Qué dolorosa frase: “se fue por los volcanes”. Cuánta tragedia, implícita y explícita, saber que hay personas que aún se adormecen con el sueño americano (ilusión de bienestar individual ilimitado) y desdeñan la posibilidad de concretar otros empeños de mayor altruismo. Lo he sufrido en carne propia, o mejor, en la de seres tan queridos que siento como si la lava me consumiera a mí.

“ …existen flujos migratorios más cruentos y difíciles, sin los beneficios de leyes de ajuste selectivas… ”. Foto: Osval, tomada de Granma

Las durísimas circunstancias que enfrentamos hoy quienes habitamos nuestra Isla amada, han servido de acicate a una cantidad de personas ―jóvenes en su mayoría― que, por triste que nos resulte, escogen caminos de altísimo riesgo en busca del tesoro inútil de una realización que bien pudiera quedar en el perpetuo anhelo. El “tener” sobre el “ser” se erige imperativo mayor y sucumben esencias humanistas apegadas a una justicia social y un bienestar, si bien escaso este último, repartido con equidad. Lo triste es que, aun cuando se alcance algo de lo perseguido (poco o mucho, la magnitud no importa), con el paso del tiempo y el despertar a ciertas hostilidades, la esquiva felicidad se torna más borrosa, inasible e inaccesible, espejismo al fin.

El emigrante siempre será un extraño, aun cuando en el proceso de la fatigosa asimilación tenga acceso a los mismos derechos que los nacidos en el punto de acogida. Aunque la mayoría de quienes emprenden el vía crucis volcánico lo niegue, para una buena parte de ellos el sueño devendrá vigilia permanente. Lo que aquí nos falta allá les sobrará, algo de lo que aquí tienen, allá nunca lo alcanzarán.

Sé de muchos “exitosos” que pavonean su “grandeza” sin reconocer, y mucho menos agradecer, su formación como profesionales gracias a políticas públicas del sitio natal, concretadas gracias a la entrega de tantos que aquí apostaron por su crecimiento y les obsequiaron el abanico de saberes que los hizo competentes. Reconocerlo, para sumarlo a los talentos personales, sería un acto de honestidad. Pero sucede en muy poca escala: una gran parte proclama que lo logrado solo se debe a su genética genialidad.

Fronteras, de Osval.

Existe una emigración sana, normal, en este mundo que es, efectivamente, un pañuelo. Pero esta diáspora que hoy nos toca, ilegal, tóxica, espuria, leonina, constituye una de las grandes tragedias emocionales de los cubanos de mi generación, y de otras que pusieron su inteligencia y sudor en pos del crecimiento humano de todos los habitantes del país. Pero no solo es tragedia; también clasifica como comedia por obra y gracia de lo peor del choteo criollo, ese que hoy vemos en el desparpajo lúdicro macabro de la lamentable frase que da título a este texto.

Sé que existen flujos migratorios más cruentos y difíciles, sin los beneficios de leyes de ajuste selectivas, pero la emigración cubana es auscultada con cristal de aumento y, según los jerarcas de la información, es el único caso que ocurre porque vivimos en un “Estado fallido”. Las oleadas de centro y suramericanos, africanos e incluso de la propia Europa, según nos cuentan, escapan y sucumben en busca de mejorar su nivel de vida, pero los cubanos ―dicen― huyen de la represión, la falta de perspectivas y anhelos de libertad.

Nosotros, los del Tercer Mundo, somos sociedades poscoloniales o neocoloniales, con todas las deformaciones que ello genera, y contamos además con la agresividad de quienes quieren perpetuarnos en esa condición. Mucho más valor tiene la equidad cuando se distribuye lo poco que cuando se oferta onerosamente lo que existe en demasía. Que haya de todo para todos es nuestra meta mayor; ella dicta nuestra persistencia.

Los medios de difusión y las redes sociales, ante el desfile, no se cansan de decretar sentencias de muerte para el ideario socialista, pero cabría preguntarse por qué esa socialdemocracia que construye lo que llama “estado de bienestar” esgrime como logros nuestros mismos ideales de realización social. Ellos, que nunca fueron colonia y muchos sí colonizadores, construyen una plataforma de confort ciudadano para sus habitantes, con beneficios que coinciden en gran medida con nuestros más caros empeños: salud, educación, empleo pleno… ¿Acaso construyen el socialismo?, podríamos preguntarnos. La repuesta, claro, sería que “no”. Y la diferencia es la economía. La de muchos de ellos creció a costa de saquear, o negociar con ventaja, con nuestros recursos naturales a cambio de sus manufacturas; he ahí una vieja lección ―de esas que llaman “de manual”― que no pierde vigencia y mucho menos operatividad.

Nosotros, los del Tercer Mundo, somos sociedades poscoloniales o neocoloniales, con todas las deformaciones que ello genera, y contamos además con la agresividad de quienes quieren perpetuarnos en esa condición. Mucho más valor tiene la equidad cuando se distribuye lo poco que cuando se oferta onerosamente lo que existe en demasía. Que haya de todo para todos es nuestra meta mayor; ella dicta nuestra persistencia.

Otra pregunta pudiera ser si aquella abundancia necesita de nuestra pobreza para seguir siendo. La respuesta nuevamente sería negativa, pues el planeta tiene potencialidad suficiente para darles un mínimo de bienestar a todos sus habitantes sin que ello afecte el de los ricos. Esto último hace más perversos los obstáculos impuestos y la incitación, estimulada por debajo del tapete, a emprender la envenenada ruta que, con pésimo humor y detestable irresponsabilidad, como una moda viralmente desatada, llaman alegremente “de los volcanes”.

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