La república en Cuba nació coja al concierto de países soberanos

A pesar de ello, eso significó un paso indudable de avance que también se reflejó en la concesión de libertades que en otros contextos regionales estaban vedadas. La república burguesa nacía, gracias al empuje que había tenido la guerra de independencia, con un conjunto de derechos y libertades refrendadas. EE. UU. no pudo imponer en Cuba, a pesar de su esfuerzo, leyes que excluyeran al negro de la vida política. El artículo 11 de la Constitución de 1901 establecía que todos los cubanos eran ciudadanos de iguales derechos ante la ley. El carácter público de la enseñanza primaria, la libertad de culto, la inviolabilidad del individuo, la libertad de expresión, fueron derechos consagrados por ese texto jurídico. Y el derecho al voto, exclusivo para los varones, no imponía limitantes basadas en el patrimonio de las personas. Pero esa primera Constitución en el poder no fue llevada al voto popular. La libertad de decidir democráticamente las bases de su ordenamiento jurídico le fue negada al pueblo cubano por el interventor norteamericano.

El artículo 11 de la Constitución de 1901 establecía que todos los cubanos eran ciudadanos de iguales derechos ante la ley. Foto: Tomada de Granma

Si para la burguesía cubana el alcance de la noción de libertad quedaba agotado con la llegada de la independencia y la república, lo que en realidad se alcanzaba eran las cotas que el ordenamiento capitalista neocolonial podía acomodar. Ya nos hemos referido a ellas. La sucesiva evolución de la república burguesa neocolonial solo marcó la exploración exhaustiva de ese espacio para hacer evidentes sus fronteras. El derecho al divorcio, y la libertad que ello implicaba, se alcanzó en 1918, y la del sufragio femenino en 1934. En esa exploración fuimos adquiriendo sucesivas apreciaciones de a qué libertad aspirábamos como nación, y esa noción fue adquiriendo claros tintes antimperialistas y socialmente radicales.

El pisoteo sistemático de las libertades consagradas legalmente mostraba la falencia efectiva de los textos jurídicos. Cuando la cosa se ponía mala, los poderes burgueses neocolonizadores y sus testaferros neocoloniales no dudaban en coartar libertades políticas elementales e imponer la libertad de la burguesía y sus órganos de reprimir a su antojo, para garantizar la estabilidad del régimen de explotación. Pero, más allá de ello, la noción de libertad que se hacía hegemónica en esa república nunca rebasó el marco burgués y, en última instancia, se basaba en la libertad de una minoría de explotar a una mayoría.

Fue ante esa idea burguesa de libertad y derechos, contra la que Mella se erigió como líder de un sector del estudiantado que se radicalizaba en la misma medida en que la república se corrompía aún. La lucha por alcanzar cuotas de libertad estudiantil negadas, Mella las ubicó en un contexto cuyo alcance rebasaba el propósito sectorial:

Hay mucha palabrería liberal y vacía sobre reforma universitaria, debido a que los elementos que en muchas partes tomaron parte en este movimiento lo eran de la burguesía liberal. Pero si la reforma va a acometerse con seriedad y con espíritu revolucionario, no puede ser acometida más que con un espíritu socialista, el único espíritu revolucionario del momento. (…) No hay ningún socialista honesto que suponga factible reformar toda esta vieja sociedad paulatinamente hasta sacar de ella una nueva y flamante como en las viejas utopías. La condición primera para reformar un régimen, lo ha demostrado siempre la historia, es la toma del poder por la clase portadora de esa reforma. Actualmente, la clase portadora de las reformas sociales es la clase proletaria.

El concepto de libertad se tornaba peligrosamente clasista.

Es en esa república burguesa donde van madurando de a poco, y en contraposición a la hegemonía ideológica de los poderes neocolonizadores, sentidos de libertad que rebasaban los marcos formales y simbólicos de nuestra realidad mediatizada. Toda libertad, formalmente dada o conquistada, se hace en un contexto objetivo y en determinado entorno subjetivo, y son estos, como substrato, los que definen en el individuo tanto al ser social como a la conciencia social, en conjunción con la capacidad de la persona, lo que condiciona el alcance real que para ella tendrá el ejercicio de esa libertad. Si la llegada de la república traía nociones de libertad en el campo cultural, que habían estado castradas en el orden colonial, los alcances de estas nuevas realidades estaban marcados por la propia limitación de su apropiación, reflejo de las limitaciones al propio alcance de la libertad política que la realidad neocolonial imponía. La libertad cultural parecía un hecho formalmente protegido, pero la realidad se encargaba de señalarle sus límites simbólicos, tanto por la pobreza de su protección, como por la recolonización cultural que llegaba como avalancha desde los Estados Unidos. No solo se trataba de la precariedad económica en la que se desenvolvía el creador.

La corona española había prohibido la lectura y la escritura de novelas desde el decreto real de 1531, cuando la reina le indicaba a la Casa de Contratación de Sevilla que “He sido informada que pasan a las Indias muchos libros de Romance, de historias vanas y de profanidad como son el Amadís y otros de esta calidad y que por este es mal ejercicio para los indios y cosa en que no es bien que se ocupen ni lean, por ende yo os mando que de aquí en adelante no consintáis ni deis lugar a persona alguna pasar a las Indias libros ningunos de historias y cosas profanas salvo tocante a la religión cristiana”, con lo que no solo limitó la circulación de libros en el nuevo mundo, sino que se extendió para censurar la propia creación de literatura de ficción en sus colonias. Prohibiciones similares perduraron hasta el siglo XIX. Levantadas tales prohibiciones, sin embargo, la literatura cubana de la república se debatió entre lo que Selena Millares llama, al referirse a las letras hispanoamericanas, “el bovarismo servil hacia modelos foráneos, y un nacionalismo empobrecedor y también falseador”.

Fue esa idea burguesa de libertad y derechos, contra la que Mella se erigió como líder de un sector del estudiantado que se radicalizaba. Foto: Tomada de PCC

Se necesitaron intelectuales de la talla de Alejo Carpentier o Nicolás Guillén para llevar esa libertad más allá de su contexto y extenderlo hasta cubrir las posibilidades que este daba y anunciar otros horizontes. Carpentier logró dar contenido anticolonial a la libertad creativa, y expandir las fronteras de la necesidad, para crear un lenguaje propio a la literatura nacional que la volviera universal y, en el proceso, le garantizara la “dignidad” que merecía. Como comenta María Luisa Puga: “Carpentier descolonizaba, reconstruyendo con un lenguaje que había conquistado para dárnoslo”. Ese sentido de la libertad como conciencia de lo que se necesitaba en términos culturales, fue patrimonio de nuestros más grandes intelectuales de la república burguesa neocolonial, muchos de los cuales tuvieron que vivir fuera de Cuba para alcanzar la perspectiva en otro contexto que les permitiera la hazaña. No solo es que Calibán conquista la lengua de quien lo avasalla para maldecirlo, sino que la necesita para reconocer y redescubrir las otras fuentes culturales de su existencia, y liberarlas en el sentido de otorgarles una cualidad nueva emancipadora. Y en el proceso, ir más allá de su contexto, anunciando dimensiones de esa libertad por ser asaltadas también en lo político y en lo social.

Similar vía crucis puede ser identificado en Wifredo Lam, quien llevó la libertad formal y de contenido de la plástica cubana a planos universales, asimilando una perspectiva descolonizadora que rebasaba el provincianismo y la copia de cánones académicos importados desde las metrópolis. No estuvo solo, fue parte, en la refundación de la plástica cubana, de toda una pléyade de creadores avant garde cuya apropiación de la libertad creativa desde lo cubano, estuvo acompañado por un sentido de la necesidad de expandir la propia idea de libertad del país para incorporar lo social y lo económico. La libertad que aprendieron en el arte tenía un correlato estrecho con un sentido clasista del concepto. Otro tanto pudiera decirse de la música, Caturla o Amadeo Roldán vienen a la mente, pero nos detenemos aquí.

En todo caso, la libertad formal y sustantiva que buscaba la universalidad de la creación hispanoamericana, y que se anunciaba desde Martí, Julián del Casal y el modernismo, vino a tomar vida propia en este contexto, y quedaba claro el sentido subversivo que el ejercicio creativo de esa libertad portaba.

La declaración del Grupo Minorista en 1927 ya atestiguaba cuánto habían avanzado los sentidos de libertad en un grupo de vanguardia de la intelectualidad cubana, para abarcar dimensiones que hacía poco parecían ausentes.

En todo caso, ninguna lectura de la relación entre lo libre y la sociedad que cobija la idea puede ser lineal. De asumirse así, cómo entender entonces que un diario archiconservador como el Diario de la Marina, tuviera uno de los suplementos literarios que mejor protegiera y socializara los aires y los creadores más de vanguardia en la Cuba de la segunda década del siglo XX.

Son todos esos procesos previos de maduración desde lo simbólico, terreno propio de la ideología, pero por igual de la cultura, lo que hace que el triunfo revolucionario de 1959 llegara reclamando nociones de libertad que rebasaban la idea de lo inmediato en lo político, para incluir todos los aspectos de la sociedad cubana. No se trataba de recuperarle a la idea de la libertad, entendida como lo hicieron los que fundaron la república en 1902, todo su contenido político, sino de abarcar en el concepto, no solo todos los anhelos preteridos, sino el espacio para todos los anhelos futuros. Se trataba de que la Revolución, como hecho político, es decir, como toma del poder, genere todas las prácticas de libertad que le sean necesarias para consolidarse en algo nuevo, pero también hacerse sostenible en el tiempo.

La Revolución no es la oportunidad de coronar las libertades liberales burguesas, es la oportunidad de superarlas creando sus propias prácticas de la libertad.

No basta con derrocar el poder colonizador, o como reflexiona Michel Focault, “cuando un pueblo colonizado intenta liberarse de su colonizador, estamos ante una práctica de liberación en sentido estricto. Pero sabemos muy bien que, también en este caso concreto, esta práctica de liberación no basta para definir las prácticas de libertad que serán a continuación necesarias para que este pueblo, esta sociedad y estos individuos, puedan definir formas válidas y aceptables de existencia o formas más válidas y aceptables en lo que se refiere a la sociedad política”. Una revolución tiene que construir las prácticas de liberación que la hagan revolucionaria respecto a la sociedad que sustituye. Y esas prácticas de liberación deben abarcar todos los aspectos de las prácticas sociales, o correr el riesgo de que aquella que no se revoluciona lo suficiente la muerda, con el peligro real de que termine enfermando todo el cuerpo social que nace.

La Revolución no es la oportunidad de coronar las libertades liberales burguesas, es la oportunidad de superarlas creando sus propias prácticas de la libertad.

La búsqueda de la emancipación colectiva, un proceso que descansa en la transformación de la base económica, pero que lo rebasa, alcanzando la cultura en su sentido superestructural más amplio, necesita también derrotar las nociones egoístas de la libertad, entendidas como la aspiración que se consagra en el orden burgués. No es con la idea de libertad que acomode la posibilidad (ilusoria) del éxito individual, como se entiende en el capitalismo, con lo que se construyen las utopías. Y la república virtuosa de Martí es una utopía colectiva.

La Revolución cubana

La Revolución cubana no fue solo un proceso que trajera a vías de garantía efectiva los sentidos de libertad madurados dentro de la república burguesa neocolonial y anteriores a ella, fue un proceso que generó sus propios sentidos de la libertad, actualizando unos y creando otros. Y trajo una práctica de la libertad que se sustentaba en lo colectivo como lugar donde debía realizarse lo individual.

Contrario a la idea de que la propiedad privada es la única garantía de las prácticas de libertad, la Revolución cubana es la demostración de que la propiedad colectiva es la que mejor las sustenta. Incorpora a la mayoría de la población a un ejercicio económico, que implica alcances, en términos de esas prácticas, que no solo no tuvo antes, sino que sencillamente no existían. Cuba revolucionaria incorporó a los sectores populares mayoritarios a nuevas cotas de libertad sobre la base del ejercicio inédito de la educación, la cultura, la ciencia, la lectura, la salud, el deporte, el entretenimiento. 

La libertad de expresarse nace como consecuencia de la libertad de pensar, y esta de la libertad de leer. Los que ayer no habían tenido posibilidades de presentarse en el escenario de la patria como coguionistas, ahora veían abiertas las posibilidades de crear camino como consecuencia de haber sido incorporados a la reproducción material y simbólica del país, no como meros proveedores de plusvalía, sino con la pretensión nueva de ser crecientemente libres de la explotación que habían arrastrado por siglos.

Y esas libertades trajeron otras, como la del destino del cuerpo, ya no mercantilizado; y la libertad de reclamar derechos diseñados desde nuevas perspectivas. Nuevos derechos, derechos nuevos para los infantes, para las mujeres, para los estudiantes, para sujetos sociales que ayer no existían, como el científico, el instructor de arte, el trabajador social.

Cuba revolucionaria incorporó a los sectores populares mayoritarios a nuevas cotas de libertad sobre la base del ejercicio inédito de la educación, la cultura, la ciencia, la lectura, la salud, el deporte, el entretenimiento.

Mientras el país creció en términos económicos, la reproducción ampliada de la vida material se revirtió en lo simbólico, en explorar las capacidades que la sociedad que se construía hacía posible también en un espacio creciente.

Tener el respaldo de la sociedad en términos económicos tangibles, mediante el Estado, le permitió al creador cultural liberarse de la coyunda que representaba en el capitalismo su necesidad de ser mero objeto del mercado. Y esa nueva libertad antienajenante trae consigo una ampliación de los horizontes de la creación. Le permite incursionar en aventuras de la experimentación, de la exploración formal que antes estaban sujetas a lograr primero hacer el pan.

Todo ese proceso, lejos de lo ideal, no se hace en terreno virgen, se hace en terrenos copados por la historia, con sus virtudes, pero con sus dogmas, con sus adelantos tratando de hacerse presentes, pero con sus atrasos tratando de no fenecer. La negación del pasado que supera llevó también el exceso de negar. La afirmación de ideas nuevas que revolucionan llevó también a la afirmación de dogmas como aparentes construcciones renovadoras. Censuras injustificadas, prejuicios patriarcales, herencias restrictivas de la cultura católica, UMAP, represión a las críticas, la condena a formas sospechosamente innovadoras y, por tanto supuestamente elitistas, y otras malezas también fueron fenómenos sociales presentes de forma sistemática.

La institucionalización, junto a la importación de modelos socialistas europeos, hizo de algunas de esas prácticas cercenadoras, políticas cuasioficiales u oficiales. La espontaneidad, contraproducente en aspectos de la esfera económica, se volvió sospechosa en muchos otros espacios donde no debió serlo. De la sospecha sobre la espontaneidad, a la sospecha sobre la libertad de la creatividad hay un paso pequeño. La situación agravada de plaza sitiada contribuyó mucho a estos fenómenos.

Los límites a la libertad política que impone la agresión continua en un escenario geopolítico abrumadoramente adverso, tuvo su expresión en otras esferas de la reproducción social. En muchos casos, sin justificación real.

Con todo, en el balance, la Revolución nunca llegó a un estado de cosas que fuera más restrictivo que emancipativo. Y el saldo siguió siendo tendente a superar los escollos viejos y los nuevos, que atentaran contra la realización de las formas de libertad que fueran resultado de la búsqueda de la mayor justicia posible. La mayor amenaza a lo alcanzado y lo propuesto, fue el derrumbe simbólico del horizonte comunista, como consecuencia del derrumbamiento del socialismo europeo. El golpe que eso constituyó en el imaginario colectivo fue tremendo. La aguda crisis económica que le siguió redujo el espacio social donde muchos de los sentidos de libertad alcanzados se realizaban y, por tanto, de manera efectiva constituyeron un retroceso significativo. La voluntad de un pueblo de aceptar las restricciones que la realidad imponía, habla de la madurez alcanzada en la jerarquización de las libertades, y el nivel de comprensión de la libertad como conciencia de la necesidad.

Wifredo Lam llevó la libertad formal y de contenido de la plástica cubana a planos universales, asimilando una perspectiva descolonizadora. Foto: Internet

El derrumbe del socialismo europeo

Al derrumbe del socialismo europeo le siguió la totalización global de la hegemonía neoliberal, con todo su bagaje ideológico de exacerbación del egoísmo. La ideología burguesa, disfrazada como cultura de la democracia sin apellidos, como falso concepto universal, vino acompañada por una avalancha de instrumentos culturales para sembrar el individualismo como estado “natural” del individuo. El culto al hedonismo, al consumo ramplón, a la simplificación aún más reductora de la “cultura de masas”, y al horizonte de la inmediatez como único horizonte con sentido, vinieron con envoltorio de “libertades”. Los sentidos colectivos de libertad se ahogaron en el pesimismo que acompañó la debacle soviética.

Estos sucesos pusieron en evidencia debilidades conceptuales importantes en un grupo de aspectos de nuestra sociedad. Ya fuera en su elaboración teórica, o en la puesta en práctica de ideas maduradas desde la investigación científica. Con todo y la defensa de la libertad como un hecho colectivo, hay que tener mucho cuidado en cómo la sociedad define lo egoísta. Hay prácticas de libertad que, siendo sociales, son también intrínsecamente individuales. La idea de la renuncia al cuidado de uno mismo como contrapuesto al egoísmo y, por tanto, visto como éticamente superior, tiene que ver más con la idea cristiana del sacrificio y la renuncia a la tierra como espacio de realización del ser humano, que estrictamente con el marxismo y la idea de la emancipación. No nos apresuremos a condenar como moralmente mezquinas a todas las prácticas de libertad que se circunscriben a los horizontes inmediatos del individuo.

Por muy opuestas que parezcan, la idea de la resignación a la condición de explotado a cambio de la redención prometida en el cielo; y la idea del sacrificio total en el altar de lo colectivo, a cambio de un futuro inalcanzado pero prometido, comparten la misma tesitura cristiana del mesianismo. Ambas, además, pueden sostenerse en un período más o menos largo en el tiempo, pero, por sí solas, terminan generando cansancio y resistencia. Se contraponen a otras prácticas de libertad también inevitablemente asociadas al ser humano y su sentido de supervivencia avanzado, pero siempre individual, como ha sido determinado evolutivamente.

El fino balance inestable entre la necesidad de prácticas de libertad colectivas como sostén de un proceso político como la Revolución cubana, y las otras prácticas individuales de la libertad, se rompe constantemente en una dirección u otra, pero debe ser recuperado también continuamente como condición sine qua non de sostenibilidad del sistema.

La discusión fuera más sencilla si ella se cerrara sobre sí misma en el seno de la propia sociedad cubana, pero nada más lejos de esa realidad. En un contexto cerrado, el sistema buscaría dentro de sí mismo las fuerzas restauradoras del balance sin preocuparse por posibles fuerzas centrífugas provenientes de fuera. Pero como sistema abierto sometido al asalto de esas otras fuerzas exógenas de desequilibrio, fuerzas por sí solas superiores, el reto se vuelve hercúleo y resolverlo necesita casi del milagro, noción poco científica pero bastante ilustrativa. Lo que está claro es que se trata, en todo caso, de hacer de la contradicción entre las prácticas colectivas e individuales de libertad una fuerza de avance y no de restauración capitalista. El problema es el cómo.

Las nociones de libertad que se mueven en el seno de la sociedad cubana no solo tienen que ver con lo que se genera desde el interior de nuestra sociedad, sino tiene mucho que ver con lo que se importa desde un mundo donde prevalece la hegemonía capitalista y, en consecuencia, tienen preponderancia los que emanan de sus centros de poder burgués. La invasión de las ideas liberales burguesas es la forma más efectiva que adquiere esa agresión ideológica. La efectividad de esa amenaza es, en última instancia, consecuencia de que aún sigue siendo en el capitalismo donde las fuerzas productivas alcanzan su mayor desarrollo. Un país subdesarrollado y bloqueado, con limitaciones objetivas en términos geográficos, de recursos naturales y demográficos, no es precisamente el escenario más favorable para demostrar la ventaja universal de la propiedad social sobre los medios de producción en términos de su desenvolvimiento.

Quizás ahora viene al caso aquello que planteara Paulo Freire: “Si a la élite dominante le es fácil, o por lo menos no le es tan difícil, la praxis opresora, no es lo mismo lo que se verifica con el liderazgo revolucionario al intentar la praxis liberadora. Mientras la primera cuenta con los instrumentos del poder, los segundos se encuentran bajo la fuerza de este poder”. Y la élite dominante hegemónica a nivel global, luego de la caída del socialismo europeo, es el imperialismo neoliberal. La Revolución cubana batalla en el plano ideológico en un contexto donde se halla bajo la fuerza de ese poder global, en un balance abrumadoramente desfavorable. Sumémosle la ausencia de un modelo maduro de sociedad, después de la crisis del modelo soviético, lo que hace difícil construir metas como imaginarios colectivos a alcanzar. Los contornos de la sociedad que queremos construir se vuelven trazos gruesos, y los cómo se reescriben constantemente por falta de una verdadera teoría del ser socialista.

Las consecuencias de años de retroceso en el uso de los instrumentos ideológicos, nos pasa factura. El desmantelamiento de los sistemas generadores de ideología del y para el socialismo fue un hecho real, que se hizo más acentuado después del descongelamiento de Obama. La pérdida de confianza en nuestras fuerzas, resultado de la pérdida de confianza en la utopía comunista, hizo que se fuera insertando la idea de que el único camino para hacer viable a la sociedad cubana es el de la restauración capitalista con tintes de nacionalismo marcado. Pero también podemos invertir esa mirada.

La Revolución cubana también muestra cuán efectiva puede ser la creación de un sujeto nuevo, sin que tenga correlación directa, inmediata, con el desarrollo económico alcanzado. La recuperación de una meta colectiva pasa, sin embargo, por lograr revertir la contracción económica y pasar a un estadio de expansión en la reproducción material de la sociedad. Reconstruir el imaginario de optimismo social es condición necesaria para derrotar las invasiones ideológicas efectivas que han ocurrido desde la hegemonía global del capitalismo. Pero ese imaginario de optimismo necesita de un sostén objetivo, y él depende de la capacidad de movilizar la mayor cantidad de personas. En ello hay, ineludiblemente, un importante factor subjetivo. Parece una serpiente que se muerde la cola. No tiene que serlo.

Como mismo hemos recibido el embate ideológico de la hegemonía capitalista global, ese mismo capitalismo global sufre el embate de su agotamiento estructural. El declive es manifiesto y se acelera en su forma de capitalismo occidental de manera acelerada.

No subestimemos las fuerzas acumuladas por la Revolución por más que hayan sido erosionadas. Como mismo hemos recibido el embate ideológico de la hegemonía capitalista global, ese mismo capitalismo global sufre el embate de su agotamiento estructural. El declive es manifiesto y se acelera en su forma de capitalismo occidental de manera acelerada. Al capitalismo, por más que en lo inmediato logra imponer un horizonte de éxito hedonista y autodestructor, le cuesta cada vez más ofrecer un horizonte de salida a los retos existenciales de la humanidad.

Una de las consecuencias más terribles de la derrota del socialismo europeo en la Guerra Fría es que, en la crisis actual del capitalismo occidental, las alternativas actuales se quedan en lo fundamental en los marcos de la reforma del sistema. La crisis aún no ha generado, como fuerza realmente alternativa, una opción revolucionaria. Aunque en una primera lectura, de ese escenario de tránsito inconcluso, lo que parece adquirir fuerza de espanto son las opciones neofascistas, hay un optimismo sumergido en la capacidad del ser humano de oponerse a las distopías.

Cuba también llega a este momento demostrando capacidades aún sin realizarse plenamente. Pero llega, además, con una mejor comprensión de su propia sociedad, incluyendo las fortalezas y debilidades. La suerte aún no está echada y dependerá de nuestra capacidad para aprovechar el contexto internacional de crisis sistémica del capitalismo occidental, a la vez que destrabamos nuestras propias fuerzas revolucionarias tanto en lo económico, en lo ideológico y lo cultural. Hay un camino hacia adelante, pero también hay una ventana de tiempo para aprovecharlo, y hay poco espacio para seguir errando.

Recuperar como alcanzables los sentidos de libertad que estrenamos con la Revolución, también pasa por dar la oportunidad continua de que en nuestro socialismo tengan cabida todos los ejercicios de libertad que vayan encaminados a incorporar la justicia social como la realización plena de las capacidades y las potencialidades de los seres humanos. Podemos lograrlo.

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