El Cantar de Mío Cid: Iglesia románica de la literatura española

Noel Alejandro Nápoles González
25/5/2020

…versos rudos y sólidos, como las 
columnas de un claustro románico…

Ángel del Río[1]

¿Cuánto se parecen la literatura y la arquitectura? He aquí una pregunta que alguien deberá responder algún día. Por lo pronto, quisiera llamar la atención sobre el hecho probable de que el autor del Cantar de Mío Cid intentó construir con palabras un templo románico. Algo así como levantar la catedral de Santiago de Compostela con oraciones no necesariamente religiosas. Puede parecer iluso pero, si admitimos que el arquitecto escribe volúmenes con arcos y columnas, ¿por qué no decir que el poeta construye catedrales con versos y estrofas? ¿Quién puede negar que existen arquitecturas poéticas, como la de Gaudí, o poemas arquitectónicos, como el del Dante?

 
Foto: Leonor Menes Corona
 

La columna

En efecto, el Cantar de Mío Cid es un poema épico cuyos versos tienen una métrica variable, una rima asonante y, lo más peculiar, se dividen por una cesura que los agrupa en dos hemistiquios. Cada estrofa, por tanto, está formada por dos robustas columnas de versos, lo cual constituye su primera característica arquitectónica. Columnas anchas y sólidas.

Estatua del Cid en Burgos. Foto: Internet
 

El arco de medio punto

Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, nació en 1043 y murió en 1099. A los 23 años, sus compatriotas lo titularon “Campeador”, tras vencer al alférez del reino de Navarra. A los 24, ya los moros que se enfrentaban a él lo llamaban “Cid” o “Cidi”, que en su lengua significa “Señor”, por su arrojo. El Cantar de Mío Cid está inspirado en su vida pero no es en modo alguno su biografía. Es más literatura que historia. Por ejemplo, es cierto que fue desterrado por su rey pero no que tuviera dos hijas[2], lo que convierte en apócrifo todo lo relacionado con estas. Pero lo que más nos interesa de la narración no es su veracidad sino su estructura, la cual dibuja un arco de medio punto. Todo arco (del latín, arcus) es una curva que enlaza dos puntos. En particular, el de medio punto es un arco que va de imposta a imposta, ascendiendo del salmer a la dovela y de la dovela a la clave, que es el punto más alto, para luego descender en sentido contrario.

Del mismo modo transcurre este cantar de gesta. Comienza con el destierro del Cid, que ha perdido el favor de su rey Alfonso VI, y ha tenido que dejar atrás a su esposa Jimena y a sus hijas Elvira y Sol. Rodrigo Díaz de Vivar, no obstante, sigue siendo fiel y, cada vez que conquista un nuevo territorio y obtiene un botín, le envía la quinta parte al monarca. Recuperado el favor real, el propio rey decide casar a las hijas del Cid con los infantes de Carrión, que pertenecen a la nobleza. En gesto amable y simbólico, El Campeador decide regalarles a sus yernos dos espadas: la Colada, que lo ha acompañado en combate, y la Tizona. Pero los infantes, después de las bodas, maltratan a sus esposas y las dejan tiradas en los campos de Corpes creyéndolas muertas. Enterado de la afrenta, el Cid exige un acto de desagravio, el cual sin duda obtiene.

El caballero, técnica mixta sobre lienzo. Leonor Menes Corona.

 

La solidez formal y la sobriedad del contenido

Como se ha visto, la trama empieza abajo, asciende, cae y vuelve a ascender. Más que un arco, son cuatro que forman una sinusoide. Por consiguiente las columnas de versos se unen mediante el arco narrativo, dando lugar a un diseño que se distingue por su solidez formal. A esto se le suma la sobriedad del contenido, que se manifiesta en la economía de recursos. En el poema, los personajes son más descritos por sus actos que por calificativos; el lenguaje es parco, poco decorado; apenas hay tres recursos literarios: epítetos (“el que en buena hora nació”, “el que en buena ciñó la espada”), símiles (se separaron "como la uña de la carne", vence a los moros “como si los hallase muertos”) y metáforas (“se le partieron las telas dentro del corazón”, “lengua sin manos, ¿cómo te atreves a hablar?”).

Dos bóvedas de cañón en forma de cruz

El arco de medio punto, visto en profundidad y combinado con las columnas, crea la bóveda de cañón. Los claustros románicos solían construirse en forma de dos bóvedas de cañón transversales que, vistas desde el cielo, formaban una cruz. Era un mensaje de fe para la divinidad. El destierro y la afrenta son la cruz con la que ha de cargar El Campeador.

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La girola del templo

Pero si algo nos enseña este poema épico es que su protagonista jamás se deja crucificar sobre el sacrificio, sino que asume su destino y se yergue sobre él. Convierte la cruz del sacrificio en la espada de la honra. Es como si su propio nombre se añadiese a la cabeza de la cruz, a la manera de una empuñadura que la convierte en espada.

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La espada es tan importante en este poema que quizás pudiera reescribirse tomándola a ella como protagonista. La Colada, más que espada, es amuleto: cuando no la posee aún, el Cid es desterrado; cuando la gana, recupera el favor del rey; cuando la regala a los infames de Carrión, son agraviadas sus hijas; cuando la recupera, venga la afrenta. La Colada es una metáfora del Cid .

A través de este símbolo (cruz/espada) el mismo Rodrigo Díaz de Vivar deviene un elemento arquitectónico común en las iglesias románicas: la girola. Tratándose de centros de peregrinación, la girola era la parte en la que los visitantes giraban para salir del claustro. ¿No simboliza la C de Cid ese movimiento? ¿No significa “Cid”, en árabe, “Señor”?

Nadie busque en estas palabras tan breves y especulativas como su objeto un milímetro de  verdad. Ni siquiera un ánimo como el que alentó a Fulcanelli en su obra El misterio de las catedrales. He aquí apenas un tributo a mis inolvidables profesores, a mi esposa, que conoce al dedillo los amores del Cid y Jimena, y a aquel ser desconocido que abandonó, en agosto pasado, los dos volúmenes de Historia de la literatura española, escritos por Ángel del Río, en un basurero de Centro Habana. 

 

* Dedicatoria:
En 1980, cuando tenía 12 años, comencé el séptimo grado en la escuela Lenin. La primera asignatura que recuerdo haber estudiado allí fue Literatura española, con la excelente profesora Teresa Romero, a quien todos le decíamos cariñosamente La Paloma. La primera obra que ella nos enseñó fue el Cantar de Mío Cid. No está de más decir que allí nació mi amor por la literatura española, matriz principal de la literatura hispanoamericana. Tres años después, cuando cursaba el décimo grado, tuve otro gran profesor de literatura universal que trajo a mis pies desde las canciones de trabajo hasta la Divina Comedia. Dicho profesor se llamaba Roberto Espinosa, aunque todos le apodábamos El Griego, por la pasión con que leía en el aula aquellos versos inaugurales de la Ilíada: “Canta, oh diosa, la cólera del pélida Aquiles…”. Ambos profesores me enseñaron a amar la palabra escrita. A ellos, a La Paloma y a El Griego, van dedicadas estas páginas.
 
Bibliografía:
Anónimo/Guillén de Castro. Cantar de Mío Cid/Las mocedades del Cid. EDIMAT LIBROS, S. A., Madrid, 2007.
Del Río, Ángel. Historia de la literatura española (2 vol.), Edición Revolucionaria, Instituto del Libro, La Habana, 1968.
Notas:
[1] Historia de la literatura española, vol. I, p. 30.
[2] En realidad, él solo tuvo un hijo.