“Fátima no se rinde. Fátima es inmortal”. Y sopla la vela, el escenario queda a oscuras, y se escuchan los aplausos de un público que permaneció 55 minutos escuchándola, atento. Las luces vuelven a encenderse, Fátima sonríe y lanza besos mientras el sudor le corre por el rostro, mientras sus pies reclaman descanso de los tacones y el maquillaje se empaña de la emoción. No ha sido fácil, no. Pero ha sido, y eso es lo importante.

Fátima es un torbellino de emociones contenidas.

Cuando se tienen varios referentes sobre algo, aflora la tendencia a comparar, y no es recomendable. Cada quien se apropia de una experiencia de una manera singular, y la hace suya, y la devuelve con los matices que le pone. Cada Fátima que se ha develado es única, desde las letras primigenias de Miguel Barnet hasta esta versión teatral que escribió y dirigió el actor y también director Ulyk Anello, en cartelera todo el mes de abril en la sala Adolfo Llauradó de la Casona de Línea, en La Habana. Es única, reitero, y como tal hay que asumirla.

El actor Ray Cruz fue convincente, contundente e impoluto en su representación.

Ahí radicaba, creo yo, un primer desafío. Ulyk encarnó a Fátima años atrás y regresa a la obra, al personaje y a la necesidad de visibilizar sus conflictos, porque como me dijo, “Fátima es uno de esos personajes que permanece contigo siempre, en el subconsciente”. Elige hacerlo en otra piel, en otro cuerpo,  y recurre al joven actor Ray Cruz, al que temo que puedan encasillar en roles que ya le son bastante frecuentes, sobre todo en televisión. Y Ray aceptó, y se creció… Y se pintó las uñas de color rojo y se creyó Fátima, con todo lo que La reina de la noche trae encima.

Santa Fátima de la Fraternidad, nueva versión estrenada el pasado 9 de abril, salda no pocas deudas.

Vi la obra. Ray fue convincente, contundente e impoluto en su representación. Quizás un tanto apresurado pero creíble, desde el inicio y hasta el final porque, definitivamente, Fátima es un torbellino de emociones contenidas y salta de la risa al llanto, del baile a la calma, en cuestiones de segundos…

Y aunque Fátima o el Parque de la Fraternidad es un texto conocido, el público no se aburre ni pierde el interés… son las angustias de Fátima y de cualquiera de los que cada noche acuden a verla las que se roban el show.

No es precisamente el dilema de un homosexual devenido travesti, sería demasiado ingenuo aceptar así a Fátima. Son los conflictos de cualquier persona que no es feliz, que intenta mostrarse como tal ante el mundo sin serlo, que carga carencias e incomprensiones, que tiene algunas ambiciones y numerosas frustraciones, que el amor la ha dañado, que la violencia la ha hecho fuerte, que es leal y vive en soledad…

“Lograr el desdoblamiento de un homosexual costó trabajo, pero el resultado es satisfactorio, loable”.

Santa Fátima de la Fraternidad, esta nueva versión estrenada el pasado 9 de abril, salda entonces no pocas deudas. La del propio Ulyk, que no abandonó este personaje desde que en 2007 lo asumiera, “pero ya estoy cansado para hacerlo”, y es, además, la primera vez que dirige. La de Ray, de hacer un monólogo en el teatro “porque ya era hora de asumir un reto de estas dimensiones”. La de todos, porque desde la butaca, nos encontramos con nuestra propia Fátima.

Ulyk Anello: “Vi a Ray y me convencí de que era el actor idóneo para asumir este personaje en un monólogo. Lloró cuando le di a leer la obra. Es un actor muy dúctil, escucha mucho, se deja guiar. Lograr el desdoblamiento de un homosexual costó trabajo, pero el resultado es satisfactorio, es loable.

“Esta es una versión de la versión, bastante fiel, que hice en 2007 con una duración de una hora y media. Ahora dura menos, ya no son tiempos de largos espectáculos. Agrupé por unidades los temas y centré más los mensajes del personaje.

“Aunque no estudié dirección, me atreví a hacerlo porque conozco la obra y el personaje. Apelé a recursos sencillos: Ray se aprendió la letra y a partir de ahí fuimos improvisando, moviendo ideas. Fue un trabajo de conjunto. Para mí fue, en cierto modo, sencillo porque nos dejamos llevar.

“Quería que se supiera que Fátima lleva dentro un dolor muy fuerte, aunque se muestre ante el mundo feliz”.

“No me sentí contaminado. Aunque hice Fátima en el 2007, desconecté del personaje y de la obra, como hago siempre con mis trabajos. Este fue un montaje desde cero… recordé algunas cosas de mi actuación pero no fue nada igual. Tenía muy claro que sería un montaje nuevo. Ni siquiera utilicé códigos o detalles de la película. Eso fue lo que me llevó a marcar la diferencia”. 

Ray Cruz: “Ulyk me lo propuso y en medio de muchos compromisos de trabajo que teníamos ambos, había que estudiar mucho y a veces, por separado. Como Ulyk es actor, asume la dirección desde la libertad que el actor le proponga, y eso me agrada. Que el director me dé rienda suelta es una técnica que me funciona mucho, siempre que el director confíe en mí. Estuvimos hasta un mes antes del estreno pensando en el resultado. Ulyk me pedía que me relajara más, que fuera más amanerado… pero yo quería que tuviera algo más fuerte dentro, que se supiera que Fátima lleva dentro un dolor muy fuerte, aunque se muestre ante el mundo feliz. Ulyk creyó en lo que yo sentía, me respetó la visión que tenía de esta nueva Fátima y ahí está el resultado.

“La obra ha alcanzado a un público de un diapasón amplio. Ha ido gente especializada en teatro, personas que no son asiduos… es como si fuera una buena novela cubana, que de pronto llega a gran cantidad de público. Queremos llegar a más personas. Estaremos pronto en Fábrica de Arte en el espacio teatral que tienen, y además queremos ir a teatros de otras provincias.

“Ulyk creyó en lo que yo sentía, me respetó la visión que tenía de esta nueva Fátima y ahí está el resultado”.

“Estoy muy feliz. Esta obra marca un punto importante en mi carrera porque estar solo en un escenario en un monólogo como este, con la carga que trae un personaje como este, física y emocionalmente, es impresionante. Fátima es un torbellino, se mueve rápido, llora y de inmediato se ríe, y es muy intenso el proceso actoral, y demanda de mí mucha concentración, mucha entrega”.

Por demás, Fátima es cubana. “Cubana no, ¡cubanísima!”, repite en el escenario. Y la defensa de los valores culturales identitarios como nación y la asunción de los valores personales de una cubana que lucha, que cae y se levanta, que ambiciona crecer, que ama y no pierde el deseo de ser amada, de vivir, se convierte en el pretexto para volvernos a encontrar con Fátima mañana, el mes que viene, en diez años.

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