Los bailarines de Danza Contemporánea parecen seres de otro mundo que se parece mucho a este. Su fuerza en el escenario llena de energía a la danza cubana. Sus espectáculos, siempre renovadores, no dejan de sorprender, de enamorar y de hacernos pensar.
 


El hijo prodigo. Foto: Adolfo Izquierdo
 

En su última temporada en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, pudimos disfrutar de las obras Equilux y Más allá del polvo, dos piezas donde el trabajo en grupo dio los mejores frutos que puede: coordinación, espectacularidad y buena vibra.

En Equilux los bailarines dejaron su piel humana para transformarse en criaturas desconocidas, con más de dos piernas y dos brazos, y con más de un corazón. El trabajo de la luz y el acompañamiento de la música crearon un ambiente místico, lejano, para terminar por aterrizarnos en nuestra propia realidad, como lo hacen los sueños.

Más allá del polvo, además de contar con la carta de presentación de haber sido montado por el reconocido bailarín cubano Miguel Altunaga, no dejó menos que desear. Propuso un recorrido sobre la identidad cubana, sobre la añoranza y sobre nuestras raíces. Una pieza que fue mutando a medida que transcurrió el tiempo, y sin aburrirnos nos sorprendió una y otra vez. El público varias veces no pudo dejar escapar una sonrisa, incluso una risa, y tampoco pudo evitar contener la emoción frente a lo sublime de la puesta.

Finalmente, fue un espectáculo de muchas emociones. Danza Contemporánea una vez más no logra aburrirnos. Nos enamora y nos lanza hacia mundos desconocidos, que nos conmueven el alma. Hacia mundos desconocidos que se parecen demasiado a nuestro mundo. Tanto como para no poder evitar regalarle 15 minutos de pie y aplaudiendo.