Pongo rostro a algunos nombres, e incluso nombres a los que solo leía con su usuario. De varios de los grupos de Telegram a los que pertenezco o sigo. De audiochats y descargas virtuales. De discusiones encendidas y comuniones. Cada quien tan único como diverso. Con historias difíciles. O no. Con historias de mucha entrega durante la pandemia. Estudiantes o trabajadores, o ambos, muy jóvenes y no tanto.

Foto: David Estrada

Conversamos, me hice más cercana de algunos, leí sus sueños, sus dolores, sus dudas y sus certezas. Desde varias provincias. Nos dimos ánimo ante una pérdida y también reímos como si estuviéramos mirándonos a los ojos. Nos defendimos unos a otros de las mordidas del odio.

Foto: David Estrada

En esos grupos se rasgó el aislamiento, se destrozó la soledad de este tiempo pandémico que ha parecido inacabable. Pero acabó (casi) y ya fue posible ser y hacer de otro modo.

Foto: David Estrada

Y están ahí algunos de los que conozco sin conocer: con Martí y con sus flores y dibujos y guitarras y palabras formadas o en formación y dulces locuras y vigilias y sus Pañuelos Rojos, que es su nombre también. Muy diferentes. Mucho. Y muy iguales, porque en ese mucho diferente están unidos por un motivo que sobrepasa a todos: el amor más raigal por Cuba y su soberanía.

Foto: David Estrada

Hubiera querido llegar. Desde lejos me pongo mi pañuelo rojo, y estoy con ustedes. Estoy. Gracias por ser y creer. Y crecernos.

Foto: David Estrada

Foto: Cortesía de Pañuelos Rojos

Foto: Cortesía de Pañuelos Rojos

Foto: Cortesía de Pañuelos Rojos

Tomado del perfil de Facebook de la autora

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