No hace mucho tiempo un colega me preguntó por qué en varias ocasiones le he dedicado artículos y reseñas a las comparsas y congas santiagueras, y no así a otras expresiones carnavalescas existentes en el país, principalmente en la capital. Como nos encontramos a las puertas de las celebraciones carnavalescas habaneras —aunque habanero no soy—, aprovecho la ocasión para pedir permiso y referirme a las joyas que atesora el patrimonio cultural de la capital de todos los cubanos.

Un desfile de autos en Prado y Malecón durante el carnaval de La Habana a comienzos del siglo XX. Imagen: Internet

Sin duda, son las comparsas tradicionales habaneras el tema que nos ocupa; expresiones centenarias con un linaje cultural y social inigualable, orgullo de cada capitalino. El carnaval de La Habana no ha alcanzado en la sociedad la relevancia y repercusión esperadas en las últimas décadas en comparación con festividades de su tipo celebradas en otras regiones de la Isla, entre ellas el carnaval santiaguero, el San Juan camagüeyano, el carnaval de Manzanillo o las parrandas de Remedios. Sin embargo, podemos decir que las comparsas tradicionales sí han mantenido un gran reconocimiento social y comunitario que las avala como expresiones tradicionales de un alto valor patrimonial, histórico y social. Estas forman parte del mosaico espiritual e identitario de la cultura cubana, y gozan actualmente de miles de seguidores, simpatizantes y representantes asiduos de generaciones pasadas y también venideras. Siguiendo la ruta abordada en las expresiones carnavalescas santiagueras, me referiré a las centenarias y tradicionales comparsas habaneras, dado su carácter de continuidad, perdurabilidad y sentido de resistencia que las caracteriza.

Comienzo por una de las más hermosas comparsas cubanas, la cual me impresionó desde la primera ocasión que disfruté de sus representaciones. Recuerdo muy bien que era como remontarse en un pasaje histórico de gran valía, perteneciente al municipio del Cerro. Me refiero a la emblemática Marqueses de Atarés, fundada en 1935 por iniciativa de Víctor Herrera Rodríguez, director general y artístico de la misma, en unión con un grupo de amigos y vecinos del barrio de Atarés. Según informantes, su nombre proviene de uno de los símbolos más significativos del populoso barrio: la Fortaleza del Castillo Atarés, situada precisamente en el corazón de dicho territorio, y admirada por foráneos y locales. Se trata de un sitio que durante la colonia sirvió de vivienda de muchas familias de la nobleza española y de la alta sociedad o aristocracia que residía por esos lares, como el conde de San Fernandino, el conde de Santovenia, la señora María Galarraga de Sánchez (madre del fallecido poeta Juan Sánchez Galarraga, de ahí el nombre de la condesa), entre otros.

“El primer desfile de la comparsa tuvo lugar en los carnavales de La Habana de 1937, y desde ese momento representa con jocosidad el ambiente aristocrático colonial asentado en la barriada durante el siglo XIV”.

Por el año 1937, siendo alcalde de La Habana y representante de la Cámara el Dr. Antonio B. Mendieta, este convocó y aprobó la realización cada sábado de un carnaval de corte tradicional con desfile de comparsas. Fue así que los Marqueses de Atarés fueron aceptados, significando desde entonces un sólido sentido de resistencia y perdurabilidad cultural. Los deseos y anhelos de cientos de vecinos de dicha barriada fueron cumplidos, el ser representados por una comparsa con características distintas a las demás. El primer desfile de la comparsa tuvo lugar en los carnavales de La Habana de 1937, y desde ese momento representa con jocosidad el ambiente aristocrático colonial asentado en la barriada durante el siglo XIV.

Dado el carácter de nobleza de la época colonial en La Habana, la música y bailes utilizados responden a elementos epocales, sobre todo aquellos de estirpe francesa, como la danza, la contradanza y el minué, los cuales eran parte obligada en los bailes de salón de la colonia. Con el transcurso del tiempo se le fueron añadiendo personajes y géneros musicales más populares, entre ellos la rumba. En la actualidad la comparsa está integrada por 210 miembros entre músicos, parejas danzarias, faroleros y figurantes, bajo la dirección de Mercedes Herrera.

Por otra parte, la más tradicional de las comparsas habaneras se fundó en 1908 en el barrio habanero de Jesús María. Tuvo en sus inicios una singular atracción: la componían hombres blancos pintados de negro que pertenecían a una potencia abakuá, con la excepción de su director, Jerónimo Ramírez, quien era a su vez el bailador principal. Ese barrio se caracterizaba por contar en su mayoría con una población negra y mulata muy humilde, empleada en labores de estiba en los muelles, donde imperaban la música y bailes de origen africano. En 1912 ocurrió un hecho de sangre que trascendió en la memoria popular. El Alacrán disputaba la fama de mejor comparsa con El Gavilán, del barrio de San Lázaro. Ese año El Alacrán ganó el primer premio, mientras que El Gavilán obtuvo el tercero; al parecer este fue el móvil de la tragedia. Hubo muchos heridos y tres muertos. ¡Qué ensañamiento! El escándalo fue tal que la alcaldía prohibió por muchos años la salida de las comparsas, hasta 1937, en que se autoriza nuevamente. Entonces se reorganiza El Alacrán, pero ahora con su sede en el barrio Proletario, del Cerro, ya que Santos, Niño Ramírez, hijo de Jerónimo, se había trasladado hacia esa zona capitalina.

Resurge con una leyenda del período colonial, acontecida en el batey de un ingenio azucarero. La esclava María Josefa, mujer de Ñangoró, auxiliar del contramayoral Torcuato, enfermó de gravedad y nadie sabía qué tenía. Ta Kuñengue, viejo adivino, tiró los caracoles que revelaron el misterio: María Josefa había sido picada por un alacrán; había que buscarlo y matarlo. La dotación recorrió los cañaverales, registró y tumbó la caña hasta que al fin apareció el alacrán. Entonces Ñangoró le dio muerte por orden del mayoral Venancio. Se celebró el hecho con una fiesta en que participan otros personajes como José Guyere, hijo de María Josefa; Ñangoró; el sereno Francisco; un chino cocinero; la negrita Toribia; el guardacandela y hasta el dueño Don Raimundo.

“Resurge con una leyenda del período colonial, acontecida en el batey de un ingenio azucarero”. Foto: Cortesía del autor

Inician con la presentación de 15 farolas que representan los orishas del panteón yoruba o lucumí. La farola blanca lleva como símbolo una paloma, y se rige por Obbatalá, y así sucesivamente con los colores representativos de cada deidad. Cuenta con 52 parejas que representan a los esclavos de la dotación del ingenio, mientras pasean cuatro personajes de la Cuba colonial: Cecilia Valdés, Rosa la China, María Belén Chacón y María la O. La coreografía se basa esencialmente en la acción de tumbar la caña. Los comparseros visten pantalón blanco, camisa azul, pañuelo al cuello y sombrero de paja; se inclinan a la derecha, rozan el suelo con el machete marcando el compás, y giran a la izquierda acompañados por sus parejas femeninas, que deslumbran a cada espectador con sus túnicas de percal, pañuelo en la cabeza, argollas, maruga, mocha y una caña de cinta. Momento culminante en lo coreográfico ocurre cuando entrechocan los machetes, conformando un espectáculo auténtico y único en Cuba.

Otra de las expresiones carnavalescas habaneras de gran trascendencia es la comparsa de Los Componedores de Batea, surgida en 1908 en una zona de amplia vida cultural fundada por obreros cubanos pertenecientes al barrio de Cayo Hueso, quienes regresaban de la emigración luego de terminada la guerra de independencia. Al principio esta comparsa estuvo formada solo por hombres, algunos de los cuales hacían la representación femenina vestidos de mujer. Desde entonces participa en los festejos culturales y carnavalescos celebrados en La Habana. Dirigida en sus inicios por Eugenio Xique y Cornelio Estrada, resurgió con más fuerza en 1974, fecha en que asume la dirección Roberto Villa Gravalosa.

“Sus vestuarios recrean en múltiples formas los colores de la bandera cubana”. Foto: Tomada del sitio web de Radio Reloj

El espectáculo representa la vida de un solar habanero, en el que una abuela le presta su batea a una vecina llamada Flora, quien a su vez se la presta a su vecina Oshe. Cuando la abuela va a recoger la batea se origina una disputa que provoca la ruptura de la misma, y los presentes reclaman la presencia del batelero componedor, quien después de un acuerdo arregla la batea. Una vez terminado el asunto comienza la fiesta, donde bailan las vecinas una rumba de solar. Como elemento tradicional se mantiene la participación de hombres vestidos de mujeres, pues originalmente solo la integraban hombres que tenían a su cargo la representación de los personajes femeninos de la época. Sus vestuarios recrean en múltiples formas los colores de la bandera cubana; sus atuendos caracterizan los elementos relacionados con el trabajo de las lavanderas, oficio propio de la mujer cubana y de los hombres que se dedicaban a su respectiva reparación. Todos en su conjunto ofrecen una visión económica, política  y social  de nuestra realidad; imagen viva del crisol de la nacionalidad.

Entre sus objetivos fundamentales se encuentra el de brindar al público un espectáculo con una proyección artística que permite la comprensión, interpretación y conocimiento de nuestra cultura, sin descuidar la verdadera esencia que le dio origen. En la actualidad la integran 97 portadores de tradiciones denominados comparseros; de ellos 51 son hombres y 46 son mujeres. Como formato instrumental cuenta con seis trompetas, un quinto, un salidor, seis tumbadoras, dos redoblantes, dos bombos y un chequeré. Han recreado los bailes del complejo genérico de la rumba (el guaguancó, la columbia y el yambú), mientras es común encontrarlos en el Festival del Tambor, los carnavales de Matanzas y La Habana, el Festival Timbalaye, entre otras.

Dejo para el final, y no por eso menos importante, la comparsa La Jardinera, fundada en 1938 por iniciativa de vecinos del barrio de Jesús María para festejar la creación de un jardín tras los azotes de un ciclón. Sus primeros directores fueron Juan Santa Cruz y Pedro Castellini. Tanto en los orígenes como en su posterior desarrollo pueden localizarse en La Jardinera elementos potenciadores de una rica presencia tradicional. La propia concepción plástica y musical con que fuera fundada indica una honda cubanía y una efectiva fusión de raíces hispánicas y africanas.  

El vestuario femenino recuerda a aldeanas europeas, mientras que el masculino remite a los vendedores de flores españoles que a finales del siglo XIX pregonaban sus productos en las calles de La Habana. Ese colorido, unido al efecto de las farolas y otros accesorios, respaldan el estallido rítmico de la conga, en sonoridad de inconfundible acento cubano  junto a la percusión de raíces africanas, hispánicas y de influencias del sur de los Estados Unidos, y algunos instrumentos de viento.

“Todos estos elementos indican la integración de procesos de una cultura espiritual de evidente estirpe urbana y carnavalesca”.

Se trata de una comparsa genuina arraigada al barrio donde surge. En sus orígenes refleja la clase social humilde y trabajadora de obreros del puerto y amas de casa, apoyada por la sociedad abakuá de ayuda mutua, de gran influencia en la vida social de este lugar en la época. Todos estos elementos indican la integración de procesos de una cultura espiritual de evidente estirpe urbana y carnavalesca. Como formato instrumental cuenta con seis trompetas, seis tumbadoras y un bongó, mientras que su repertorio lo componen cantos y textos tradicionales que tipifican las evoluciones de la propia comparsa, relacionados con la cotidianidad habanera. Podemos disfrutar de esta comparsa en actividades significativas como el Bautizo de las Farolas (días antes del carnaval de La Habana), y los carnavales de La Habana, Matanzas y otras provincias. En la actualidad la integran 106 portadores de tradiciones, de ellos 62 son hombres y 44 son mujeres.

Este tema en particular siempre ha estado en la mira de las instituciones culturales encargadas de la salvaguarda y viabilidad del patrimonio cultural vivo de las comunidades cubanas. En varias ocasiones ha sido punto de discusión debido a la importancia y el valor cultural que presentan estas expresiones. Recientemente se realizó un ejercicio de sensibilización con líderes y portadores comparseros de la capital, donde se trazaron algunas medidas de salvaguarda en función de diversas demandas planteadas a viva voz por los cultores. Las principales amenazas planteadas fueron la carencia de medios técnicos y materiales para el desarrollo artístico de las comparsas; el incumplimiento del reglamento interno por parte de algunos integrantes de estas manifestaciones tradicionales; la inexistencia de una sede propia para la mayoría de las comparsas; los problemas constructivos y estéticos de las sedes; la falta de promulgación del trabajo y los resultados obtenidos por cada una de estas expresiones, visibilizadas solamente en el carnaval; la ausencia de estímulos a los integrantes de las comparsas; los limitados eventos teóricos u otros espacios de confrontación y de intercambio entre cada una de ellas y sus portadores; el insuficiente apoyo y reconocimiento que merecen por parte de los gobiernos territoriales y los diferentes actores sociales de las comunidades, y la ausencia de un mecanismo legal para la sostenibilidad económica y cultural de las comparsas tradicionales. Además plantearon la poca duración de la celebración del carnaval infantil y su realización en horarios inadecuados, lo cual repercute en la desmotivación del proceso de preparación durante todo el año. Se abogó por la conformación de grupos gestores a nivel local, donde se integren los líderes de las comparsas y sean objeto de atención por las instituciones y organismos pertinentes.

“Joyas indiscutibles del patrimonio cultural de la nación”. Foto: Cortesía del autor

Estamos en presencia de lo más representativo y popular de las manifestaciones tradicionales en el país; joyas indiscutibles del patrimonio cultural de la nación. Si bien el carnaval como festividad tradicional no ha sido lo más feliz para los habaneros, no podemos decir lo mismo de las comparsas tradicionales, las cuales han mantenido su esplendor y significación con acertado sentido de perdurabilidad y resistencia cultural: todas cuentan en su aval con el Premio Nacional Memoria Viva, que auspicia el Instituto Cubano de Investigaciones Juan Marinello, del Ministerio de Cultura. Por su parte, del Consejo Nacional de Casas de Cultura recibieron la Beca de la Cultura Popular Tradicional. De seguro encontramos en cada una de estas comparsas el cimiento de una obra que ha sido, es y será prominente y necesaria para la cultura cubana.

Nos quedarían pendientes otras publicaciones dedicadas a las demás comparsas habaneras, las cuales gozan igualmente de favoritismo y popularidad. Todas forman parte del abanico identitario capitalino al constituir expresiones de gran distinción y significación del patrimonio  cultural vivo.

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