Elogio de la metatranca

M. H. Lagarde
13/9/2018

La metatranca es una suerte de subgénero literario, más bien  una degeneración de la ensayística, una ofensa a Montaigne. 

Bien pudieran situarse sus antecedentes entre los sofistas de la Grecia Antigua, cuyos representantes más destacados fueron Protágoras, Gorgias, Pródico y otros (siglo V a.n.e.), y cuya filosofía, en general,  se distinguió por su subjetivismo y por la negación de la verdad objetiva.


 Fotos: Internet

 

Pero como a todos les mentirosos les llega su hora —aunque en algún momento los sofistas fueron bien vistos en su tarea de educar a los habitantes y de aconsejar a los dirigentes en época de Platón y Aristóteles—, fueron descubiertos como tramposos y estafadores que engañaban a los individuos a través de sus discursos.

Al final pasaron a la posteridad sobre todo como maestros de elocuencia y del arte de vencer al adversario en la disputa refutando sus argumentos, sin tener en cuenta del lado de quién estuviese la verdad. Quizás, por tal motivo, de ellos solo quedó el recuerdo de su hábil juego de palabras, el filosofar retórico, justo en apariencia, pero esencialmente falso, que dio origen a la palabra sofisma, ese “argumento falso o capcioso que se pretende hacer pasar por verdadero”.

Pero para no caer en la trampa del objeto de nuestra crítica —o sea, en la metratranca—, vayamos directo al grano.

Algunos diccionarios en internet (tuBabel.com) definen “metatranca” como un modismo cubano que significa: “algo enrevesado y sofisticado (sobre todo teóricamente); algo simple explicado de manera compleja innecesariamente”, y a  la “meta tranca” como: “mentiras, cuentos y chismes”.

La primera acepción alcanzó su mayor expresión en Cuba en los inicios de los años 80 del siglo pasado, en pleno auge de un movimiento de las artes plásticas que reflejaba el quehacer en esa esfera de la cultura que había tenido lugar en otras latitudes por lo menos 20 años antes. Igualmente trasnochadas, se ponían de moda en la “aldea” intelectual de la Isla la semiótica de Eco, la lingüística de Chomsky, la condición posmoderna de Jean-François Lyotard y un renacimiento lezamiano que llevó a más de un aspirante a filósofo a escribir largos tratados sobre arte, cuyo significado críptico todavía debe estar siendo descifrado en algún Centro de Estudios de lo Incomprensible. 


 

La metatranca, en la mayoría de los casos un intento seudointelectual de aparentar a toda costa una cultura que no se tenía, llenó páginas y páginas de las revistas culturales de la época, dándole al metatrancoso, siempre esotérico en su mensaje, pero igualmente amable con el objeto de sus críticas (sobre todo si el criticado pagaba bien), un rango de “intelectual superior”.

Pese a las recurrentes citas de Foucault o Derrida, con el auge de los estudios sobre la historia y la cubanía que marcó el panorama cultural a finales de los 80 e inicios de los años 90 —quizás porque en este caso el contenido determinó la forma— el genéro metatrancoso comenzó a decaer, pero no despareció del todo. 

La ola de “profundos pensadores” ininteligibles dejó la resaca de su huella en una generación que confunde la Academia con el periodismo, y que escribe no pensando en el lector al que se dirige, sino en las interminables páginas de su último “artículo”, que conformarán el capítulo de su próximo libro.  En el mejor de los casos, al metatrancoso, más que transmitir un mensaje lo que le interesa es engordar su curriculum. De ahí esas infinitas referencias históricas con las que comienzan sus textos, para que el lector ingenuo piense que son frutos de sus muchas lecturas. En realidad, las extrajo de algún resumen de Wikipedia.

Con la llegada de internet y las redes sociales ahora prolifera la metatranca de última generación. ¿La cuarta o la quinta? Da igual. La practican algunos intrusos profesionales que, de buena fe, se han creído el cuento del llamado periodismo ciudadano, antiguos funcionarios venidos a menos y nuevos amanuenses a quienes se les paga por jugar a la glasnot.

Son los nuevos sofistas de la internet, cuya función consiste, como en el caso de sus antecesores griegos, en contaminar la verdad con falsos razonamientos, manipulación de hechos, alardes de sapiencia y malabares de palabras. 

Son los que trastocan la historia, y para hablar de actitudes como la lealtad, no importa que venga o no al caso, fundan hasta una cátedra de estudios sobre algún distinguido personaje del siglo XVI. 

La metratranca, enigmática, cansona y falsa es, por suerte, solo para el deleite de un grupito de escogidos, “doctos” en todas las materias, que se enajenan en su propia “sapiencia”. 

De ahí que merezca este elogio.

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