Frank País, la convicción del héroe


30/7/2019

En esta ciudad de Santiago de Cuba nació, el 7 de diciembre de 1934, exactamente 38 años después de la caída en combate de Antonio Maceo, el héroe de la lucha clandestina, Frank País García. Hermoso simbolismo de continuidad, porque si la muerte del Titán de Bronce marca el homenaje a todos los caídos en las gestas independentistas cubanas del siglo XIX, la de Frank señala igual tributo a los mártires de la última etapa de la lucha insurreccional.

Tanta historia protagonizada por este joven, casi desborda el límite de su corta edad. El mismo 10 de marzo de 1952, ante el artero golpe militar batistiano, Frank se presenta, junto a un grupo de jóvenes, al Regimiento del Moncada. Indaga por la situación y pide armas para oponerse al golpe.

Habla de marchar hacia Occidente, como lo había hecho Antonio Maceo. Ante la claudicación de los militares, se refiere al triste destino del país, al cual quienes le han jurado amor, respeto y honra, no eran ahora capaces de defenderlo.

Frank País García. Foto: Tomada de Sierra Maestra
 

Luchas estudiantiles. Manifestaciones y huelgas. Creación de organizaciones para encausar la resistencia y oposición, como Acción Revolucionaria Oriental y Acción Nacional Revolucionaria. Luego, su incorporación al Movimiento Revolucionario 26 de Julio, en el cual asumiría la jefatura de la lucha clandestina hasta su muerte.

En numerosos artículos denuncia al tirano y llama al pueblo al combate.“¡10 de marzo! Derroche de fanfarronería, mientras cunde el miedo, la incertidumbre, el hambre, entre el pueblo de Cuba, y los ya acostumbrados tiros, golpes, detenciones, cárceles y arbitrariedades para los estudiantes por los muy fieles defensores del gobierno (…) ¡Centenario martiano lleno de dolor, sangre y tristeza!”, escribe.

Cuando Frank viaja a México para entrevistarse con Fidel con el objetivo de organizar el reinicio de la lucha armada —lo hizo en dos ocasiones en 1956— el jefe de la Revolución quedaría impresionado sobre la personalidad de Frank y así lo manifestaría en carta dirigida a María Antonia Figueroa, integrante de la dirección del Movimiento Revolucionario 26 de Julio en Santiago de Cuba. “He podido comprobar todo cuanto me habías dicho sobre las magníficas condiciones de organizador, el valor y la capacidad de F. Nos hemos entendido muy bien (…)”.

A partir de entonces, crecería la responsabilidad de Frank en las grandes batallas por venir. Se organizan y actúan con mayor celeridad las células clandestinas. Se prepara y ejecuta, bajo su dirección personal, el alzamiento armado del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba, con acciones en otros puntos del país, con el objetivo de atraer la atención de las fuerzas armadas batistianas y que éstas no pudieran concentrarse contra los expedicionarios del Granma, comandados por Fidel.

En los días posteriores, la capacidad organizativa de Frank País ganó nuevas dimensiones. La estructuración y misiones de las milicias clandestinas en todo el país. El respaldo a la lucha guerrillera en la Sierra Maestra, incluyendo la organización y envío del primer refuerzo, integrado por más de 50 combatientes, en marzo de 1957. El combate abierto a la tiranía en plena calle. El ajusticiamiento a los esbirros y delatores al servicio del régimen asesino.

Su madurez política es acelerada. En mayo de 1957, escribe en una de sus circulares a los combatientes, “Surge en el Movimiento 26 de Julio un nuevo concepto, una nueva idea, que recoge las frustraciones cubanas desde 1902 hasta la fecha y trata de aprovechar las experiencias históricas para unirlas a las necesidades económicas, políticas y sociales de nuestra patria y darles las verdaderas soluciones”.

Y en esa misma circular deja bien claro el contenido de su pensamiento político, al afirmar. “Pero hay más, no sólo aspiramos a derrocar una dictadura que mancha nuestra historia de pueblo amante de la libertad, no sólo aspiramos a poner fin a la bancarrota económica, no sólo aspiramos a administrar y vivir honradamente, no sólo aspiramos a devolver la paz y seguridad al pueblo de Cuba, aspiramos y esto debe estar bien claro en todos los militantes del M-26-7, a encauzar a Cuba dentro de las corrientes políticas, económicas y sociales de nuestro siglo”.

Se refirió Frank a las aspiraciones de conmover a todos los sectores del país y al fomento de planes para ponerlos a trabajar en beneficio de la Patria Nueva, así como a remover, derribar, destruir el sistema colonialista que aún impera, barrer con la burocracia, eliminar mecanismos superfluos, extraer los verdaderos valores e implantar de acuerdo con las particularidades de nuestra idiosincrasia las modernas corrientes filosóficas que imperan actualmente en el mundo.

Su visión, lo condujo a la concepción de integrar a todo el pueblo a la lucha. A los obreros les prestó especial atención, identificando en ellos una fuerza decisiva para derrocar al tirano. Así fue Frank hasta el día de su muerte. Aún siendo tan joven y sumido en la más férrea clandestinidad, el pueblo santiaguero lo conocía, lo admiraba y lo seguía. El dolor ante su asesinato se convirtió en fuerza del pueblo que se lanzó a las calles, se declaró en una huelga espontánea, lo acompañó hasta el cementerio con flores, banderas cubanas y del 26 de Julio, con gritos de ¡Abajo Batista!, ¡Viva la Revolución!, ¡Viva Fidel! Y tanta fue la rebeldía, que los esbirros, asustados, se encerraron en sus guaridas, temerosos hasta de su propio crimen.

Interpretando el sentimiento del pueblo ante ese episodio lacerante, el Comandante en Jefe Fidel Castro, en carta a Celia Sánchez Manduley, escribiría poco después unas sentidas líneas que retratan al héroe en toda su dimensión. “No puedo expresarte la amargura, la indignación, el dolor infinito que nos embarga. ¡Qué bárbaros!, lo cazaron en la calle cobardemente, valiéndose de todas las ventajas de que disfrutan para perseguir a un luchador clandestino. ¡Qué monstruos! No saben la inteligencia, el carácter, la integridad que han asesinado. No sospecha siquiera el pueblo de Cuba quién era Frank País, lo que había en él de grande y prometedor. Duele verlo así, ultimado en plena madurez a pesar de su veintitrés años, cuando estaba dándole a la Revolución lo mejor de sí mismo”.

Ahora recordamos a Frank y lo vemos como él quiso, como un eterno joven. Y rememorando su afirmación de que “cuando quede un solo cubano que crea en esta Revolución, ese cubano seré yo”, se nos ocurre, como el homenaje más sentido en este nuevo aniversario de su caída, reiterar nuestra convicción de que mientras quede un solo cubano con vida, esta Revolución no será destruida por nada ni por nadie.

Cuatro grandes amores en la vida de Frank País

El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Tal definición fue hecha por el Che, quien agregó que es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esa cualidad.

Frank País García cayó asesinado en Santiago de Cuba cuando aún no había cumplido los 23 años de edad. Era el máximo jefe de la lucha clandestina y con su audacia y capacidad organizativa representaba un puntal de la guerra revolucionaria en el llano. Pero a esa virtud, Frank unía otra: la de amar con intensidad muchas cosas que formaban parte de su vida y de su lucha.

A veces, su grandeza como combatiente, la dimensión de su figura y su sitial entre los más venerados héroes de la Patria, nos inclinan a hablar sobre él sólo en el plano de lo épico. Pero Frank fue mucho más que un gladiador. En su corta edad, se había desarrollado como revolucionario, sin faltarle la cualidad señalada por el Guerrillero Heroico.

Frank País junto a su mamá Doña Rosario. Foto: Tomada de Sierra Maestra
 

¡Cómo quería a su mamá!

La exclamación fue de Doña Rosario, su progenitora. “Él procuraba siempre que su mamá no se sintiera mal. Cuando yo estaba triste o enferma, por la mañana, bien tempranito, levantaba a los muchachos y prendía la candela”. Y distribuía los quehaceres domésticos: Josué, la limpieza; Agustín, los mandados.

Un día de las madres no tenía nada que poder regalarle a su mamá. Con sus hermanos, siguió unas carretillas cargadas de carbón, de las que algunos se escapaban y quedaban en el suelo. Los recogieron y se los llevaron a Doña Rosario como el más sentido regalo.

“No está bien que yo, que soy su madre, lo diga, pero era una joya (…) Cada día de las madres a las 5 de la mañana, entraba a mi cuarto, seguido de sus hermanos. Me despertaban con una canción. Me regalaban flores. Luego se quedaban conmigo hasta el amanecer. Me hacían chistes y cuentos. Más tarde, ni aún en lo más crudo de la lucha dejaba de enviarme Frank, el Día de las Madres, un ramo de flores”.

“Frank me daba medicinas cuando me enfermaba y hacía guardia al lado de mi cama”.

Hermano, ¡Hermano mío!

Frank sentía un amor profundo por su hermano Josué. Un cariño transformado en devoción. Lo llamaba “mi niño”. “Acaba de decírmelo… Josué”. Así le dijo Frank a Léster Rodríguez, cuando éste le comunicó que habían salido algunos carros a la calle y se reportaban algunos muertos. Lo había presentido.

En carta a Fidel, fechada el 5 de julio de 1957, le expresa (…) “Aquí perdimos tres compañeros más, sorprendidos cuando iban a realizar un trabajo delicado y que prefirieron morir peleando antes que dejarse detener, entre ellos el más pequeño que me ha dejado un vacío en el pecho y un dolor muy mío en el alma…”

La caída de su hermano lo angustia. Y de ese dolor brotan los versos llenos de ternura y de amor. Cuánto te quise, cómo lloré / tus penas y tus tristezas / cuánto siento el no haber sido / tu compañero de siempre / no haberte brindado mi vida. Cuánto sufro el no haber sido / el que cayera a tu lado / hermano, ¡hermano mío! / qué solo me dejas / rumiando mis penas sordas, / llorando tu eterna ausencia…

Sólo un mes más tarde, Frank País García se uniría a su hermano en el sitial de los mártires de la Revolución.

Para mí no hay nada más que ella

El amor a la Patria llena todos los sentimientos del joven. En carta dirigida a una muchacha que había sido su novia, está explícito este amor y su disposición de entregarlo todo por él.

“Soy distinto, sí, tienes una rival que me ha robado el alma por entero, que me absorbe en cuerpo y alma, que me hace circular la sangre más rápido al pensar en ella, que he sentido angustias y alegrías con ella. Que he llorado, y abundantemente, como un chiquillo, por sus tristezas. He sufrido ya tanto por ella que me siento suyo, ha tomado mi vida de una manera que no soñé nunca entregar más que a Dios. Soy suyo y ella es mía porque la quiero, la amo profundamente, de corazón.

“La conoces —continuaba diciendo en su carta— aunque la has mirado muchas veces sin comprenderla bien. Tiene la falda de listas azules y blancas, el corpiño rojo y sobre su cabeza un gorro frigio con una estrella blanca. ¿Comprendes esto?

“He olvidado todo. Tú, yo, los demás. Para mí no hay nada más que ella. No me interesa ya nada de nada, sólo ella. Me siento como poseído. En mis venas arde un solo deseo, servirla. Me vejan, me dejan solo, sufro, pero ya no me importa, ¡Qué me va a importar si la tengo a ella!”

Y fue éste, el amor de Frank País a su Patria, un amor correspondido, que sigue creciendo con el tiempo y echando raíces profundas que lo sustenta.

Y se les ve caer uno a uno…

Frank amó entrañablemente a sus compañeros de lucha. Sufrió por ellos. Para él “compartir el peligro, la fugaz victoria y el riesgo de la vida y el cariño de los demás, siembra en el alma un cariño mucho más grande que el del hermano, más profundo y recio que el de un padre, tan abnegado y noble como el de una madre”.

Su agonía se multiplica ante la pérdida de cada compañero. “Y se les ve caer uno a uno. Y se siente morir en cada caída y aprende a quererse más al que queda. Y se le ve caer también. Y al otro y al otro…”.

Sus vivencias son terribles. “Yo quería a Carlitos y lo he perdido, yo quería a Carvajal y lo he perdido, yo quería a José Tey y lo he perdido, yo quería a Tony Alomá y lo he perdido, yo quería a Otto Parellada, a Orejón Forment, a Ñico López, a Cándido González, a Saavedra, a Raúl Suárez, a Mario Lamelas (se refiere a Roberto Lamelas (N.A.), a Joel Jordán, a Guillermo Domínguez y tantos más (…) y a todos los he perdido, sintiendo con cada uno de ellos como si me arrancaran algo de mi vida”.

Tanto laceraba al joven jefe clandestino la caída de cada compañero, que llegaría a escribir: “A veces pienso si sería mejor morir y ser eternamente joven y cesar el sufrir y no vivir sintiendo la muerte de cada hermano que cae (…)”.

Así era Frank, el muchacho maestro, que tocaba piano, regalaba flores, escribía y recitaba versos, capaz de las cosas más sublimes y de las decisiones más drásticas cuando de los principios y la disciplina se trataba. Así lo recordamos hoy. Eternamente joven, enamorado de la vida. Poseído por un profundo amor a su familia, a sus compañeros y a la Patria por la cual ofrendó su vida.

 
Tomado de Sierra Maestra