El alba de los dioses


26/8/2019

I

Como arriba es abajo, como abajo es arriba
El Kybalion

Zona sagrada es una exposición que asciende a lo bajo para descender a lo alto. Quiero decir, muestra en la planta alta de la galería los bocetos y los moldes de la obra mayor, que se expone en la baja. Y este concepto deliciosamente paradójico recorre tanto la obra del artista como la del curador.

El Cristo anquilosado por la representación de la luz es una de las piezas más inquietantes de la muestra.
Foto: Alejandro García/ Invasor

 

Arriba, donde todo es a priori, hay dos series: “Primera imagen” y “Tres estudios de luz desde una sombra”. Esta última consiste en cuatro cuadros hechos al grafito sobre cartulina que parecen reflejar el proceso de iluminación en igual cantidad de fotogramas. Primero, la luz no es, aunque todo el espacio del cuadro está cubierto por rayos de gloria divina, que son demasiado rígidos, demasiado cortantes, demasiado artificiales; luego, la luz es un punto que se abre camino a través del dogma; más tarde, es una línea horizontal que se cruza, finalmente, con otra vertical, formando una cruz. Lo sagrado (la luz) habita en lo natural, no en lo simbólico; está en el espacio que se abre, no en el signo que se cierra. Por eso esta pieza de apariencia anodina expresa cinematográficamente el germen de toda la exposición: un movimiento desalienador, que va del signo al significado y de este al referente original.

Foto: Nathalie Mesa/ Tribuna de La Habana
 

“Primera imagen” reúne acrílicos sobre cartulina y moldes de esculturas, que constituyen los bocetos de la obra posterior. Un caracol de ceremonia religiosa afrocubana (conocido como cauri o cinturita), un rizo de cabello búdico, un haz de luz cristiana, un pliegue de la piel del Buda de la abundancia, una sierpe venenosa son aquí detalles de un todo que solo se anuncia. La iluminación va cobrando forma de metáfora en la mente del autor, que todavía no sabe bien adónde lo conducirán sus dibujos; es más, ni siquiera tiene conciencia de que estas imágenes no son más que las iniciales balbuceantes de una oración mayor.

Contra el sólido argumento de Darwin, alguien ripostó diciendo que los fósiles de los homínidos eran bocetos que Dios había hecho para llegar al hombre. ¿Serán los dibujos y moldes de Milán Boza bosquejos del hombre para llegar a Dios?

Coincidentemente, desde hace algunas décadas, en algunas universidades anglosajonas se cuestiona la teoría de la evolución de las especies con la del diseño inteligente, según la cual, detrás de los cambios fundamentales en la naturaleza solo es concebible la mano de un ser divino. Se dice, por ejemplo, que por medio de la selección natural no se puede explicar el origen de la vida o el de intrincados mecanismos celulares como el flagelo bacteriano. ¡Claro que no! El origen de la vida es un salto cualitativo de la materia inanimada a la viva, y eso requiere, no una teoría de la evolución, sino una teoría de la revolución. El problema no es que la hipótesis de Dios sea deleznable, sino que resulta demasiado cómoda cada vez que se crea una crisis en el pensamiento científico.

Si subiendo a lo bajo el todo es mero fragmento casi ininteligible, bajando a lo alto el fragmento se convierte en todo arrollador.

Debajo, donde todo sucede a posteriori, nos esperan dos grupos de esculturas: “Tarde para no creérselo” y “Lección perdida”. El primero consiste en un conjunto de cuatro bustos y tres figuras relativos a divinidades europeas, africanas y asiáticas. En cada uno de ellos, el autor toma un detalle del icono, lo hace viral y propone una metamorfosis del símbolo. Puede parecer irrespetuoso; es sugerente. En el busto del Buda Sakyamuni, un rizo del pelo inunda el rostro; en el del hombre, la abundancia de vellos de la barba se vuelve hipertricosis; en el del Cristo, los rayos de luz divina hieren la faz sagrada; en el de Medusa, las sierpes ocultan incluso la temible mirada. Por otra parte, el Buda chino de la abundancia se derrite como la manteca en su tejido adiposo; los cauris de Elegguá se multiplican como bocas y ojos infinitos; y las manos de Avalokiteshvara, el Buda de la compasión, parecen los radios de una esfera que oculta al dios. En cada caso, el don se ha vuelto invalidez. Por la exageración del detalle, lo bello se ha vuelto grotesco.

Pero luego Milán Boza da un paso más allá en su propuesta visual. “Lección perdida” desborda lo grotesco y transforma lo sagrado en profano. Un Buda, sentado en posición de loto, nos da la espalda. (Coincido con el artista y el curador en que una atmósfera umbrosa hubiese reforzado la imagen). Cuando lo rodeamos, nos sorprende con el dedo del medio levantado. El icono sagrado se ha vuelto, de golpe, cotidiano, vulgar. Las manos suelen ser los signos de puntuación del cuerpo humano, pero los mudras o posturas de las manos son más que eso: son signos de la voz divina. Cada mudra atrae las miradas, despierta un pensamiento, alienta un sentir. ¿Es el gesto de “Lección perdida” irrespetuoso? Desde un punto de vista ortodoxo, puede que sí; teniendo en cuenta la frescura del budismo, yo diría que no. Un discípulo le preguntó a un maestro Zen en qué consistía la condición de Buda y el maestro le respondió: “El palo de la mierda”. Lo que recuerda aquella frase de Homero, apócrifa o no, pero redonda, que dice que el estiércol es el alimento de los dioses. ¿Es el gesto de “Lección perdida” desacralizador? A mi entender, sí. Quien diviniza hombres hace estatuas; quien humaniza dioses crea ejemplos.

II

…Se dice que la mente en estado de contracción   
                                                                          es el ego y en estado de expansión total es Dios…

Tomás Sánchez

Vivimos en un mundo de palabras que inventa oposiciones ficticias y rígidas, que el mundo real cuestiona. Nombrando las cosas y consagrándolas como tales, las oscurecemos y perdemos de vista las relaciones invisibles entre ellas. La dialéctica es el intento de devolverle al pensamiento su sentido relacional y dinámico. Pensar es dinamitar el lenguaje, someterlo al pensamiento.

Una división metafísica, como la que existe y persiste entre la materia y el pensamiento, resulta absolutamente estéril. Aunque la materia no sea más que un concepto y la mente no pueda existir al margen de ella, ninguna de las dos es reductible a la otra. El cuerpo es el templo más cercano. El amor es más que una atracción física, más que una reacción química, más que un deseo animal: es la necesidad espiritual del otro que nos completa. Por eso los maestros Zen, que misteriosamente han mantenido fresca las mismas ideas durante cientos de años, insisten en no hablar de cuerpo o mente sino de cuerpo-mente.

Los dioses están hechos de palabras. Cada cultura construye sus dioses a su imagen y semejanza. Ni los africanos crearon dioses blancos, ni los nórdicos, dioses negros. Quetzalcóatl, el dios caucasiano de los aztecas, es una rareza o el testimonio de un encuentro precolombino no documentado entre europeos y  americanos.

No obstante, todas las culturas parecen seguir un patrón similar para fabricar sus deidades:

1. Llega un momento en que los hombres comprenden que existe una parte de la realidad natural (la esencia) que escapa a sus sentidos.

2. Como la esencia solo puede conocerse a través del pensamiento, los hombres asumen que posee naturaleza espiritual.

3. Como lo esencial determina lo aparente, asumen también que lo espiritual determina a lo material.

4. A medida que la sociedad matriarcal transita al patriarcado y que la tecnología y el lenguaje (que tienden a crear la ilusión de que el hombre está por encima de la realidad natural) se desarrollan, la naturaleza  subjetivada se va transformando en sujeto sobrenatural. La Madre Naturaleza es destronada por el Dios Padre.

5. Por tanto, se llama dios al sujeto sobrenatural cuya esencia espiritual determina la apariencia material del universo.

Y este patrón lógico e histórico se repite, más o menos, en cada individuo, en cada pueblo, en cada época.

A nivel simbólico, Milán Boza realiza, sin embargo, la operación contraria: no espiritualiza la materia, materializa los signos supremos de la espiritualidad religiosa. (Solo falta el Islam, que no admite imágenes visuales de la divinidad). Con ello el artista enfatiza al dios como construcción humana. Nos dice que, aunque lo sacro en sí mismo implica cierto grado de saturación semántica, también posee sus límites, fuera de los cuales se vulgariza.

Lo interesante del procedimiento está en que, al exagerar un detalle del icono, casi siempre su don divino (v.g. las bienhechoras manos de Avalokiteshvara o los rayos de gloria de Jesús), Milán Boza rompe el equilibrio entre las partes y la proporción entre las partes y el todo, con lo cual hace que se pierda la belleza del conjunto. Sin perfección no hay armonía, sin armonía no hay belleza y sin belleza no hay placer espiritual. Operación estética con implicaciones éticas: lo bello se traduce en grotesco, como metáfora de lo virtuoso que se vuelve defectuoso. Incluso la virtud, si se desequilibra y desproporciona, se transforma en defecto. ¿No apunta esto contra los fundamentalismos?

Puede que esta operación a nivel simbólico se proponga, mediante un shock estético, desacralizar, no para profanar ni vulgarizar la imagen, sino para proclamar una verdad sencilla: lo sagrado está en lo profano. Aquí y ahora, no ayer, ni mañana, ni más allá.

Foto: Alejandro García/ Invasor
 

Estas son nociones típicas del budismo, por lo que me parece un tanto  desacertado apelar tanto a modificar la imagen de Buda (aparece en cuatro esculturas) ya que, de todas, es la menos artificiosa. Se cuenta que él mismo decía que, antes de él, habían existido otros Budas y que, después de él, otros vendrían. Además, si todo es naturaleza de Buda, si todo a un final es vacío, entonces no existe ninguna zona sagrada: todo lo es. Sagrado es el cielo y la tierra, el pájaro y el pez, el árbol y la piedra porque el Ser habita en el ser, como dicen las Upanishads. Esto nos conduce a cierto panteísmo, como el que practicaba Rabindranath Tagore. ¿No es poesía de la más sublime creer en una mente que se contrae hacia el ego y que se expande hacia Dios?

Otra cosa, quizás más proteica, hubiese sido deconstruir la imagen patriarcal del Dios Padre en favor de la Madre Naturaleza, cosa que ya hemos visto en la obra de una artista cubana. Dicho camino se entroncaría con las raíces de la humanidad, aún vivas en las tradiciones aborígenes americanas. Por aquí han transitado ya pintores cubanos de la talla de José Bedia, que ha excavado  en las culturas ancestrales de África y América. Y es que no es lo mismo el respeto religioso por lo natural que el respeto natural por lo religioso: este conlleva cierta enajenación con respecto a la naturaleza, aquel no. La creencia en algo sobrenatural rima con la destrucción de la naturaleza o al menos con la indiferencia ante ella; en cambio, el respeto a la Pachamama conduce al cuidado del ambiente, a considerar que el hombre no es algo al margen de la naturaleza. Somos naturaleza, y destruyéndola, nos destruimos. El respeto natural por lo religioso conlleva el miedo a lo que nos supera; el respeto religioso por lo  natural implica el amor a quien nos lo da todo, a lo que somos nosotros mismos. Allá, la sabiduría es temor y reverencia; acá, conocimiento y amor. Enaltece más el alma humana amar a la Madre Naturaleza que temer a un Dios Padre. ¿Dónde hay más sabiduría: en el temor o en el amor?

¿No será lo divino una potencia oculta de lo humano? ¿Somos soñadores soñados o criaturas creadoras? ¿El hombre es un dios degenerado o un simio que evoluciona? ¿Marca el ocaso de los dioses el amanecer del superhombre? ¿La espiritualidad ha de ser exclusivamente religiosa? ¿Desmontar religiones deja a la humanidad al garete ideológico o la conecta directamente con la realidad? ¿Es la religiosidad consustancial a los pueblos? Todas estas interrogantes se avivan en mi mente cuando tengo ante mí las piezas de Milán Boza.

Si ante la obra de un consagrado suelo admirar la redondez de la propuesta, que se ve largamente meditada y pulida por la experiencia, mirando esta primera muestra personal del joven avileño, me pregunto: ¿qué nuevos derroteros seguirá su indagación poética?, ¿abandonará la forma académica y se tornará vanguardista más adelante?, ¿hasta dónde llegarán sus pesquisas estéticas?

Por lo pronto, que me perdonen Wagner y Nietzsche por no creer en el ocaso de los dioses. Yo aplaudo a este joven cubano que, desde la complejidad de nuestra cultura atlántica, se enfrenta a realidades vivas y nos sugiere una metamorfosis más auténtica. El siglo XX pretendió matar a Dios, a la modernidad y a la historia. Nada muere sin que algo renazca. La muerte y la vida son tránsitos. Puntos suspensivos, no punto final. Por eso me atrevo a conjeturar una idea que aún no tengo muy clara: la humanidad está asistiendo al alba de otros dioses. Unos que caminan entre nosotros, que viven con nosotros, que somos nosotros mismos llamándonos desde un futuro más humano. Las verdaderas raíces del hombre están en el mañana.