La Universidad de La Habana (UH), con sus casi 300 años de fundada, se inscribe entre las instituciones más longevas del continente americano. Es, así mismo, la casa de altos estudios más antigua de Cuba, campo de lucha y de construcción de nuestra nacionalidad desde su surgimiento. Su historia es también la historia de Cuba.

Pensar la cultura cubana después de 1728 remite necesariamente a la universidad y sus influencias. Como institución social, su misión histórica ha estado asociada a la preservación, desarrollo y promoción de la cultura fruto de la sociedad, mediante la formación de individuos que en su apropiación la enriquezcan y extiendan.

Puesta en escena de El cornudo imaginario, de Molière (1951, dirigida por Luis A. Baralt).

Universidad y cultura comparten ideales: ambas persiguen esa forja de la esencia humana, que solo se hace real y verdadera a través de la práctica cultural. La universidad ofrece múltiples oportunidades para acceder a la cultura y enriquecerla. La necesidad de fomentar el desarrollo cultural se erige, por tanto, como norte de las universidades actuales (Rubio & De Armas, 2010)

Esta concepción social de la universidad tiene su antecedente en la Reforma de Córdoba, cuyas ideas en Cuba fueron abrazadas no solo por los estudiantes y profesores del centro, sino por los sectores progresistas de la sociedad cubana de la época, quienes se plantearon reformar la casa de altos estudios con el fin de fortalecer su función social.

La concepción actual de la universidad que resalta su carácter social, se estructura a través de un sistema de procesos formativos que se ven reflejados en las actividades docentes, investigativas y extensionistas. El proceso de extensión universitaria ha sido resultado de esta vida cultural que marca también la dinámica de las universidades en su devenir; de la necesidad de cultivarla, de promoverla, tanto en la comunidad intra como extrauniversitaria.

Hablar de la relación universidad y cultura, ya sea partiendo de la acepción más amplia de cultura[1] o entendiéndola solo como cultura artística y literaria, nos conduce inequívocamente a hablar de la extensión universitaria como proceso sustantivo cuya esencia radica en la interacción dialéctica universidad-sociedad, cuyo fin es promover la cultura fungiendo como elemento integrador y dinamizador que facilita la relación continua y recíproca entre ambas, estimulando de forma permanente la educación.

La labor extensionista de la Universidad de La Habana, aun cuando no puede ser reducida al movimiento cultural, sí tiene en él uno de sus puntales más fuertes históricamente, en el cual convergen estudiantes y profesores de diversas generaciones y épocas. La memoria histórica de la institución atesora importantes puentes entre el movimiento cultural universitario y el campo cultural de la nación.   Destaca entre ellos el Teatro Universitario, institución que este 2021 celebra sus 80 años de fundada.

El Teatro Universitario de La Habana es la agrupación teatral más antigua de Cuba. Su debut se produjo el 20 de mayo de 1941 en la Plaza Rector Cadenas con la obra Antígona, de Sófocles, dirigida por el prestigioso director de origen austriaco Ludwig Schajowicz. Esta   obra fundacional fue presentada con el fin de recaudar fondos para los monumentos a los mártires universitarios que habían caído en la Revolución del Treinta (Villafranca Calderón, 2020).

La obra se realizó en las gradas del majestuoso edificio de ciencias Felipe Poey, en la noche, con un ambiente creado para la ocasión con luces que inundaron la Plaza Cadenas, concediendo mayor virtuosismo a la puesta en escena. A esta primera presentación acudieron más de dos mil personas, entre ellas la prensa, que publicó críticas muy favorables. Entre las críticas, destaca la realizada por Alejo Carpentier, que concluye su reseña diciendo:

…Mis reparos están construidos sobre un espectáculo de primer orden, de elevado y noble estilo, que debe ser motivo de orgullo para nuestra Universidad… Discuto, como puede discutirse una realización grandiosa, admirada de antemano, pero que por su misma excelencia sugiere ideas y nos invita a meditar… Lo cual es ya bastante elogio, cuando se piense que vivimos en un ambiente que, teatralmente, muy raras veces nos induce a pensar… Si se repite alguna presentación de Antígona, id a verla. Vale la pena. Es probablemente el esfuerzo dramático más completo y mejor logrado que se haya intentado en La Habana desde hace más de 10 años. (Carpentier, 1941)  

El éxito de la presentación aseguró la continuidad del proyecto, y el decursar de los años convirtió a Teatro Universitario en una compañía muy popular, que supo ganarse un espacio y el respeto de la universidad.

Su recorrido meritorio y excelente desempeño hicieron que el 4 de julio de 1943 Teatro Universitario de La Habana fuese reconocido como una agrupación profesional. Las leyes rectorales que oficializaron este logro otorgándole la categoría de organización autónoma, aparecieron en el Boletín Oficial Universitario No. 14, donde además se le reconoció como premisa la divulgación de las artes escénicas dentro y fuera del campo académico (Villafranca Calderón, 2020). Teatro Universitario de La Habana ha resultado, desde su surgimiento, una institución de peso en el auge del arte teatral en Cuba.

“Teatro Universitario de La Habana ha resultado, desde su surgimiento, una institución de peso en el auge del arte teatral en Cuba”.

Como espacio formativo y adjunto al Teatro Universitario se desarrollaba el Seminario de Arte Dramático, con el objetivo de promover y acercar el arte teatral a los estudiantes, contribuyendo así a formar en ellos un gusto estético por las bellas artes, difundiendo clásicos de las tablas a nivel mundial e involucrándolos en procesos creativos.

El Seminario de Artes Dramáticas de la Universidad, asociado al Teatro Universitario, no puede mirarse como una fábrica de actores, directores o técnicos profesionales, sino como un centro de formación cultural y artística, precisamente de tipo universitario, en lo que implica esta clasificación. No quiere ello decir que sus graduados no estuviesen en condiciones de ir al teatro profesional con una magnífica preparación; pero no era esa su finalidad primordial.

Aun cuando resaltamos el fuerte interés educativo que perseguía este proyecto desde su fundación, su impronta no permite que se le enmarque en los predios universitarios. Como todo buen ejemplo de extensionismo, trascendió los espacios físicos y subjetivos de la casa de altos estudios, impactando con fuerza en la sociedad. Teatro Universitario de La Habana fue taller y laboratorio de formación de varias generaciones de grandes figuras de las artes cubanas, estableciendo nexos comunicantes de naturaleza extensionista y cultural en el desarrollo no solo del teatro, sino también del cine, la radio y la televisión en la etapa revolucionaria.

Durante los 20 años que funcionó el Seminario de Artes Dramáticas, fue una de las instituciones que más avanzó en profesionalizar a las artes dramáticas en Cuba y de cierta forma este legado se mantuvo vivo gracias a muchos de los profesores y alumnos que se formaron en dicha academia, quienes pasaron a formar parte del claustro de educadores de las nuevas escuelas de arte surgidas tras el triunfo de la Revolución (Villafranca Calderón, 2020).

“Como todo buen ejemplo de extensionismo, trascendió los espacios físicos y subjetivos de la casa de altos estudios, impactando con fuerza en la sociedad cubana”.

La promoción cultural realizada por el grupo en sus primeros años se manifestaba en un repertorio de marcada variedad, con la presentación de obras griegas como Antígona, de Sófocles; Las coéforas, de Esquilo y Hécuba, de Eurípides; obras inglesas (Noche de Reyes, de Shakespeare; Una tragedia florentina, de Wilde y La dama morena de los sonetos, de Shaw); otras francesas (Tartufo, de Molière; Los caprichos de Mariana, de Musset y La carroza de la Perricholi, de Merimée); alemanas (Ifigenia en Tauride, de Goethe), y españolas como Numancia, de Cervantes, entre muchos otros clásicos.

Luego del 1ro. de enero de 1959, la labor de Teatro Universitario de La Habana continuó en alza. La revolución cultural que provocó el triunfo revolucionario condujo a que la agrupación viviera años muy intensos desde el punto de vista creativo. El nivel que alcanzó en las décadas de los 60 y 70 en la sala Tespis, que funcionó como su sede, fue muy elevado, con grandes éxitos que marcaron la formación del teatro posrevolución. No solo por el nivel de las obras que montaron, sino porque también lograron hacer de la Tespis un espacio de promoción cultural para La Habana y una de las salas más visitadas por los citadinos cuando se trataba de disfrutar de buen teatro.

Con la desaparición de la sala Tespis, Teatro Universitario traslada su sede hacia la sala Talía, donde continúa creando y promoviendo arte desde la universidad y monta obras de gran aceptación como Solavaya, de Rolando Rigali, en 1981, retomada con un nuevo elenco en 1995; Rampa arriba, Rampa abajo, de Yulki Cary, estrenada en 1982; y en 1983 se volvió a colocar Las yaguas, de Maité Vera, con música original de Piloto y Vera. En 1985 se presenta Madama Butterfly, de Giaccomo Puccini.

La zapatera prodigiosa, de Federico García Lorca.

Entre las obras de más aceptación en ese período está Las vacas gordas, comedia musical de Abelardo Estorino, presentada en el año 1987. Esta puesta fue multipremiada en varios eventos al lograr fusionar diferentes grupos aficionados: el cuerpo de baile estaba compuesto por los integrantes del Conjunto Danzario Alma Mater, y la música en vivo fue interpretada por el grupo musical Tradición, de la Facultad de Derecho, con piezas de los maestros Piloto y Vera; un ejemplo de integración y gestión dentro de la historia del movimiento de artistas aficionados de la UH (Villafranca Calderón, 2020).  

En este sentido es primordial recordar la figura de Armando del Rosario, primero actor y luego, durante muchísimos años, director del grupo, marcando pautas dentro del movimiento de artistas aficionados del país e introduciendo en el repertorio de Teatro Universitario de La Habana obras del teatro cubano del siglo XX, como Contigo pan y cebolla, de Héctor Quintero; Ya casi es primavera, de Carlos Torrens o El robo del cochino y Dos viejos pánicos, de Abelardo Estorino.

El cierre de la sala Talía redundó en la disminución de las presentaciones y el impacto de Teatro Universitario dentro de la Universidad y la vida cultural de la ciudad, pero su labor creativa y extensionista no se detuvo.

Puesta en escena de El círculo de tiza, de Li Hsing Tao (1961, dirigida por Helena de Armas).

La agrupación teatral más antigua de Cuba, a lo largo de su historia, es un ejemplo de extensionismo. Teatro Universitario de La Habana constituye un pilar dentro del movimiento de artistas aficionados de la FEU. Esta agrupación ha tributado a fortalecer la formación cultural-integral de los universitarios que han pasado por sus filas, aportando a su enriquecimiento espiritual y desarrollando en ellos capacidades creativas desde la participación, asumiéndola como “el proceso social que resulta de la acción intencionada, activa y consciente de individuos y grupos, a partir de formar parte, actuar y transformar la realidad en función de las características del contexto social, en busca de metas específicas, sustentado en sus necesidades y motivaciones” (González Aportela, 2017).

En un recorrido histórico por este grupo institucional de la Universidad de La Habana, podemos constatar buenas prácticas de los subprocesos que componen el macroproceso de extensión —entiéndase la promoción de la cultura en su más amplia acepción—, a partir de la realización de actividades y acciones con la participación activa de estudiantes y profesores, elevando así la formación cultural de la comunidad universitaria y la sociedad.

El cierre de la sala Talía redundó en la disminución de las presentaciones y el impacto de Teatro Universitario dentro de la Universidad y la vida cultural de La Habana, pero su labor creativa y extensionista no se detuvo.

Al ser un grupo institucional, Teatro Universitario de La Habana siempre ha contemplado la formación y capacitación como elementos esenciales, propiciando en sus integrantes la adquisición de conocimientos, habilidades y actitudes que no solo favorecen el desarrollo individual sino también colectivo.

Por último, al hablar de ejemplos de gestión del movimiento de artistas aficionados, que tiene la función de desarrollar aptitudes artísticas y de apreciación del arte como parte de la formación integral de los jóvenes universitarios, es prácticamente imposible obviar todo el trabajo acumulado por la agrupación teatral de la Universidad de La Habana.  

Esta agrupación, patrimonio vivo universitario, ha obtenido premios en festivales provinciales, nacionales e internacionales; pero sobre todo, ha continuado su intensa labor de promoción cultural, desarrollando el buen gusto en sus miembros y en la comunidad universitaria y extrauniversitaria, intentando ser siempre coherente con su máxima de que: “Solo se abrirán las puertas del Teatro Universitario para honrar el nombre que tan dignamente lleva”.

Bibliografía

Carpentier, A. (1941). Antígona, de Sófocles, en la universidad. 78.

González Aportela, O. (2017). Sistema de gestión de la calidad del proceso de extensión universitaria en la Universidad de La Habana.

Rubio, E., & De Armas, L. (2010). Calidad de la extensión universitaria desde los significados compartidos por los participantes en el proceso. Cuadernos de Educación y Desarrollo, vol. 2, no. 20.

Villafranca Calderón, J. (2020). Noches de Reyes: Historia de vida del Teatro Universitario de La Habana.


Notas:
[1] Conjunto de rasgos distintivos espirituales y materiales, intelectuales y afectivos, que caracterizan una sociedad o un grupo social. La cultura engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias.