La ávida mirada de Martí le permitió hacer confluir —por la vía de su majestuoso periodismo— las culturas del planeta, en particular la cultura rusa, y para ello contó con una percepción profundizadora y la resonancia en sus textos. Estos abordan diversas aristas sobre Rusia: su historia, su realidad política en el siglo XIX, sus artes. Lo que forma parte de su inmenso legado.

Desde sus días de estudiante en el colegio de Rafael María de Mendive, José Martí leía y se empeñaba en traducir obras de autores europeos. Es posible  que la lectura de La Rusia contemporánea, de Emilio Castelar, estimulara su interés por la cultura rusa. Mediante la lectura de las grandes obras de los poetas y escritores rusos traducidos al inglés y al francés, y a través de los cuadros de Vereschaguin, conformó Martí su visión sobre Rusia.

El Apóstol logró captar la esencia del alma rusa. Imagen: Obra de David Rodríguez
/ Tomada del Portal José Martí

Desde su juvenil periodismo mexicano se evidencia una curiosidad por las artes del territorio eslavo. En el texto “Mis hijos”, publicado en la revista Universal, de México, el 17 de marzo de 1875, da muestras de ello: Martí hace sentir el calor vivísimo de San Petersburgo, en una tierra afamada por el frío, y ver la colosal Moscú, el Kremlin imponente por sus iglesias.

Escribe un artículo en el que sorprende la utilización simbólica de una de las más complejas figuras de la historia rusa, Iván Stepanovich Mazepa, hetmán de los cosacos zaporogos de Ucrania, transfigurada por Martí en un símbolo del desgarramiento humano. Además de saber quién era Mazepa y emplear su figura, Martí conocía otras características del territorio donde gobernó casi como monarca, pues en su octavo cuaderno de apuntes anotó: “(…) las tierras negras ásperas, donde los árboles, no con el calor de la tierra, sino con el de las manos de los labradores crecen —negras como la sombra de la noche— están allá por donde tienden a reunirse el Dnieper, el Don y el Volga”.

En 1881 llegó a Nueva York Leo Hartman, nihilista ruso acusado de atentar contra el zar, y como Martí no simpatizaba con el tipo de lucha basado en el atentado personal, escribió un artículo en el que expresa: “Su fe política no exculpa su crimen frío e innoble: vale más continuar en determinada esclavitud, que deber la libertad a un crimen”.

A Martí corresponde la creación de la imagen cultural de Rusia para los cubanos. Según su visión, Rusia era una tierra desgarrada por las controversias culturales entre Asia y Occidente. Resaltó en carta al director de La Nación en 1883. “Rusia es la tierra de futuro, que posee el espíritu reformador, y más aún: Son los rusos el látigo de la reforma. Ellos son la espuela, y vienen a punto, como la voz de la conciencia, que pudiera dormirse”.

Aunque desconocía la lengua rusa, apuntaba las palabras rusas en un pequeño vocabulario personal y en sus escritos, en múltiples ocasiones hacía referencias a la lejana Rusia. En el Cuaderno de apuntes No. 8 consigna una relación de palabras de origen ruso con su significado en español, lo que demuestra su interés por el idioma.

“La cultura rusa fue para Martí un polo de atracción magnética: poetas, novelistas, científicos, artistas de la plástica, dramaturgos, monarcas y políticos; pero también su idioma, sus costumbres populares y su acervo folclórico imantaron su atención”.

Martí no por gusto invoca al movimiento literario progresista de la época, enfrentado a la opresión de la monarquía absoluta rusa y representado en el exterior por el publicista Aleksandr Herzen, exiliado en Europa desde 1847.

Aleksandr Ivánovich Herzen fue un prominente demócrata revolucionario ruso, ideólogo de la revolución campesina, publicista, filósofo materialista y economista. Se manifestó contra el absolutismo y el régimen de servidumbre.

Martí cita el testimonio de Herzen, que vivió, aunque muy joven, aquella época: “Hertzen llama pirámide del mal a las iniquidades rusas: y dice que en Rusia impera Su Majestad el Abuso’’.

Uno de los ejes que revelan, con total nitidez, qué tan sugestivo polo de atracción fue para Martí la cultura rusa, es su valoración del extraordinario poeta —fundador de las letras rusas— Alexander Sergeyevich Pushkin. “Pushkin ¿romántico al modo occidental? –No, ni innovador siquiera. Porque fue más que esto, fue creador. –Cantó las amarguras del esclavo espíritu, más alto mientras más opreso…’’. En su deslumbrante crónica en The Sun, dedicada a Pushkin, reclama “un monumento al hombre que abrió el camino hacia la libertad rusa”. En ese texto se manifiesta su estremecida imagen del fundador de la moderna literatura rusa: “Las nacionalidades pasaron ante sus ojos como nubes en el cielo. Era un hombre de todos los tiempos y todos los países —un hombre intrínseco, el universo en un solo pecho”.     

A través de la literatura y el arte logró captar la esencia del alma rusa, según se pone de manifiesto en el artículo “La exhibición de pinturas del ruso Vereschaguin”, escrito tras asistir en 1888 a la exhibición del pintor Vasili Vereschaguin en Nueva York. Su texto sobre Vereschaguin está reconocido como un hito en su crítica de artes plásticas: “Como con puñales pinta Vereschaguin sus retratos: como con zafiro desleído hasta dar deseos de morir en él, pinta el mar samaritano; reproduce lo que ve como si le hubiera levantado la corteza para poseerlo mejor; sus mármoles relucen (…) cuando pinta al hombre, es para servirle…”.

Apela Martí a todos los recursos de su poder expresivo y entrega al lector una excelente reseña de los lienzos de Vereschaguin, con interpretaciones agudas en torno a su obra. Catador intuitivo de la esencia de sus cuadros, los describió magistralmente. No era necesario verlos para comprender, a través de su verbo, el sentido de estos, pues comunicaba la calidad del lienzo que penetraba a través de su pupila.

En varias ocasiones Martí mostró la alta estima que sentía por este pintor; en 1889, después de publicada la crónica “La exhibición de pinturas del ruso Vereschaguin”, y al no estar de acuerdo con su edición, escribe lo siguiente en carta a Manuel Mercado:

Mi hermano querido, sólo un momento me queda, para rogarle, como buen egoísta, que me mire esa correspondencia con ojos de padre, de modo que salga sin errores, ya que espero que interese por el asunto, y me devuelva a la buena fama que han debido quitarme las rarezas con que han salido algunas de las anteriores.

Al leer la infortunadísima de Vereschaguin con verdadero dolor, se me salieron de los labios estos versos, que por malos y la idea ya ve que son míos: —¿Por qué, corrector, te cebas en mí, si el Sumo Hacedor hizo hermanos, al autor y al que corrige las pruebas?

Un mes y medio antes de morir en su carta-testamento dirigida al amigo Gonzalo de Quesada el 1 de abril de 1895 sugirió, en particular, el artículo dedicado a la pintura del ruso Vereschaguin y el de los impresionistas franceses al publicar sus obras.

Imagen: Cortesía del autor

Martí fue el primero en analizar los textos de Tolstoi, y en varias de sus anotaciones subraya con gran agudeza el enérgico realismo que advierte en su novela; la capacidad de Tolstoi para narrar la acción desde los propios personajes y trasmitirla a sus lectores.

El fragmento 106 contiene una reflexión de carácter estético producto de la lectura de Ana Karenina, en la que Martí realiza una definición magistral de la grandeza artística y de la fuerza realista de la obra de Tolstoi. Las anotaciones “Reflexiones de niño” y “Candor de niño” parecen aludir a la limpia actitud humana y a cierta frescura e ingenuidad que mantiene en toda su obra Tolstoi y quizás aquel candor campesino patriarcal de su época y que tenía mucho de infantil.

Imagen: Cortesía del autor

Su aproximación al “genial Dostoievski que maneja la pluma con punta” hace patente en brevísima, pero intensa caracterización, la admiración por su obra: “Después de escribir libros tan severos como Crimen y castigo, tan ricos en imaginación como Demonios, tan dulces como Los hermanos Karamazov, se posiciona en la cúspide”.

A juzgar por su argumentación, en el fragmento 105 muestra que le eran conocidos Bielinski, Ostrovsky, Turgenev, Katkov, Aksakov, Polonski, Maikov, Kvojivsky.

Imagen: Cortesía del autor

El paneslavismo fue un movimiento político y cultural, nacido de una ideología nacionalista, con el objetivo de promover la unión cultural, religiosa y política, así como la mutua cooperación, entre los países eslavos de Europa. Martí percibió los matices turbios del paneslavismo y, sobre todo, su subterránea vinculación con la política internacional de zarismo.

El 13 de diciembre de 1881  —año que marca un interés muy perceptible de Martí en los asuntos de Rusia— escribía en La Opinión Nacional: “Todo lo quieren para la raza eslava, han alzado gran grita ante la triple alianza de que se juzgaban amenazados…”. (Se refería a la dirección más extremista del nacionalismo ruso).

Es en esta crónica donde Martí formula su crítica más incisiva, y, al mismo, tiempo, más reveladora de su profundo conocimiento de la polémica entre paneslavistas y europeístas en Rusia, que a su juicio diera lugar a una no integrada mezcla entre el desarrollo peculiar de la cultura rusa y los valores importados.

Martí conocía las dos grandes tendencias del pensamiento ruso durante el siglo XIX: los europeizantes a ultranza y los partidarios de un eslavismo profundo.  

En magistral hipérbole, sintetiza el espíritu de una cultura valorada en sus contradicciones, unidad y diversidades: “El ruso renovará. Es niño patriarcal, piedra con sangre, ingenuo, sublime. Trae alas de sangre y garras de piedra. Sabe amar y matar. Es un castillo, con barbas en las almenas y sierpes en los tajos, que tiene adentro una paloma…”.

La cultura rusa fue para Martí un polo de atracción magnética: poetas, novelistas, científicos, artistas de la plástica, dramaturgos, monarcas y políticos; pero también su idioma, sus costumbres populares y su acervo folclórico imantaron su atención.

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