Noviembre de 2020 nos trajo la triste noticia de la muerte de Fernando “Pino” Solanas a causa de la COVID-19, en un hospital parisino. El cineasta tenía 84 años y asumía en la capital francesa las funciones como embajador de Argentina ante la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Nos dejaba sus creaciones cinematográficas y lecciones de una ética y compromiso político puestos al servicio de la nación a la cual sirvió hasta el último día.

La militancia discorde de “Pino” Solanas no era solo una cuestión política, sino más bien vital. Foto: Cortesía de la autora

Su vocación latinoamericanista fue notable. La singularidad de los pobladores de estas tierras encontró una interpretación certera en su relevante aporte cinematográfico, con filmes como Los hijos de Fierro, Tangos, el exilio de Gardel y La hora de los hornos.

Lo conocí durante su visita a La Habana en diciembre de 1994. Llegó para presentar la película El viaje, durante el XIV Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Como primera impresión recibí la de un hombre discrepante desde el nacimiento. Se mostraba frío y áspero, síntomas que algunos traducen en arrogancia y pedantería. Sin embargo, al avanzar en la conversación con él, la imagen de ser impenetrable e inaccesible comenzó a ceder. Sobre todo, cuando me confesó sin temores que de chico era más o menos inteligente y despierto, pero nada excepcional y que cada paso le había costado mucho gracias a su proverbial timidez. Durante la infancia y la adolescencia no sabía hablar, cosa que luego se trastrocó en una fluidez increíble que, en reiteradas ocasiones, lo llevó a perder la voz.

El aspecto del hombre con el cual logré una empatía a los pocos minutos de iniciar el diálogo, era el de un joven con melena blanca. Junto a los ojos azules muy inquietos, la nariz respingada y una estatura nada despreciable, me impactó su apariencia al estilo de algún personaje de los que imaginaba en la infancia al leer los cuentos de Hans Christian Andersen, de esos que encantan a los niños.

Cierta cojera lo acompañaba después que lo balearon en su país, al día siguiente de un juicio al que lo sometió el expresidente Carlos Ménem por sus reiteradas acusaciones a un gobierno que el cineasta calificaba de inmoral, traidor al voto popular, dilapidador del patrimonio nacional y corrupto.

Su militancia discorde no era solo una cuestión política, sino más bien vital. “Pino” Solanas la trasladó al cine y se convirtió en uno de los directores latinoamericanos más reconocidos por la originalidad de sus propuestas, que reflejan como pocas al continente mediante una elaboración decorosa, que cuida los detalles, y con una vocación contemporánea, resultado de sus constantes búsquedas en el universo de la cultura argentina.

Su cinematografía es alegoría espiritual de este “Nuevo Mundo allende los mares” europeos que sigue sufriendo el saqueo y la sumisión. Se trata del cine de los pueblos latinoamericanos que se inventaron a sí mismos, como el Martín Nunca de su película El viaje, quien buscando a su padre realiza un periplo al corazón del continente en una travesía descubridora de los “viajes” de la Historia.

“Su vocación latinoamericanista fue notable. La singularidad de los pobladores de estas tierras encontró una interpretación certera en su relevante aporte cinematográfico”. Foto: Tomada del sitio web del Ministerio de Cultura de Argentina

Las obras de Solanas son una suerte de caleidoscopio histórico de los hombres comunes de estas tierras, con sus encuentros, desamores y exilios —desde los íntimos hasta los visibles—. Nadie puede contarnos con exactitud el “cuento” de sus filmes porque resulta difícil conseguir una interpretación literal. No hay cómo explicar la fuerza de muchas de sus imágenes, ni modo de describir en palabras el juego de las sonoridades que las acompañan; ni siquiera reproducir ese universo novedoso que, sin embargo, parece reflejarnos a nosotros mismos: como un ayudar a reconocernos, como una larga travesía por mar con la tranquilidad de puertos seguros y el desasosiego de sus naufragios.

Me lo corroboró su percepción manifiesta de interpretar el proceso creativo como un hecho caótico. Pero, ¿no afectó ese caos al resultado final?

La creación es siempre desordenada y caótica —confesó—. Un acto de ida y vuelta como hacer camino. Un camino sinuoso, lleno de curvas, paradas, regresos. Como es el camino de construcción de cualquier vida. Por supuesto, solo si eres permeable: creo que un realizador de cine tiene que ser como una esponja y saber recuperar los aportes creativos, sobre todo de los actores.

Trabajo con un método que es el de las alternativas. Busco por lo menos tres variantes de cada secuencia, idea, actor, planteo cinematográfico. Sales buscando una cosa y de pronto descubres otras. Si el simple acto de voluntad fuera garantía de encontrar las perlas y piedras preciosas que necesitas, estaríamos llenos de buenos autores y de cosas lindas.

Muchas veces existe una imagen mitificada del proceso creativo. Es un tema que me interesa particularmente, porque me costó mucho trabajo hacer cosas. A los 17 años comencé a aprender música, luego estudié teatro, y en medio de todo eso quería hacer cine. Pero me sentía el último ratón o cucaracha de la Tierra porque era malo y tenía muchas ganas de ser bueno.

He hecho toda la vida aquello que dice el personaje que interpreta Fito Páez en mi película El viaje: “Para hacer algo bueno no hay que trabajar como un caballo. Hay que trabajar como veinte caballos durante veinte años. Lo demás es estar inspirado”. 

¿Cree en la inspiración?

Sin la inspiración no hay nada trascendente. Sin esa acumulación de 95 por ciento de trabajo tampoco. Encontrar perlas e ideas brillantes es posible en tanto y cuanto salgas a buscarlas. Salir a buscarlas es levantarse y trabajar 12 horas diarias en tu proyecto. Y de pronto, caminando, durmiendo, comiendo, se unen los cables y las cosas.

¿No es esa proposición un poco arriesgada?

La creación es siempre un riesgo para quien no se conforma con imitar. Cuando estudias composición musical, entre los trabajos está hacer un preludio a la manera de Bach. Pero no te podés quedar ahí. El artista no puede dejar de crear forma y lenguaje. Esa es su identidad.

¿Creando formas no está modelando un lenguaje?

El lenguaje es toda su expresión y termina creando una obra que tiene una forma determinada.

¿Considera que en sus películas logra eso?

Lograr siempre lo logro. No se sabe si es bueno, regular o malo. Pero cada película tiene una forma y un lenguaje. Hay cosas que he logrado y otras no, porque en cine hacer realidad las imágenes que tienes en la cabeza pasa por otra instancia que es material: el dinero.

¿El cine es imagen más que nada?

Esencialmente imagen.

Entonces piensa en imágenes para él…

Claro, si no sería escritor. Hay una gran deformación en creer que el cine es guion, y entonces terminamos en un cine que es la puesta en imágenes de diálogos y peripecias. Lo difícil en una película es inventar la imagen, no la intriga. Por eso el mejor cine fue el mudo. Si cierras los ojos, fíjate, se acabó el cine. Si te tapas los oídos, él puede seguir existiendo.

¿Y cómo explica entonces que en sus películas la música determine tanto?

Aprovecho el cine sonoro. Sería un tarado al no utilizarlo. Pero nada puede ser superior a la imagen, como la de un pintor. El cine es arte plástico en movimiento. Utiliza todas las artes. De la literatura porque cuenta historias, en el caso de las películas de ficción. Del teatro como convención dramática, juego en escena del actor; y de la música porque se desarrolla en el tiempo y la música es la reina de las artes del tiempo.

Como el cine fluye entre tensiones, progresiones, cambios de ritmo, si no sientes el tempo dramático de una secuencia, el tempo musical, es difícil que puedas poner en escena. Así llegas a lo trascendente que es inventar una imagen que no se parezca a otras.

“Me he pasado la vida viendo películas, pero el referente no es quedar encerrado en la fortaleza del cine. Lo que enriquece es salir de ella y si vas a buscar identidad debes hacerlo en tu tiempo y en tu realidad cultural”.

Pero siempre se parecerá a algo.

Lógico que en arte nada se inventa de la nada. Retomas de la tradición, pero inventas una nueva salsa. Un poquito de pimienta dulce, un poquito de orégano… y así la propia. Yo trato de inventar la mía no solo del cine, mucho más de la cultura popular y de la vida.

Claro que tengo una cultura cinematográfica. Me he pasado la vida viendo películas, pero el referente no es quedar encerrado en la fortaleza del cine. Lo que enriquece es salir de ella y si vas a buscar identidad debes hacerlo en tu tiempo y en tu realidad cultural.

¿Por qué ese énfasis en la cultura popular?

Porque expresa con una riqueza inigualable la identidad de un pueblo y generalmente mucho más que las expresiones cultas. Estas últimas están muy tamizadas por todas las otras culturas. En ese sentido, las expresiones populares son un poco vírgenes, salvajes. No hay nada como la música popular para expresar de manera directa y simple el alma de un pueblo.

¿Niega entonces las elaboraciones cultas?

De ninguna manera. De hecho, hago una elaboración culta de los elementos de la cultura popular. De la música y el canto populares he sacado muchos ingredientes para mis películas. Los latinoamericanos tenemos un tesoro inigualable en ese sentido. Es gente que baila. La música acá pasa por el cuerpo y la garganta. Vivimos en un continente de poesía extraordinaria, de lenguajes corporales. Y todo eso lo hemos regalado. ¿Por qué no lo hemos usado?

¿Le parece que el cine latinoamericano no ha sido tan consecuente con esa riqueza?

Muchas veces hemos mirado afuera, o nos hemos encerrado en la fortaleza de los modelos cinematográficos. Un absurdo. Eso no quiere decir que no hay que aprender. Pero conocerlo todo no significa alejarnos de las manifestaciones más bellas de nuestra cultura y de la vida.

En cine ¿qué es lo valioso? Que es el único arte que puede capturar al ser humano viviendo. Por lo tanto, es irremplazable. A través de una película veo la gestualidad, la emoción, la manera de hablar y de moverse de los hombres y mujeres de un país, del mundo. Sobre todo, soy un atento observador de cómo se manifiesta nuestra gente al hablar.

¿Y cómo hablamos?

Los latinoamericanos no hablamos como los europeos o los sajones. Fíjate que ya la estructura gramatical o la sintaxis de nuestras lenguas son bien distintas. El sajón tiene una lengua muy concreta, sintética, pragmática. La nuestra obedece a un gran río interior de pasión que nos lleva a hablar con una frondosidad y una riqueza de palabras inigualable.

Empezamos hablando de un tema y seguimos para otro y así damos la vuelta al espinel y volvemos al tema de partida. La digresión en la estructura de comunicación del latinoamericano es una parte sustancial de su expresión. Por analogías o antagonismos se enriquece lo que se relata. Hablamos con continuas metáforas: es como, se parece a… Utilizamos mucho el humor.

El montaje del cine occidental, con una estructura más cerrada y acabada, tiene que ver con algo más profundo que es cómo se comunican, cómo es la estructura de su lengua. Yo, como latinoamericano, quería hacer un cine libre como lo son nuestras conversaciones, sin perder el cable a tierra, dando testimonio de esta América en la que vivimos.

¿No le parece que su cine no es la moda?

Está a contramoda, lo sé. Quedé gratamente emocionado por cómo pegó mi película El viaje aquí. En general en Argentina y en el sur, ha sido vista con un poco de recelo porque somos anacrónicos. Seguimos hablando de la unidad latinoamericana, de la política, de lo social. Hoy impera el postmodernismo, la frivolidad, la banalidad. Es el reino del cine norteamericano con salsa de otro país.

“En muchos casos no estamos a la altura de la espontaneidad, la imaginería, la belleza y la magia de nuestra gente. Y lo que coloques en cine tiene que ser lo mejor”.

Algo como que los latinoamericanos somos de una forma y no sabemos reconocernos así.

Esa es la enajenación. Un viejo fenómeno de desvalorización e inferiorización, producto de nuestros distintos procesos colonizadores. Las capas “cultas” de nuestro continente, la intelectualidad, vivieron siempre un complejo de inferioridad con respecto a los grandes modelos y al “gran saber” que estaban puestos afuera.

Siempre hemos vivido royendo como si fuéramos ratones tardíos las últimas invenciones de afuera, y se nos escapan de la mano nuestros mejores personajes. En muchos casos no estamos a la altura de la espontaneidad, la imaginería, la belleza y la magia de nuestra gente. Y lo que coloques en cine tiene que ser lo mejor.

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