Travesía mágica junto a Liuba María Hevia

Félix Bolaños Leyva
12/12/2018

Recuerdo que conocí personalmente a Liuba en los inicios del año 1989, cuando ambos integrábamos el Conjunto Artístico de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (CAFAR). El encuentro fue durante la preparación de una brigada artística que por un mes recorrería la República de Nicaragua, ofreciendo funciones para los internacionalistas cubanos y combatientes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

Foto: Internet
 

El Conjunto Artístico —lamentablemente ya desaparecido— era una suerte de comunidad artística profesional, subordinada a la Dirección Política de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), cuya ocupación era brindar espectáculos a soldados, guardiamarinas, jefes y oficiales, que se encontraban al servicio de la defensa de la patria en cualquier rincón del país. A estas actividades se sumaron las presentaciones dirigidas a combatientes internacionalistas cubanos que cumplían misiones en otras partes del mundo, como Angola, Etiopía y Nicaragua.

Todas las manifestaciones del arte estaban presentes en el CAFAR, desarrolladas en su mayoría por jóvenes graduados de las escuelas cubanas de arte y por otros talentos que se daban a conocer en los sistemáticos festivales de cultura organizados por las FAR.

Poseía en aquel momento el Conjunto un excelente ballet, un grupo de teatro, una orquesta de música popular, así como intérpretes solistas, trovadores, comediantes y artistas circenses. Muchos de ellos serían después destacados artistas de nuestro país, como Raquel Hernández, Rubén Breña, Pablo Rosquet, Raquel Sosaya, Raúl Enrique y Larisa Vega, por solo mencionar algunos.

Yo había ingresado al Conjunto unos meses antes, en octubre de 1988, como asistente de dirección de Tito Junco, que en ese momento era el director artístico de la velada político-cultural a realizarse en Yaguajay, con motivo del 30 aniversario de la toma del cuartel de ese poblado por las tropas al mando del comandante Camilo Cienfuegos. Luego de cumplida esa tarea se me encomendó la organización y preparación de una brigada que saldría hacia Nicaragua. Debía ser un grupo pequeño y de pocos recursos técnicos, de tal manera que pudiera moverse con agilidad y presentarse en cualquier escenario, por pequeño e incómodo que pudiera resultar. Finalmente este quedó constituido por los trovadores Rafaelito de la Torre, Alejandro Gutiérrez y Liuba; la comediante Zulema de la Cruz, procedente del Conjunto Nacional de Espectáculos; un mago, un equilibrista y un sonidista, de los cuales no recuerdo sus nombres (cuando escribo estas notas ya han pasado casi treinta años de aquellos hechos).

Salimos para Nicaragua a finales de enero de 1989 y recorrimos durante varias semanas gran parte de la geografía nicaragüense, llevando el regocijo del arte y el mensaje solidario a nuestros combatientes internacionalistas, los médicos cubanos, las tropas sandinistas y el pueblo en general.

 El autor junto a Liuba al pie del volcán Masaya, en Nicaragua. Foto: Cortesía del autor
 

Durante esas semanas pude confraternizar con Liuba y aquilatar la persona extraordinaria que es: su sentido solidario, su carácter abierto y espontáneo, su generosidad a toda prueba, su valoración de la amistad, ese fino sentido del humor y la simpatía que genera en los más diversos públicos. Ya ella llevaba varios años en el Conjunto y había participado en varias misiones en Etiopía y Angola. La presentación en Nicaragua tampoco era la primera, por lo que ella poseía una vasta experiencia como intérprete de sus canciones, acompañada invariablemente de una guitarra, en los más insólitos escenarios: una trinchera, un refugio bajo tierra, la cama de un camión, o entre las literas de un hospital de campaña; como aquella presentación en el monte Apaná, en la serranía nicaragüense, rodeada de heridos y mutilados de guerra, quienes la observaban arropados por la vitalidad de sus canciones soñadoras de bellezas y universos desconocidos.

No me cabe la menor duda de que buena parte de sus canciones, esas que no renuncian a la ternura para abordar los eternos y siempre nuevos territorios del amor, así como la poesía y autenticidad de sus temas, fueron nutridas precisamente al calor de aquellos contactos con los internacionalistas cubanos y con la pobreza desgarradora de esos pueblos sufridos, el desamparo y el abandono de los niños obligados a trabajar en las calles o mendigando tras haber perdido a sus padres en la guerra.

Luego de su arribo a Cuba, la brigada se mantuvo como espectáculo e iniciamos una gira por unidades militares del Ejército Occidental. Al poco tiempo, con la llegada del período especial, fue desactivado el Conjunto y cada cual tomó un rumbo diferente: Zulema hizo cine y televisión, como magnífica actriz que es, luego emigró a los Estados Unidos y allí, en Miami, se realiza como actriz y comediante; Rafaelito de la Torre se desplazó a la Argentina, donde es músico de una agrupación; Alejandro Gutiérrez partió un poco más tarde para España, allá fue uno de los fundadores del proyecto Habana Abierta, en colaboración con Vanito Brown y Kelvis Ochoa.

 La brigada durante la despedida que les hiciera la Misión Militar Cubana en Managua, horas
antes del regreso a Cuba. Foto: Cortesía del autor

 

Liuba decidió quedarse, afrontar ese tiempo tormentoso y correr la misma suerte con su pueblo, donde tiene bien afincadas sus raíces. Según ha confesado en otras ocasiones, tiene la certeza de que viviendo en otro lugar no sería feliz, ya que en su país "está todo lo que hago y todo lo que soy". Poco tiempo después fundó su propio grupo junto al Guajiro Miranda y otros músicos. Grabó su primer disco, Coloreando la esperanza, que incluiría algunas de las canciones que le oí ensayar y estrenar en Nicaragua, como "Hoy te invito a mi niñez", "De monte y ciudad", "Tu amor es el canto mío", y "Si me faltara tu sonrisa", que resultaron de gran impacto y le abrieron muchas puertas. Luego vendrían otros que consolidarían su carrera artística hasta convertirla en una de las más altas representantes de la cultura cubana contemporánea y una de las más importantes cantautoras en la historia musical de nuestro país.  

Liuba, además, es merecedora de la Distinción por la Cultura Nacional y es Embajadora de Buena Voluntad del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia, por su "atención a la sostenida y cuidadosa labor que, como parte de su vocación por el trabajo social, realiza para los niños, no solo en grandes teatros, sino también en barrios y hospitales del país".

Realmente fue breve el tiempo que compartí junto a Liuba María Hevia, pero si algo ha mediado en mi vida ha sido precisamente esa travesía mágica junto a ella por Nicaragua y en el Conjunto. Luego, ya más alejados, disfruto y atesoro sus canciones, y admiro su vida, siempre coherente.