Epidemia

Liset Reyes Aldereguía
3/12/2018

Presiona el interruptor. Aplasta el cigarrillo en la mesa deteriorada. Se quita el sombrero. Escucha el sonido que emite el reloj en su movimiento de manecillas, pronto serán las tres. Enciende la grabadora: uno, dos…

‒ Comencemos. ¿Cómo te llamas?

‒ Ricardo.

‒ ¿Qué relación tenías con Marta?

‒ Estábamos casados.

‒ ¿La asesinaste?

‒ Sí.

‒ ¿Por qué?

‒ No sé, mi amigo me lo contó… No pude resistir.

‒ ¿Qué te contó?

‒ A él le ocurrió lo mismo.

‒ ¿Deseas agregar algo?

‒ Tengo sed.

El interrogador detiene la grabación, recoge el sombrero, apaga la luz. Sale del cuarto apresurado. Informa a los superiores y regresa a casa. Se siente mal. La garganta seca le exige agua. No puede dejar de pensar en el filo de los cuchillos, la dureza de las sogas, la rapidez de las balas. Aprieta los puños. Ya casi son las seis. La esposa está al llegar.