En cierta ocasión, caminando una de esas tardes veraniegas en que el calor se hace insoportable por las costas de mi pueblo adoptivo, Cojímar, descubrí a un personaje que atrajo mi atención por el sobrenombre que otro vecino empleó para saludarlo: "Cepillo". Se trataba de un hombre de mediana estatura, blanco, achinado y que cubría su cabeza con una boina verde olivo de evidente sobre uso y que apenas resguardaba una maraña de pelos canosos. Al pasar por su lado sentí la hidalguía y ternura de la ojeada que me regaló. Un poco más adelante detuve mis pasos, me volví y lo vi alejarse lentamente con las manos recogidas en la espalda y la mirada perdida entre las olas que rompían sobre el diente de perro. Me invadió en ese momento una cierta frustración producto, tal vez, de mis reminiscencias guajiras, pues hubiera deseado estrechar su mano, quizá abrazarlo y justo ahí expresarle toda la admiración que he sentido siempre por su talento y cubanía.


Con Luis Rogelio Noguera, presentando la película El Brigadista.
Foto: Cortesía del autor
 

La entrada al lugar del ministro de Cultura, Abel Prieto Jiménez, me devolvió a la realidad. Me encontraba en la Sala Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y sería testigo de la presentación del volumen Salvador Wood. Una vida llena de recuerdos, que acaba de publicar la Editorial José Martí, en su colección Vidas.

Salvador Wood, "Cepillo" para sus más allegados, es sin duda, un rostro célebre de la televisión y la cinematografía que renació con la Revolución. Su nombre está de tal manera vinculado con el desarrollo del cine en Cuba que no se puede escribir la historia del séptimo arte insular sin mencionarle. Sus personajes gozaron de una indiscutible fama popular, desde aquel inolvidable Juanchín de La muerte de un burócrata, pasando por el joven cantinero gago en El bautizo; su campesino en Rancheador, hasta el cenaguero leñador en El brigadista, entre muchos otros.

Su autoridad y prestigio desbordaron el marco artístico para florecer de igual modo en su quehacer sindical y en su labor como miembro permanente de la Dirección Nacional de la Uneac. “Pocas veces se ha dado en la cultura cubana una fusión tan perfecta del más alto y brillante talento junto a una conducta ejemplar como ciudadano y principios y valores realmente admirables”. Con estas palabras lo describe Abel Prieto.

En Salvador Wood. Una vida…, que han escrito juntos Rolando Álvarez Estévez y María Guzmán Pascual, se aborda con profundidad la dimensión artística, humana y revolucionaria de este hombre sencillo y modesto. Esta suerte de biografía se inicia con su niñez y adolescencia en su natal Santiago de Cuba, en medio de un contexto hogareño donde se respiraba un ambiente de esencias patrióticas y martianas, en cuyo seno se fueron desarrollando sus inquietudes artísticas.

Luego el texto se adentra en sus primeros pasos como actor, que comienzan por los años 40 del pasado siglo en la radio, primero como mandadero, actor de papelitos, operador de equipos y locutor suplente, hasta convertirse en actor de la Cadena Oriental de Radio. Más adelante el lector podrá conocer detalles de sus luchas sociales como miembro del Movimiento 26 de Julio, que provocaron un breve exilio político en Venezuela; el regreso a la patria, precisamente el 8 de enero de 1959, coincidiendo con la entrada de Fidel a La Habana; sus primeras ocupaciones en la radio y la televisión, así como la  huella dejada por Salvador Wood en su intensa vida de actor de la radio, la televisión y el cine cubanos.

Uno de los capítulos recoge opiniones acerca del biografiado, aportadas por  personalidades de la cultura cubana como Miguel Barnet, Roberto Fernández Retamar, Jesús Cabrera, Enrique Pineda Barnet, Luciano Castillo, Josefa Bracero y Tomás Gutiérrez Alea, entre otras.

Como apoyatura visual del texto se ofrece una amplia iconografía que nos devuelve al gran actor en diferentes momentos de su fructífera vida y acompañado por familiares, compañeros de trabajo. La muestra fotográfica incluye también fotogramas de telenovelas y filmes.

En las notas introductorias que acompañan al volumen el propio Abel Prieto recuerda cómo conoció a Salvador, en la época en que dirigía la Uneac. “Eran los momentos más amargos del Período Especial ‒apunta‒, cuando algunos se distanciaron de nosotros a toda velocidad y otros empezaron a chapotear entre oportunismos y ambigüedades, Salvador Wood mantuvo su verticalidad de toda la vida: porque pertenece, es obvio, como diría Brecht, a la raza de los imprescindibles, los que no dejaran de luchar nunca por lo que creen”.