La implosión martiana (I)

Noel Alejandro Nápoles González
27/1/2021

“… Las citas son mis únicos faros en la niebla”

Eco

I

La obra de Martí es una explosión. Una explosión que, onda por onda, lo alcanza todo, o casi todo. Pero hay un segmento de la creación martiana que más bien parece explotar hacia dentro. Esta implosión abarca un solo tomo, el 21, de las Obras Completas, el cual está compuesto por veintidós “Cuadernos de Apuntes”, cardúmenes de ideas cosidos por un espíritu hondo y caudaloso, exquisito y despierto.

Leonor Menes Corona, “Poesía de luz”, técnica mixta sobre papel manufacturado, 2017.
Foto: Cortesía de la artista

Suele decirse que las cartas revelan mejor que ningún otro documento las intimidades del alma. Pero puede que los apuntes personales sean aún más reveladores, pues son, si se quiere, cartas a nadie, mensajes que viajan en las olas del tiempo hasta encontrar un oído receptivo. Por eso me resultan tan interesantes los apuntes martianos, porque bocetan los contornos invisibles de un espíritu de primera magnitud.

II

Leer es pescar ideas en un mar de letras. ¿Quién no ha lanzado su anzuelo en aguas martianas e izado alguna que otra frase palpitante? Pero la frase, como el pez, fuera del agua se asfixia. Hay que lograr que siga respirando y eso solo se consigue devolviéndola a su entorno acuático. “Si quieres que una gota de agua no se evapore, reza un proverbio budista, échala al mar”.

Desde que comprendí que Martí era un hombre —extraordinario, pero un hombre al fin y al cabo—, he practicado el sano hábito de conectar sus ideas con sus coordenadas espacio-temporales. Para mí, qué dijo él es tan importante como por qué, cuándo y dónde lo dijo. Citar es el oficio de encajar el texto en su contexto. Citar es situar.

En 1871, a Martí le conmutaron la pena de prisión por la deportación a España. Con apenas diecisiete años, pasó del encierro al destierro, que era algo así como transitar del infierno al purgatorio, sin la excelsa compañía de Virgilio y Dante. En estas condiciones, lejos de su familia, de su país y de su continente, sumido en una soledad que por momentos solo logró amortiguar con la presencia del amigo Fermín y con el amor de alguna muchacha, redactó apuntes ―cuya fecha exacta desconocemos― que revelan las pisadas de su inquieta mente por los laberintos del alma. Uno de ellos, en el que curiosamente habla de sí mismo, dice así:

Para un libro. YO.

Yo tengo algo confusas mis ideas sobre mis propios sentimientos. A veces, me confieso que soy bueno. A veces, me golpeo con ira y me exaspero porque creo que brotan de mí malvados o egoístas pensamientos.

Es preciso que yo, puesto en mí, me vea por mí a mí mismo. Que me analice yo en quien soy: que yo me sepa a mí: que sobre la convicción de la absoluta independencia, con mi voluntad de mi naturaleza (sic) valerosa o débil, funde yo mi propio conocimiento, rompa yo toda otra idea de vanidad o de egoísmo.

Yo creo en la divinidad de mi esencia, toco y miro y creo en la miserabilidad de mi existencia. —Y sin embargo a veces, involuntariamente como que transijo con mi miserabilidad. ¿Qué soy yo?

Una absoluta convicción. Lo que yo soy no me lo debo a mí mismo. Yo no nací por mi voluntad. Yo no me di lo que en mí vale. Lo que hay en mí sólo es mío, en cuanto temporalmente es ello en mí. Soy lo que soy, sin que yo sea responsable de un espíritu que no pudo elegir: sin que yo pueda vanagloriarme de un alma que yo no creé. Ahora escribo…[1]

Kamyl Bullaudy, S/T, acrílico sobre madera. Foto: Cortesía del artista

Como se aprecia, el sufrimiento conduce al joven Martí al imperativo de escrutarse a sí mismo; el autoconocimiento, partiendo de su educación, le plantea un dilema entre lo divino y lo humano; y este conflicto lo lleva a la “absoluta convicción” de que su yo es consecuencia de circunstancias que lo trascienden.

Francamente, parece algo escrito por uno de aquellos filósofos que penetraron caracol adentro, espiral tras espiral, en busca del misterio elusivo del alma humana. Me refiero al introspectivo San Agustín, al ensayista Montaigne, al racionalista Descartes, al ingenioso Pascal y, sobre todo, al precoz existencialista Kierkegaard.

Pero el misterio se acrecienta cuando, noventa y nueve páginas más tarde, nos topamos con otro apunte, esta vez de 1881, que afirma justamente lo contrario:

Yo nací de mí mismo, y de mí mismo brotó a mis ojos, que lo calentaban como soles, el árbol del mundo. —Ahora, cuando los hombres nacen, están en pie junto a su cama, con grandes y fuertes vendas preparadas en las manos, todas las filosofías, las religiones, los sistemas políticos. Y lo atan, y lo enfajan —y el hombre es ya, por toda su vida en la tierra, un caballo embridado. Yo soy caballo sin silla. De nadie recibo ley, ni a nadie intento imponerla. Me salvo de los hombres, y los salvo a ellos de mí. —Vengo a la preocupación, que viene de afuera, y a la ambición, que viene de adentro. Yo soy, pues, un hombre valeroso.

Pero sufro. No se vive más que en la comunidad. —&—.[2]

Pedro Pablo Oliva, S/T, serigrafía sobre cartulina, 2013. Foto: Leonor Menes Corona

El contraste de complementarios entre las hojas amarillas de este cuaderno y la tinta violeta usada por Martí no es mayor que el que se produce entre estas dos citas, salidas de una misma pluma, pero evidentemente no ya del mismo individuo. Ningún río baña dos veces al mismo hombre.

Un Martí, no de 18, sino de 28 años, hace ahora el viaje a la inversa. En la primera frase, la angustia lo conduce al conflicto entre su palpable existencia humana y su presumible esencia divina, y de ahí extrae la conclusión de que su yo es consecuencia de lo trascendente. Sufre porque, en su visión idealista, la condición humana colisiona con la naturaleza divina. En la segunda frase, que es más proactiva aunque no menos idealista, el hecho de sentirse causa de sí mismo lo lleva a poner los condicionamientos internos por encima de los externos y desemboca en otro tipo de angustia, que nace de la necesidad de convivir con el otro. Sufre porque, siendo un hombre de carácter, su individualidad tiene que ceder ante su condición social.

Un “Ahora escribo…” remata la primera frase, cual si el adolescente desterrado intentase emerger de sus entrañas enrarecidas para respirar aire puro. Sin embargo, en la segunda, el joven maduro recurre a una simbología que semeja un acertijo: “—&—”. ¿Qué significa un ampersand entre dos guiones largos? ¿Acaso la cópula de dos soledades que anuncia una compañía? ¿Acaso el símbolo de su proyectada y nunca escrita “filosofía de la relación”[3]?

Esta segunda confesión, viril y orgullosa, recuerda aquella que una vez hiciera el Che: “he moldeado mi carácter con delectación de artista”. El joven Martí, sin dejar el tono existencialista, ha tomado las riendas de su vida: es un “caballo sin silla”. Más aún, no es corcel sino jinete. Si antes pagaba con angustia el precio de no ser él mismo, ahora asume el reto de pagar, también con angustia, el precio de serlo sin ambages. Es el ser humano en el laberinto de su soledad. Con razón decía Sartre que el existencialismo es un humanismo. ¡Y vaya si lo es! Vivimos en la encrucijada de los tiempos, andando por la fina intersección del ayer y el mañana, de espaldas a la necesidad que nos impone la historia y de frente a las posibilidades que nos dispone la vida, entre el condicionamiento y la elección, entre el grillete y el ala. Y así vivió Martí, suturando con ideas los bordes sangrantes de la herida humana.

III

Ante la polarización de estas autodefiniciones, vale preguntarse: ¿qué cambió en Martí, entre 1871 y 1881, para que su percepción de sí mismo variara radicalmente? ¿Por qué en un caso nos recuerda a Kierkegaard y en otro al Che?

En mi opinión, la diferencia entre estos textos es expresión de la transformación fundamental de sus contextos. Lo que quiere decir que cada frase obedece a una fase de su vida.

En apenas una década, todos los contextos martianos cambiaron. Las llagas del presidio jamás lo abandonaron y lo obligaron a sufrir varias intervenciones quirúrgicas. Fue objeto de dos deportaciones: la de 1871 y la de 1879. En Madrid y Zaragoza terminó el bachillerato y se hizo licenciado. Peregrinó por España, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, México, Guatemala y Venezuela. Dio clases y publicó en diferentes medios. Solo visitó La Habana en dos ocasiones: una, de incógnito, entre enero y febrero del 77; la otra, con permiso de las autoridades, ya finalizada la Guerra de los Diez Años, entre agosto del 78 y septiembre del 79. En esta década también se casó, tuvo un hijo y se divorció de Carmen Zayas-Bazán Hidalgo, y se mantuvo alejado, casi todo el tiempo, de su familia. La alteración de su contexto lingüístico fue, quizás, la menos traumática pues, según se dice y consta en sus escritos, hablaba el francés y el inglés de forma admirable.

Alexis Leiva (Kcho), S/T, tejas de fibrocem sobre pared. Foto: Leonor Menes Corona

En pocas palabras, a la par que las circunstancias se obstinaban en destruirle la vida, Martí se afanaba en reconstruirla de las ruinas. Pero a medida que se apagaba en él el hombre íntimo, se iba irguiendo el hombre con anclajes en lo social. Moría un Martí y nacía otro, que se tragaba vivo ―o muerto― al anterior. ¿Qué si no expresó, años después, en el capítulo VIII de sus Versos sencillos?:

Yo tengo un amigo muerto

Que suele venirme a ver:

Mi amigo se sienta, y canta;

Canta con voz que ha de doler.

(…)

Corazón que lleva rota

El ancla fiel del hogar,

Va como barca perdida,

Que no sabe a dónde va.

En cuanto llega a esta angustia

Rompe el muerto a maldecir:

Le amanso el cráneo: lo acuesto:

Acuesto el muerto a dormir.[4]

“El hombre es un dios que se levanta” (Man is a rising god), afirmaba un poeta del Líbano. Martí pensó como vivió, pero también luchó por vivir como pensaba. Y esta tensión circular entre la adaptación y el cambio dinamizó su existencia a lo largo de su vida posterior.

Por eso no basta con citar a Martí: hay que situarlo en tiempo y espacio. La cita descontextualizada es niebla que desdibuja la idea. El lector responsable de la obra martiana, aquel que ama coleccionar sus frases como joyas y asume a Martí como Estrella Polar, debe aprender el oficio de citar. Así lo comprenderá a cabalidad. Así le será más fiel a su espíritu que a su letra. Así evitará que se apaguen sus “faros en la niebla”.


 
Notas:
 
[1] Cuaderno de Apuntes no. 2, OO.CC., t. 21, pp. 68-69
[2] Cuaderno de Apuntes no.5, OO.CC., t. 21, pp. 167-168
[3] Cfr. “Juicios sobre filosofía”, OO. CC., tomo 19, página 367.
[4] OO. CC., tomo 16, pp. 76-77.
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