La complejización del objeto de las artes visuales


16/9/2019

El futuro necesita del hombre integral

Lászlo Moholy-Nagy, La nueva visión

 

El siglo XX

Las artes visuales del siglo XX recorrieron un ciclo del conocimiento[1]. Su fase de ascenso se caracterizó por la construcción gnoseológica del objeto artístico y la de descenso por su deconstrucción.

Las primeras vanguardias —en la medida en que potenciaban el sujeto con respecto al objeto y que, dentro de este, indagaban más lo esencial que lo aparente— tenían dos coordenadas: el subjetivismo y el esencialismo. En consecuencia, hubo vanguardias que pusieron el acento en lo sensorial y otras en lo racional.

La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí. Foto: Internet
 

Sensoriales fueron el expresionismo, el dadaísmo y el surrealismo, tendencias en las que el artista era más importante que el motivo. El expresionismo empezó como un arte de ruptura con la tradición plástica, enfatizando la subjetividad del color y la fuerza de la línea; dadá terminó siendo una ruptura con el arte, desde un subjetivismo extremo; y el surrealismo, más que una negación, se atrevió a redondear una fórmula creativa: el “automatismo psíquico puro” de Breton, la metáfora por disimilitud de la poesía vallejiana, la manida imagen del “paraguas y la máquina de coser haciendo el amor sobre una mesa de disecciones”…

Racionales, en cambio, fueron el cubismo, el futurismo y el abstraccionismo, los cuales se enfocaron en captar lo esencial[2] del objeto artístico. El cubismo se enfrascó en la representación de la contradicción en sí misma, por eso creó la perspectiva múltiple, capaz de mostrar varios planos a un mismo tiempo; el futurismo se concentró en el movimiento, y mostró varios tiempos en un mismo plano; y el abstraccionismo supo representar la contradicción y el movimiento a la vez, en un proceso que fue desde el trabajo con ángulos rectos (símbolo de la contradicción) hasta visiones cada vez más dinámicas que construían en las diagonales, aumentaban el contraste cromático o simplemente variaban los tamaños de los rectángulos.

Más tarde el expresionismo abstracto o action painting, que enlazaba nominalmente la cabeza y la cola de las primeras vanguardias, y el informalismo, desplazaron el acento hacia otro factor del conocimiento: la práctica. El pintor no solo se expresaba sino que intentaba reflejar la sensación en sí misma, captar el gesto, el instante.

Por su parte el pop coronó este ascenso al poner el énfasis en la comunicación, factor que fue ganando peso a lo largo del siglo XX. Los medios y todo lo relacionado con las nuevas tecnologías de la comunicación también devenían objetos del arte.

De este modo, del expresionismo al pop, el objeto de las artes visuales se fue construyendo a partir de los sentidos, la razón, la práctica y la comunicación. Pero tan pronto llegó a la cúspide este proceso comenzó su descenso, el cual se movió en sentido contrario, es decir, de lo comunicativo a lo práctico, de lo práctico a lo racional y de lo racional a lo sensorial. Esta deconstrucción gnoseológica es apreciable en la simplificación progresiva de dicho objeto.

El mismo pop, que señaló el fin del ascenso, marcó el inicio del descenso al no preocuparse por crear objetos extraordinarios, como era tradicional en las artes, sino en elevar a nivel estético objetos ordinarios, industriales, de consumo. Era el otro lado de la comunicación.

El arte povera y el neorrealismo francés ni siquiera utilizaron objetos comunes, sino de desecho. Su sentido práctico los hermana, de cierto modo, con otras tendencias como el performance o, en cierto modo, con el arte óptico y el cinético, que parecen situarse en la frontera entre lo práctico y lo racional.

La razón encarna en el minimal, que resalta la esencia formal del objeto, y en el conceptualismo, que se enfoca en su concepto, esto es, en el signo y su significado, más que en el referente.

Por último el hiperrealismo hizo culto de la copia cada vez más exacta del modelo. Con él, llegamos a la antivanguardia, pues la visión subjetiva y esencial, tan perseguida a inicios de siglo, cedió a otra enfocada en el objeto y su apariencia.

Como puede verse la deconstrucción del objeto artístico coincide con su simplificación progresiva de objeto exclusivo a ordinario, a desecho, a esencia formal, a concepto, a mera apariencia objetiva. Una vez llegados a este punto, ¿qué se podía hacer? Para algunos había llegado la hora final de los movimientos artísticos, solo quedaba la opción del individuo enfrentado al mundo, la fragmentación de la mirada. Pero los artistas suelen ser los primogénitos de la historia: ellos intuyen, presienten primero que nadie los grandes acontecimientos y, llegado el momento, no dudan en tomar prestado de otras esferas del conocimiento humano para seguir creando.

Siglo XXI

En los años 80 y 90, varios artistas visuales cubanos optaron por formar grupos que el tiempo ha hecho célebres: Volumen I, Artecalle, Enema, Puré, Hexágono,  etcétera. Sin embargo, en el panorama de las artes visuales cubanas más recientes parecen predominar los proyectos de corte individual, y los que tienen carácter colectivo suelen darse en el terreno académico y responder a motivos coyunturales[3].

Exposición de Los Transferencistas en la Galería Taller Gorría. Fotos: Leonor Menes Corona
 

A pesar de ello, actualmente se aprecia cierta tendencia hacia la complejización del objeto artístico, la cual se manifiesta en

1. el carácter colectivo de las muestras,

2. su enfoque inter, multi o transdisciplinario[4], y

3. su interés por dimensionar dicho objeto.

Es decir, que estamos probablemente ante una tendencia bien estructurada aunque todavía débil, dotada de un punto de partida (la colectividad), un medio (el enfoque complejo) y un fin (dimensionar el objeto). En el presente año, 2019, fue particularmente visible esta tendencia en tres exposiciones: La ciudad que habito, Presbicia y N2WH4P2.

Estos colectivos de artistas, en algunos casos, están formados solo por artistas cubanos; en otros, por cubanos y extranjeros. A veces responden a los presupuestos de un grupo preexistente; otras son reuniones coyunturales en aras de un propósito puntual.

Generalmente agrupan a artistas de varias disciplinas, que intercambian sus respectivas metodologías de trabajo, se concentran en un mismo objeto partiendo de diferentes puntos de vista o se aplican al estudio de un asunto cuyas proporciones los rebasan y exige la mirada plural.

En casi todas estas muestras se aprecia la intención, tácita o explícita, de dimensionar el objeto artístico, es decir, de transitar de manera orgánica de la visión bidimensional a la tridimensional y de esta a la tetradimensional, que a lo espacial incorpora el tiempo. Ello se traduce en la búsqueda de soluciones que van del dibujo, el grabado, la pintura y la fotografía (2D) al performance y el audiovisual (4D), a través de la escultura (3D) y la música (que trabaja con el tiempo).

“Cajas de luz”, de Lissette Solórzano. Exposición La ciudad que habito.
 
 
 

La complejidad, un signo de la verdad en las artes visuales

La tendencia a la complejización del objeto artístico en las artes visuales no debe confundirse con el barroquismo achacado a la literatura de la Isla (Lezama, Carpentier) puesto que aquí no hay yuxtaposición de elementos, sino más bien integración. Además, en este caso, se trata de algo que el arte tomó de la ciencia, que es el terreno donde, desde hace décadas, se viene hablando de sistemas complejos.

Al parecer, el afán de alcanzar un objeto estético complejo, al menos en Cuba, brota de la conjunción feliz de factores internacionales, como la teoría de la complejidad (Nicolescu, Morin), y nacionales, como la naturaleza sintetizadora del cubano (sincretismo religioso, ajiaco cultural, fusión musical, condición de pueblo nuevo en el que se mezclan las matrices étnicas y surge una entidad distinta). Nuestra necesidad de mezclarlo todo parece haber encontrado una nueva vía. En la medida en que la complejización conduce a nuevas fusiones que dimensionan al objeto de las artes visuales, también enriquece espiritualmente al sujeto y está más a tono con la naturaleza del cubano.

Exposición Presbicia.
 

No obstante, sería iluso suponer que se trata de una tendencia de carácter exclusivamente nacional. El arte es un fenómeno universal, por eso sus problemas y sus soluciones también suelen serlo. Es probable que en otras latitudes ya se hayan producido experiencias de este tipo, que abren una puerta en la creación contemporánea.

En el auditorio de Física de la universidad de Göttingen, en Alemania, está inscrita la frase latina: SIMPLEX SIGILLUM VERI, la cual significa que la simplicidad es el signo de la verdad. Es una sentencia que, sobre todo, fascina a los partidarios de la mecánica cuántica, enamorados de una visión fundamental del universo. Contradictoriamente (y esto es una virtud, no un defecto) las artes visuales, un siglo después, parecen cuestionarla y decirnos, como siempre sucede, que también la complejidad puede ser un signo de la verdad. Sobre todo de una verdad en la que está involucrada la subjetividad humana, dispuesta a sobrevivir en una sociedad globalizada.

Entre 1925 y 1928, el pintor húngaro Lászlo Moholy-Nagy escribió un libro titulado La nueva visión, en el que dejaba constancia de su experiencia como profesor en la Bauhaus. Allí dice:

…La nuestra es una era de transición, de lucha por la sintetización del total de los conocimientos. Hoy, una persona imaginativa puede desempeñarse como integrador. Lógicamente, debe renunciar a la complejidad que solo puede ofrecerle una época madura. Debe penetrar en los vastos e inexplorados territorios de nuestros días, donde cada acción puede conducir a soluciones creativas. Se puede dudar que un solo hombre sea capaz de realizar tanto; pero, quizá lo realice una comunidad y no un individuo. Los hombres de ciencia han establecido ya un sistema internacional de investigación.[5]

Esta quizás sea esa “época madura” en la que la complejidad constituye una necesidad cada vez más posible y una posibilidad cada vez más necesaria. Sea como sea, tienen la palabra los artistas.

 
Notas:
[1] Nos referimos al movimiento de lo sensorial a lo racional, de lo racional a lo práctico y de lo práctico a lo comunicativo, y luego viceversa.
[2] No olvidar que, en dialéctica, la esencia de un objeto es la contradicción interna que le imprime movimiento.
[3] David Mateo, crítico y curador cubano cuyas palabras merecen crédito dada su trayectoria y talento, ha dicho recientemente que “Los proyectos artísticos compartidos, las conceptualizaciones y operatorias grupales, han disminuido en el ámbito de las artes plásticas cubanas en comparación con otros períodos históricos, pero no por ello han perdido validez estratégica…” (Arte y comunión, palabras a la expo N2WH4P2 de Los transferencistas, en la galería taller Gorría). Según él, incluso, estamos viviendo un período de “des-socialización” en las artes plásticas.
[4] Cada disciplina tiene su objeto y su método particulares. El enfoque interdisciplinario se caracteriza por la transferencia de métodos de una disciplina a otra; el multidisciplinario, por el abordaje conjunto de un mismo objeto, lo que implica cierto grado de transferencia metodológica también; y el transdisciplinario, por el estudio de objetos que están a través, entre y más allá de las disciplinas. Naturalmente, el nivel de complejidad se incrementa del enfoque inter al multi y del multi al transdisciplinario.
[5] Lászlo Moholy-Nagy, La nueva visión y Reseña de un artista, Instituto del Libro, Edición Revolucionaria, La Habana, 1968, p. 26