¡Combinación perfecta, Fonseca!


27/8/2018

Energía. Empatía. Comunicación. Lo mejor del concierto de Roberto Fonseca y Temperamento, junto a sus invitados, el pasado sábado en el Gran Teatro de La Habana, fue la combinación de esas tres cosas. No es la primera vez, pero fue demasiado contagioso, tal vez porque Fonseca deseaba mucho tocar algún día en ese escenario y vibraba más allá de los teclados.

Roberto Fonseca
Roberto Fonseca. Foto: Internet

 

Sorprendente es el talento de todos los músicos que se reúnen bajo la batuta de este pianista. Yandy Martínez, por ejemplo, demostró su auténtica destreza en el contrabajo y el bajo eléctrico: parecía como que acariciaba el primero y se liberaba en el segundo. Adel González, en la percusión, no dejó de ser ese divertido músico que hace “cantar” las tumbadoras mientras suda, grita, se ríe, se levanta y vuelve a sentarse, y hace que las miradas se pierdan al seguir los movimientos de sus manos. Ruly Herrera, con poco tiempo en el grupo, le imprime su sello muy particular al drums, y con bigote pronunciado o sin él, bate el compás de cada nota de adentro hacia fuera.

En la cuerda de metales, virtuosos. Roberto García, quien hace de la trompeta una prolongación de su carisma. Javier Zalba, elegancia y sobriedad en el saxofón (esta vez no la flauta). Carlos Miyares, tímido en el saxo tenor, pero potente. Yoandry Argudín, invitado de lujo en el trombón, dueño de la soltura propia de quien no toca un instrumento sino que lo siente parte de él. Michel Herrera, por primera vez, sereno, con su estilo cuidado y abierto. Raúl Venegas en la guitarra, tranquilo y de atractivo talante.

Los temas del disco ABUC se entrelazaban con otros y parecía que los instrumentos conversaban entre sí. Fonseca tuvo la gentileza, además, de invitar a la soprano Bárbara Llanes para interpretar “Habanera”, a su manera, y una versión muy propia de “Drume, negrita”.

Después, Omara Portuondo, la que despierta ovaciones, aplausos, agradecimiento. La Portuondo fue atrevida consigo misma y cuando cantó “Veinte años” y “Tal vez”, se levantó de la silla dispuesta y bailó, caminó de un lado a otro del escenario y sonrío.

No supimos qué sucedió con el nivel del micrófono que usaron Bárbara y Omara, ya que sus voces apenas se escucharon más allá de la escena, pero aun así el público disfrutó porque se reconoce la calidez, la belleza vocal, las esencias.

Fonseca tiene razón. No puede quedarse quieto en la butaca del piano y tocar la música que le brota de su cuerpo. No. Necesita involucrar a todos y par de veces pidió que las luces del público le permitieran ver el regocijo de los rostros y convidó a seguirle en los coros, en las palmas, en el baile: “Es lo que le gusta a todos los cubanos, y no sé si está permitido en este teatro, pero bailen. Quiero ser testigo del disfrute de todos”.

Un regalo final, el estreno de “Mambo pa´la niña”, un tema que, según anunció antes, formará parte de una próxima producción discográfica.

Una certeza. La buena música, si además se ofrece con honestidad, todos la aplaudimos.