Breve expedición a la lengua española en los diarios martianos


24/4/2018

Tras sortear peligrosos inconvenientes, el 11 de abril de 1895 llegaba Martí a Cuba, otra vez levantada en armas contra España. Los testimonios que dejó de su tránsito por el oriente de la isla no gozan, únicamente, de la importancia que les confiere la ciencia histórica. Su diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos —cuya primera anotación data del 9 de abril y la última, del 17 de mayo, dos días antes de morir— constituye un paraje privilegiado del idioma español.

Destacados lingüistas han resaltado entre las singularidades del texto la espléndida presencia de aruaquismos, vocablos de la lengua que hablaban nuestros indios y que se perpetuaron, por imperio de la necesidad, en la lengua del conquistador: ‘yagua’, ‘güira’, ‘majagua’, ‘yuca’, ‘curujey’…

Pero este diario de Martí, así como el anterior, el que escribe de Monte Cristi a Cabo Haitiano, reserva aún otros provechos para quienes aman y estudian nuestro idioma.

En el Diario, José Martí deja un vívido testimonio de su tránsito por la región oriental desde Playita de Cajobabo,
hasta las cercanías de Dos Ríos, sitio de su caída en combate. Foto: Internet

 

De seguro usted conoce el vocablo ‘espejeras’, de uso exclusivo en Cuba. Desde Esteban Pichardo —primer lexicógrafo en ocuparse, a partir de 1836, del registro de palabras y expresiones propias del español en la isla— hasta el Diccionario del español de Cuba, que vio la luz en el año 2000, se ha insistido en definir las ‘espejeras’ como una llaga provocada en las bestias. Que yo sepa, solo Fernando Ortiz reconoció que espejera nombraba, también, las lesiones producidas en los jinetes. El diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos viene a probar el aserto del sabio. Entre los “mocetones” que cabalgan escoltando a Miró Argenter, hay uno, Rafael Manduley, “que acaba de salir al campo”—testimonia el Maestro— y “trae espejeras”.

Conocemos el rumbo posterior del significado de la palabra: ya ni siquiera designa una llaga, sino una mancha; y tampoco hace falta que andemos a caballo para padecerla. Sin contar que, por extensión, ‘espejeras’ se les llama también a los visos de suciedad en la ropa, al menos en los territorios que abarcaba la antigua región de Las Villas.  Se trata de un proceso de evolución semántica que, sin embargo, no ha tenido justo reflejo en los diccionarios, en algunos de los cuales el vocablo se asienta como ruralismo, hecho que no se ajusta a la realidad en esta zona del país.

Otro caso es ‘sancocho’. Los cubanos de hoy, aparte de referirnos con esta palabra a los restos de comida que se destinan a los cerdos, la utilizamos para aludir despectivamente a cualquier plato mal preparado. Sin embargo, existen razones para creer que, al menos en el siglo XIX, ‘sancocho’ era el nombre de un guiso específico. De hecho, en varios países caribeños y suramericanos pervive así; y, conforme a las averiguaciones del historiador Ismael Sarmiento (ver su excelente libro El ingenio del mambí), el ‘sancocho’, propio de la población cubana más pobre, formó parte de la dieta del Ejército Libertador, junto con otros de similar condición, como el mondongo, el bacán, el matahambre, etc.

Vean lo que anota Martí el 19 de abril: “Los 6 hombres de Ruenes hacen su sancocho al aire libre”. Días antes, en la isla Gran Inagua, había apuntado en su otro diario los platos que el cocinero de la goleta Brothers elaboraba para los expedicionarios. Entre varios, menciona el ‘sancocho’, “de pollo y pocas viandas”.

A Martí debió serle desconocido el vocablo, porque lo distingue gráficamente, bien a través del subrayado, bien mediante comillas. ¿O acaso fue su modo de señalar que no se avenía con la pronunciación y escritura que estimaba correctas? El criterio académico prevaleciente en los siglos XVIII y parte del XIX —explica el etimologista Joan Corominas— fue considerar ‘sancocho’ (y ‘sancochar’) como corrupción de ‘salcocho’ (y ‘salcochar’), juicio idéntico al de Pichardo y otros cubanos decimonónicos como Felipe Poey y García de Arboleya.

Hoy por hoy la Real Academia ha terminado asentándolas, sin marca valorativa alguna, como palabras diferentes. En contraste, el Diccionario del español de Cuba las registra como variantes igualmente legítimas de la misma palabra, aunque indicando preferencia por ‘sancocho’, forma que es la arraigada en buena parte de los villareños, así como en los países americanos donde designa un plato particular. A su vez, el Diccionario gastronómico cubano (2007) añade un punto de vista sumamente atendible. De acuerdo con su autor, Fernando Fornet Piña, ‘salcochar’ y ‘salcocho’ constituyen términos especializados en el ámbito de la gastronomía, mientras sancocho es palabra del español general, es decir, de la que se vale el común de los hablantes.

Hechas estas consideraciones, podemos concluir que los diarios de Martí no solo dan fe del empleo de ‘espejeras’ y ‘sancocho’ en la Cuba de fines del XIX, sino que se convierten en útil referente para documentar algunas de las transformaciones experimentadas en el significado de ambos vocablos.

Exultante, siquiera para mí, resulta otro hallazgo en los testimonios del 18 de abril: “Silba el grillo; el lagartijo quiquiquea, y su coro le responde”. Obviando el verbo ‘quiquiquea’ (localismo quizá, o invención del autor, advierte la edición crítica), nos queda ‘lagartijo’, palabra que brilla por su ausencia en el diccionario académico, a pesar de que ella —y no tanto ‘lagartija’, sustantivo sin variación formal en el género— se usa por muchos cubanos para denominar —con independencia del sexo— a saurios del género Anolis o Norops, según la nomenclatura que se adopte. Y aunque, morfológicamente hablando, ‘lagartijo’ haya surgido a partir de ‘lagarto’, quien la emplea no quiere significar que el animal es un lagarto pequeño: ‘lagartijo’ no tiene verdadero valor diminutivo para el hablante cubano, como parece tenerlo entre puertorriqueños y venezolanos, si creemos al Diccionario de americanismos, también de la Academia.

¿Por qué hasta los más acreditadosrepertorios de cubanismos han ignoradoel cubanísimolagartijo? No solo se trata de queMartí —con su oído atento al habla de cuantos halló a su paso en suelo insular— dejara constancia de su uso, sino que aún hoy, en el siglo XXI, puede escucharse.

Algo parecido sucede con la locución adverbial ‘a rastro’. El 19 de abril Martí conoce a la campesina Caridad Pérez: “ella seria, en sus chancletas, cuenta, una mano a la cintura y por el aire la otra, su historia de la guerra grande: murió el marido (…) y ella rodaba por el monte, con sus tres hijos a rastro”. Otro participante en la guerra del 95, Fermín Valdés Domínguez, también en un diario, recurrió, más de una vez, a la expresión: “Los que no supieron merecer el cariño del General José andarán contentos de su muerte. Pero, como dicen las viejas: Llevan la soga a rastro”. Más de un siglo después, si usted se halla muy cansado o enfermo, puede que le diga a un vecino, o al jefe, que anda ‘a rastro’; o si a la comida que organizó solo para íntimos, uno de sus amigos trae a una persona indeseada, quizá usted, por lo bajo, le pregunte al que estaba invitado cómo se le ocurrió venir con el otro ‘a rastro’…

Contrario a las evidencias resulta, pues, el hecho de que el lexicón académico no asiente esta variante de la locución ‘a rastras’ e incluya otras que apenas emplean los hispanohablantes, como ‘a la rastra’, ‘a rastra’ y ‘en rastras’, las cuales, con muy buen tino, se excluyen del Diccionario de uso del español, de María Moliner. Mayor desconcierto provoca —insisto— que ‘a rastro’, al igual que ‘lagartijo’, tampoco aparezca en ninguna colección lexicográfica de cubanismos.

Asimismo, al lado de palabras y expresiones raigalmente populares, de uso distintivo en Cuba, América, o la región oriental de nuestro país (como ‘cupey’ y ‘jigüera’, por ejemplo), quienes se dispongan a la travesía que entraña la lectura atenta de los diarios martianos descubrirán vocablos que el autor inventa: un día dice que van ‘lomeando’; otro día, que un bebé es ‘criaturín’ huesoso y ‘altazo’ un hombre; o que el anciano Luis González —quien tan honda impresión le causó— se fue con su ‘hijada’ (sus muchos hijos); o que en un bosque cercano al río Cauto “Todo es festón y hojeo”…

También encontramos palabras que en su tiempo fueron muy comunes y que ya no integran nuestro léxico activo: “Una cosa tan bien ‘plantificada’ como ésta (…), y andar con ella ‘trafagando’”, transcribe Martí el habla de Narciso Moncada. O construcciones de sintaxis rancia: “del lodo y el aire viene hedor, de ‘la mucha res que han muerto’ cerca. E, incluso, una frase que me recuerda a mi abuela. Cuando necesitaba nombrar los órganos genitales, siempre lo hacía eufemísticamente, tal como el entrañable Luis en la anécdota de la Guerra Grande que narra durante la marcha del 23 de abril y que Martí recoge: “Te voy a cortar ‘las partes’”.

Los diarios martianos, además, son especialmente valiosos para comprender que las normas y usos ortográficos, como la vitalidad de las palabras y sus significados, han estado y están sujetos al cambio. En ambos textos se manifiestan vacilaciones o alternancias gráficas —propias de su época, y aun de la nuestra en algunos casos— para la escritura de ciertos vocablos y expresiones. Así, la adaptación del inglés rum resulta a veces ‘romo’, otras ‘rom’ y ‘ron’. Y aunque el autor prefiere escribir ‘alrededor’, como locución, también, de modo puntual, elige el adverbio ‘alrededor’, forma que, a la postre, acabó imponiéndose en lengua española. Semejante sucede con ‘seiba’ y ‘ceiba’, la primera de las cuales ya se estima incorrecta, o con ‘buniato’ y ‘boniato’, o ‘platanal’ y ‘platanar’, variantes que la Academia admite, aunque considere básicas las segundas realizaciones de cada pareja, es decir, ‘boniato’ y ‘platanar’ (prácticamente desusada en Cuba esta última).

Ojalá que estos comentarios a vuela pluma consigan dar cuenta, aunque mínimamente, de la riqueza lingüística que atesoran los diarios de José Martí, y, en consecuencia, hagan de los lectores de La Jiribilla, lectores interesados en tan singulares textos.