La comunidad intelectual santiaguera se llenó de orgullo y jubilo al enterarse que otro premio nacional se le había entregado a uno de sus hijos adoptivos. El Dr. Hebert Ramiro Pérez Concepción, ha sido distinguido con el Premio Nacional de Historia 2017,  máximo reconocimiento que entrega la Unión nacional de Historiadores a hombres y mujeres que se hayan destacado en el noble oficio de historiar.


 

En una antigua casa del reparto Terraza de Vista Alegre vive este hombre. Sobre un asiento de la sala se encuentran algunas de los tantos reconocimientos que posee en su labor como historiador, además de unos libros que le ocupan en su quehacer como traductor. Según sus propias palabras, la historia eligió a su familia desde su padre, un hombre de poca instrucción pero con un gusto por la lectura y que a lo largo de su vida conformo parte de las luchas republicana por nuestra emancipación. Todos sus hermanos al igual que él, estudiaron historia y de esta forma Clío iluminó cada paso del destino familiar.

A los quince años de edad marcha hacia los Estados Unidos, donde realiza los estudios medios y superiores. Con muchas dificultades, regresa en el año 1963 y, después de muchos desasosiegos, llega a Santiago de Cuba y consigue un puesto de profesor en la Universidad de Oriente. Desde esta casa de altos estudios comienza a fraguar su espíritu de acucioso investigador y de profesor de Historia de los Estados Unidos.

Por alientos de algunos amigos como Joel James, realiza su doctorado en ciencias históricas con el tema: José Martí y la práctica política en los Estados Unidos, que defiende en 1991, con excelentes aceptación de la comunidad intelectual.

El Dr. Hebert, como respetuosamente lo llamamos, es un especialista en las relaciones Cuba-Estados Unidos y, desde su puesto de investigador sagaz,  ha sabido desentrañar los claroscuros de esta tormentosa relación, considerando siempre a José Martí como una de las claves fundamentales para entender un diferendo que ha marcado a nuestro país por más de cien años.

Cuando le pregunto, ¿qué atributos debería tener un buen profesor de historia?, me responde que lo principal es amar la profesión. Él, que nunca imaginó ganar este premio, me asegura que, a pesar de sus 76 años, seguirá trabajando y aportando sus modestos esfuerzos en este campo, pues todavía tiene muchas ideas por desarrollar.

La noche nos sorprendió tras una larga conversación que escuche en detales, disfrutando el privilegio de dialogar con un hombre que desborda modestia, a pesar de su enorme sabiduría. Me despedí, con la certeza de que volveré en otro momento a esta casa de Vista Alegre, para seguir bebiendo el té de la historia.