El Festival del Caribe en la memoria: un fuego que no se apaga

Reinaldo Cedeño Pineda
6/7/2020

Una olimpiada, una olimpiada sui generis, una olimpiada de la cultura. Eso es el Festival del Caribe o Fiesta del Fuego de Santiago de Cuba. Lo he vivido desde su surgimiento en el albor de los ochenta, desde que lo soñaron como un encuentro de las artes escénicas, desde que hizo emerger una institución que la sustentaría: la Casa del Caribe. Lo he visto crecer por las calles de Santiago de Cuba, por sus instituciones más allá de la ciudad, más allá de la Isla, hasta convertir al Caribe en un ardor, en una filosofía, en un destino.

Uno de los dioses tutelares del convite es Joel James Figarola, un intelectual de talla mayor al que todavía habrá que justipreciar en toda su magnitud. Me parece verlo con su barba y sus botas desandando la ciudad, con su verbo cortante y sus espejuelos, en una defensa esclarecida de la creación que sale de las entrañas del pueblo, que se aviva dentro de él, que constituye sustento de nuestra independencia.

Joel James, fundador y director hasta su fallecimiento de la Casa del Caribe. Foto: Internet
 

Esa es la divisa espiritual que defiende la cita de cada julio. Así lo dijo, con sus propias palabras: “La cultura popular tradicional se hace y se rehace a sí misma en virtud de los impulsos anónimos de hombres y mujeres, también anónimos, de los pueblos. (…) Esto constituye un milagro y al mismo tiempo constituye un misterio”.

Por ese misterio, por ese milagro, por esos creadores “anónimos” apostaron los organizadores y los participantes con una tenacidad de encomio, para convertir este encuentro en un crisol de espiritualidades y saberes, en una parada obligada para conocernos y para reconocernos.

Durante cuatro décadas los soles y las lomas de Santiago han acogido a poetas y académicos; a bailadores, artesanos y defensores de los cultos sincréticos; a músicos, pintores, teatristas, comunicadores; a artistas de todas las manifestaciones que portan en sí la identidad de nuestros pueblos. Todos en un haz.

En el coloquio El Caribe que nos une; en los talleres de las diferentes manifestaciones; en el encuentro de poetas El Caribe y el mundo; en los pasacalles y escenarios teatrales; en las comidas, en la música, en el aire impregnado de color, el Caribe asoma con multiplicidad coherente, sin paradojas, sin que importen demasiado los colores o las lenguas. Un sonido lo emparenta todo y empieza a destilar la esencia de aquí y de allá.

El Festival ha confirmado la tesis de que el Caribe no es un espacio meramente geográfico, no se refiere solo a las islas sonantes, ni a las costas del centro de América, ni a la rivera sudamericana, a la Luisiana, a la Florida. El Caribe es un espacio espiritual, una artesa donde se funden las creencias más profundas, las tradiciones más arraigadas, los símbolos perennes y los quereres irrenunciables, que acompañan el ser y el existir de la gente del Caribe dondequiera que esté.

Ecos de la Fiesta del Fuego. Foto: Tomada de Trabajadores
 

A la memoria de Maurice Bishop y a Granada rindió homenaje especial la Fiesta del Fuego en una de sus primeras convocatorias. A Guyana, a Haití y al centenario de la abolición de la esclavitud en Cuba se dedicaron otras en los ochenta. Sería pretencioso, sería imposible escrutar lo que en cada Festival ha acontecido. Son memorias por escribir. Esta es apenas una aproximación desde mis propias experiencias y emociones. Acaso un mosaico por recomponer, algunos hitos, ciertos detalles.

Tres mujeres del Caribe

La jíbara Lucecita Benítez, la dominicana Sonia Silvestre y la cubana Sara González protagonizan, en el estertor de los ochenta, uno de los acontecimientos más notables de la historia de los Festivales: el espectáculo Tres mujeres del Caribe, que devino gira por Cuba y que luego Miriam Talavera recogería en el documental Como una sola voz (1989).

Estoy ahora mismo en el Anfiteatro Mariana Grajales de Santiago de Cuba, inquieto, extasiado. Tres estilos, tres pasiones. ¿Quién que la escuchó puede olvidar aquella tarde que hizo época y aquellos versos que ahora reviven: “La tarde está llorando y es por ti / porque ve la soledad de mi camino”? ¿Quién no la aplaude en su monumental “Dónde podré gritarte que te quiero”? ¿Cómo se puede cantar así de grácil, así de grande “aquellas canciones que hablan de amores”? Ella es la musicalidad, la transición, el puente.

Lucecita es la explosión. La escucho ―mejor, la vivo― en un poema musicalizado de Juan Antonio Corretjer, “Canto de alabanza”. Un riesgo, un tema que se prolonga por ocho minutos. Un tributo a la historia, a los olvidados, a los de la ergástula. “De entre esas manos nos salió la patria”, dice. Cada sílaba brilla. El coro amplifica, ella responde. El grito se transforma en tributo; la memoria, en arte. El cielo quiere caer.

Y llega Sara, la nuestra, la inolvidable Sara. La pista es fuego. Avanza como ella sabe, envuelta en su fuerza. Serena toma el micrófono. Canta a capela, al desnudo, el antológico tema de Eduardo Ramos, “Su nombre es pueblo”. Abre los brazos, golpea el aire. El cielo cae:

A los héroes
se les recuerda sin llanto,
se les recuerda en los brazos,
se les recuerda en la tierra;
y eso me hace pensar
que no han muerto al final,
y que viven allí
donde haya un hombre presto a luchar,
a continuar.

El Nobel de Aracataca

Año 1996. El Festival del Caribe se detiene en la cultura de Colombia. Recuerdo el concierto del Orfeón Santiago, en el rejuego de espejos con el maestro Electo Silva: el director le exigía un brillo especial a los cantores y estos, a su vez, le retaban a que brillara.  Entre los espectadores estaban la célebre folklorista Sonia Bazanta Vides, conocida como Totó la Momposina, y Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura.

La sala del Teatro Heredia se apretuja en torno al autor de Cien años de soledad, casi le asfixia. De todas partes salen personas en busca de un autógrafo. Se extienden pañuelos, libros. Hay quien pone la palma de su mano. Tengo que reptar para aproximarme, para extender mi grabadora. Hay un collar de micrófonos a su alrededor, una risa temblorosa como barrera.

García Márquez representó a su país en el Festival del Caribe de 1996, edición dedicada a Colombia. Foto: Internet
 

Alguien llega a su rescate, pero antes, antes de que se nos escape por las calles de Santiago, el universal colombiano nos habla de la Colombia dúplex del Atlántico y del Caribe, de la Colombia interior, de las letras. Y de Cuba. Tengo grabada aquella respuesta como una saeta: “¿Cuba? ¡Cuba! Ahora, en estos momentos, es la barrera que ha impedido que Estados Unidos esté en la Patagonia”.

El Cimarrón              

Subí al Cerro del Cardenillo, por escarpadas sendas subí. Llegué al poblado de El Cobre, a una veintena de kilómetros de Santiago de Cuba. Es el primer lugar que dio la libertad a sus esclavos en Cuba. Tierra de minas, de rezos, y también de lucha, de apalencamientos. En la cima se alza el Monumento al Cimarrón, del reconocido escultor Alberto Lescay Merencio. Tras la inauguración, el lugar es espacio de danzas y ceremonias en cada Fiesta del Fuego.

He estado cerca de la pieza desde el inicio, por eso no me asombra su concepción. No hay aquí cadenas ni corporizaciones. Es una llama, una culebra, un caballo, un ala, un brazo, un grito. Es el instante de la libertad. Hierro y bronce. Una estructura vertical que se alza desde un nganga, olla de fuerza de la cultura conga.

La obra de Lescay fue inaugurada el 7 de julio de 1997. Foto: Tomada del sitio oficial del artista
 

El senegalés Doudou Diène,  director de la División de Proyectos Interculturales de la Unesco, inaugura la obra al lado de un lago azul, un lago de aguas minerales sulfatadas. El monumento y toda la historia que encarna es parte del proyecto La Ruta del esclavo, impulsado por esa organización.

Escucho al escritor Abel Prieto, entonces ministro de Cultura, hablar de un “diálogo místico” entre el monumento y la Virgen de la Caridad, la patrona de Cuba. De diálogos y de místicas también pervive el Festival del Caribe, cuyas estrellas son los artistas que hacen flamear la cultura (infinita) que le sale del pecho.