la que crecemos y que luego fomentamos. El feminismo es como un lente que permite ver esas conexiones y descubrir que, en efecto, lo personal es político. Cuando se logra ver el entorno desde esa perspectiva, pues claro que cambia la vida. Y, cuando digo entorno, me refiero al contexto más inmediato y cercano, pero también al contexto global que nunca puede perderse de vista, porque las realidades no son aisladas.

Con el feminismo se entiende que la discriminación hacia las mujeres es una emergencia mundial, que tiene peculiaridades en dependencia del lugar, por supuesto, y de las particularidades contextuales, pero que aún así es un problema global que tiene sus raíces en el sistema patriarcal.

Ahora, me referí antes a la diversidad de las reivindicaciones, debo señalar también la libre determinación sobre nuestros cuerpos y formas de vida. En mi caso entiendo el feminismo también como la libertad de que cada una encarne su propio modelo de mujer, sin que otros moldes le sean impuestos; por tanto incluye la libertad religiosa, el derecho a creer o descreer y a la posibilidad del desenvolvimiento en el espacio público como la mujer que soy, asumiendo todas las aristas o variables que conforman mi identidad.

Debemos tener mucho cuidado con el tokenismo: “cuando incorporamos a alguien solo porque representa a un grupo étnico o a una comunidad pero la inclusión no es genuina, no es real, porque no nos interesa darle voz”.
 

¿Cuáles son los desafíos que la realidad le presenta a un proyecto que pretenda incluir y reivindicar la dignidad de todas las personas?

Partiendo del camino que ya ha recorrido el proyecto revolucionario cubano en cuanto a la mujer y de las últimas iniciativas como el Plan Adelanto para la Mujer, la apertura de una línea telefónica para que llamen mujeres en situaciones de violencia y la colocación de estos temas en la agenda del ecosistema de medios públicos cubanos: yo creo que los desafíos son varios. Primero porque debe reconocer la diversidad de esas reivindicaciones, eso es lo primero. A partir de ahí, debe trabajar la educación. Y no quiero hacer saltar las alarmas, porque a menudo se habla de educación y se cree que estamos convidando al adoctrinamiento y la imposición; no, no me refiero a eso, sino a fomentar la cultura de convivencia en una sociedad que no es homogénea porque, al hacer esto, estaremos tomando acciones preventivas contra las violencias, creando un ambiente seguro para todes, lo cual tiene un componente preventivo muy alto de fenómenos como el bulliyng en las escuelas o la revictimización de personas con identidades feminizadas, o la discriminación. Eso significa que debemos avanzar en esa educación desde la equidad de género.

La misma educación inclusiva que debe permear todas las instituciones y que debe reflejarse en el sistema de medios cubanos. Así mismo, también desde los medios, debemos aportar en este quehacer teniendo mucho cuidado del tokenismo y de la discriminación positiva. El tokenismo, cuando incorporamos a alguien solo porque representa a un grupo étnico o a una comunidad pero la inclusión no es genuina, no es real, porque no nos interesa darle voz; y discriminación positiva, cuando hablamos sobre un grupo si cumple condiciones determinadas convenientes para nosotros. Esto se completa si, al asumir la sociedad en su sentido diverso, hacemos lo mismo en la comunicación. Aterricemos: Digamos que reportamos un evento de personas religiosas pero, si reportamos un evento que nada tiene que ver con religión, una persona que por alguna razón es visiblemente religiosa tenemos el “cuidado” de sacarla del plano porque “no pega”, como si las personas estuvieran determinadas por una sola variante de su identidad desconociendo, por un lado, la omnilateralidad de los seres humanos y, por otro, la no homogeneidad de los espacios al ser parte de una sociedad no homogénea sino diversa.

Esto significa que los profesionales también tenemos que educarnos, revisar nuestros paradigmas, cuestionar nuestros estereotipos y, en sentido general, todas esas ideas que tenemos preconcebidas de lo que es o debe ser nuestra sociedad.

Por otro lado, entre los desafíos yo diría que también debemos hablar de leyes. En mi opinión una ley integral contra violencia de género es un pendiente, y transversalizar el enfoque de género en las leyes, dos acciones que no son excluyentes una de la otra. Reconocer la diversidad de los feminismos y sus reivindicaciones, nos conduce a la otra cara de la moneda que es reconocer la interseccionalidad de las violencias para que tengan respuestas en forma de leyes, procesos, protocolos. Y esto no es ni será suficiente si no dedicamos esfuerzos a todo lo que dije anteriormente en términos de educación.

Desafíos también son continuar el trabajo en materia de oportunidades para todas las personas teniendo en cuenta sus particularidades de vida, combatir y eliminar el racismo, crear y perfeccionar sistemas que se enfoquen en la restitución de derechos a personas violentadas, y de vital importancia, incluir la creación de refugios para personas en situaciones de violencia que tienen derecho, como todos, a una vida digna y a que nadie vulnere su integridad.

 “¿Cómo salvamos a una musulmana de la violencia de género? Quitémosle su religión. ¿La salvamos? ¿Acaso no es esa otra forma de violencia sobre las mujeres musulmanas?”.
 

Existe una idea de que la pertenencia a las comunidades religiosas es incompatible con ser feminista. ¿Cómo tú vives tu identidad?

Esta es una pregunta que me hacen mucho. Muchas personas creen que no se puede ser religiosa y feminista, entonces yo apelaría a la antítesis ¿para ser feminista hay que ser atea? ¿No se puede defender la equidad de género y creer en Dios al mismo tiempo? En el caso específico del islam, las personas están permeadas de toda la mala prensa que él recibe, que no es del todo gratuita, pero que recibe el mismo tratamiento equivocado que las mujeres violentadas cuando se las culpa a ellas y no al agresor. De la misma forma los medios globales, en vez de poner la mira en los agresores o los terroristas por lo que son, señalan también al islam como victimario y la culpa, una vez más, es desplazada. Y, por si fuera poco, todo esto es hecho por profesionales de medios a los que habría que preguntarles cuánto han leído los textos islámicos para que los textos hablen por sí mismos.

Cuando relacionamos esto al feminismo, pues pareciera que el culpable de las condiciones de vida de las mujeres en países de mayoría de población musulmana no es el sistema patriarcal sino el islam mismo; como ven, se vuelve a desplazar la culpabilidad y se pierden de vista los verdaderos responsables.

Si seguimos tirando de esa cuerda, por decirlo de algún modo, si usted analiza textos que hablen de mujeres musulmanas violentadas, de pronto parece que fuera de las comunidades islámicas la violencia hacia las mujeres no existe, sino que es propiedad exclusiva de las musulmanas. Y, como colofón, fíjense en videos de televisión, cuando se quiere hablar sobre violencia de género no hay nada más fácil que poner mujeres con velo, si son africanas pues mejor. ¿Resultado? Prejuicios, estereotipos, malas prácticas en los sistemas de medios e islamofobia, sobre todo islamofobia de género. ¿Cómo salvamos a una musulmana de la violencia de género? Quitémosle su religión. ¿La salvamos? ¿Acaso no es esa otra forma de violencia sobre las mujeres musulmanas?

Entonces, en los textos islámicos (y cuando digo islámicos me refiero exclusivamente a la religión del islam), así como en su historia hay muchos referentes de mujeres que se empoderaron a través del islam. Ahí está la historia de la concesión de derechos a decidir sobre sus vidas que implicó el islam para las mujeres de la época, pero los medios occidentales y varios decisores de países de mayoría musulmana parecen desconocer esta historia.

Por supuesto que existen fundamentalistas, lecturas literales de los textos, manipulación y tergiversación, incluso, en muchas traducciones del Corán. Entonces, por supuesto que hay que hablar de violencia ejercida por grupos extremistas religiosos, pero hay que tener bien claro quiénes son los culpables.

De ahí que, para mí, ser musulmana y feminista no es una contradicción en lo absoluto. Yo más bien diría que es ser coherente, porque el islam fomenta estar del lado de todo lo que represente justicia y el feminismo busca precisamente eso.

A escala global hay muchas mujeres de un sector del feminismo que consideran que no puedo ser feminista si me cubro la cabeza por musulmana. Yo creo que ese tipo de posicionamientos es asumir una cultura de cancelación que reproduce las lógicas de lo mismo que se critica que es el control de nuestros cuerpos. Para ser una mujer empoderada no necesito seguir un código de vestimenta impuesto porque en tanto se me imponga no hay empoderamiento alguno. El empoderamiento está en la libre decisión. ¿Para ser una mujer empoderada y feminista necesito quitarme alguna pieza de ropa? ¿Por qué? Y este no es un debate simplón. Miremos a Francia y el debate sobre laicismo, los intentos de prohibir que las mujeres trabajen usando un velo, la diputada que se reconoce feminista, que hace unos meses abandonó una sesión en el Parlamento porque una musulmana con hiyab (velo) iba a hablar y por su vestimenta fue acusada de violar el laicismo. ¿Podemos hablar de inclusión cuando el cuerpo de las mujeres musulmanas se encuentra en debate para que otros decidan como pueden vestir? No. De nuevo, repito, el control de nuestros cuerpos debe ser para nosotras.

Por eso me referí antes a la cuestión de la libertad religiosa relacionada al feminismo. Lo que se está dando en Francia hoy es un debate sobre laicidad negativa y laicidad positiva, un debate que se da subrepticiamente también en nuestras instituciones cuando una musulmana con velo llegar a estudiar o trabajar y que yo creo que es una realidad a atender urgente. En aras de pensar desde la inclusión, debe hacerse abiertamente pensando en las reivindicaciones de todos. Y creo que asumo esta posición como musulmana cubana, como periodista, pero también como feminista.

Este artículo es la intervención de la autora en el panel “Los nuevos feminismos y la Revolución cubana”, realizado el 8 de marzo de 2021.