La muerte de Martí en el pincel de Valderrama

Leonardo Depestre Catony
9/1/2020

Un siglo atrás, la revista El Fígaro (edición del 24 de febrero de 1918) publicó un extenso trabajo, incluida una entrevista, sobre las circunstancias en que el artista cubano Esteban Valderrama pintó el que quizá fuera el más notable de sus lienzos, La muerte de Martí en Dos Ríos. Se trata de un óleo de intenso dramatismo concebido apenas dos décadas después de la caída en combate del Apóstol, cuando todavía los hechos conservaban alguna frescura y las locaciones de la tragedia permanecían más o menos intactas.  

La muerte de Martí en Dos Ríos. Foto: Internet
 

Como no soy especialista en artes plásticas, me limitaré al ejercicio de mi criterio de diletante: ese cuadro y el de la muerte del mayor general Antonio Maceo, de Armando García Menocal, son valiosísimos no solo en su concepción (¿quién puede asegurar que los hechos fueron exactamente como los recoge el óleo, cuando solo Ángel de la Guardia, que lo acompañaba, vio morir al héroe?), sino por su capacidad para tocar las fibras más intimas del espíritu de cuantos cubanos los contemplen. Los protagonistas alcanzan en ellos la magnificencia esperada de los héroes, la que siempre se les asigna por el valor de su ejemplo y el honor a su memoria.

Esteban Valderrama no es hoy un pintor “de los más traídos y llevados” por la crítica y los amantes de la pintura. Su obra no fue de vanguardia, ni transgredió los cánones de la Academia. El tiempo ha sido duro con él. Y el olvido, ni se diga. ¿Hasta dónde esto es justo? Casi lo mismo puede decirse de Menocal, a quien lo salva su condición de pintor mambí, y hasta del maestro Leopoldo Romañach, porque a uno y a otro sería demasiada ingratitud tildarlos de “pasados de moda”.

En esa entrevista, realizada por M. Franco Varona, Valderrama expresaba:

La idea de hacer el cuadro me la sugirió este inmenso cariño que siento hacia el hombre más grande que ha tenido Cuba… y de quien, desgraciadamente, se han ocupado muy poco los demás artistas. Hacía tiempo que ansiaba emprender esa obra, aunque sabía sus grandes obstáculos. Al fin me decidí y la comencé. ¡Cuánto tuve que forzar mi voluntad después! No encontraba más que dificultades sobre dificultades.

Más adelante agregaba:

Los asuntos históricos, si han de hacerse a conciencia, si han de ajustarse a la verdad, tal cual ella sea, no dan margen al artista para componer a su antojo (…) Para hacer mi cuadro me documenté cuanto me fue posible. Fui al mismo lugar donde cayó el héroe (…) El  general Miró [Argenter, jefe del Estado Mayor de Antonio Maceo] me sirvió mucho para orientarme sobre cómo vestía Martí, el color de su caballo, y de otros muchos detalles necesarísimos para no salirme de la realidad.

El cuadro muestra a Martí descubierto, con la frente prominente, en el momento de ser impactado por el plomo, llevándose la mano derecha al pecho mientras con la izquierda sostiene aún las bridas del caballo a galope. En el escenario se observa un segundo caballo oscuro y encabritado cuyo jinete trata de sostener las riendas, pero muy poco más podemos distinguir. Se inserta todo dentro de un medio en que prevalece la vegetación.

En opinión del aficionado que me confieso, el cuadro es de una fuerza extraordinaria y una realización meritoria.

En cuanto al artista, nació en Matanzas el 16 de marzo de 1892 y fue hijo de un oficial del Ejército Libertador muerto en campaña. Valderrama trabajó el paisaje, el retrato y también la escultura. Se doctoró en Pedagogía y en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana, y ejerció la docencia, incluida la dirección en tres momentos diferentes de la Escuela de Artes Plásticas de San Alejandro. Gracias a su iniciativa, se creó la muy necesaria Escuela Elemental de Artes Plásticas Anexa, que cumplía una relevante función en la docencia artística. Se le nombró miembro de número de la Academia Nacional de Artes y Letras de La Habana, se le confirió el grado de Oficial de la Orden Nacional Carlos Manuel de Céspedes y el de Comendador de la Orden Carlos J. Finlay.

Valderrama pintó otros cuadros recibidos con beneplácito por la crítica de entonces: General Menocal, Guajiros cubanos, Dura tierra, Desnudo… Realizó obras de la plástica importantes para el Palacio Presidencial, hoy Museo de la Revolución. De sus retratos sobresalen uno de José Martí, otro de José Raúl Capablanca y un tercero del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt. Valderrama murió en La Habana el 14 de abril de 1964.

Como colofón (triste) de estos apuntes, recogemos las palabras del profesor Jorge Bermúdez sobre el destino de este cuadro:

“La obra fue blanco de la crítica, señalándole inexactitudes históricas y defectos de composición que poco o nada le restaban al lienzo. Tal fue la insistencia de la crítica, que el amor propio del joven pintor se sintió herido, lo suficiente, como para destruir la tela.

“No obstante, quedaron tres imágenes de la pintura: una en blanco y negro aparecida en la portada de El Fígaro (3 de febrero de 1918), foto que se reimprimió semanas después en el número correspondiente al 24 de febrero, para ilustrar la entrevista que le hiciera el periodista Franco Varona al pintor, y una tricromía que reprodujo en su portada la revista Bohemia, de igual data que la anterior. Desde entonces y durante todo el siglo, cuantas veces se quiso ilustrar en los más diversos medios de comunicación visual y audiovisual la caída en combate del Apóstol, se recurrió a la citada foto en blanco y negro de la obra de Valderrama”.

Interesante historia, ¿verdad?